KRISHNAMURTI…
Rodrigo Valencia Q
Especial para Proclama del Cauca
Jiddu Krishnamurti
Mirando una vieja revista, encontraron que el escritor Henry Miller habla allí de diversos tópicos. “Hay un hombre que no he citado y que resuelve cuanto es secreto, sospechoso, confuso, libresco y avasallante: Krishnamurti. He aquí a un hombre de nuestro tiempo del que puede decirse que es un maestro de la realidad”.
—Eso lo debió decir en la vejez, porque en la edad vigorosa su cabeza era habitada por cucas y miembros.
—Quizás Miller exagera algunas cosas, tal vez no lo conoció a fondo; pero el humor de esas páginas es presagio de incomodidad para algunos, de verdad para otros. Yo he admirado siempre a Krishnamurti; lo leo, lo vuelvo a leer; pero, como dice Miller, él se queda solo… Cuando se acercaba su muerte se quejaba de que nadie lo entendió. Su saber y percepción de lo real es la sencilla vuelta a nuestro interior, a toda la estructura de la conciencia desarrollándose de instante en instante.
—También estos genios son presa de la mundana vanidad. Qué importa si a uno lo entienden o no; basta que uno se haya conocido un poco.
—Es que perder la vida en medio de la multitud acalorada, reconocer, al final, que toda labor ha sido inútil… Bolívar reconoció haber sido «el gran majadero de la historia». En lo íntimo debe quedar una ausencia que no la llena ninguna satisfacción adquirida.
—En Bolívar, majadero como Jesucristo y don Quijote, fue inmensa la ingratitud de quienes habían usufructuado su temeraria empresa. Sacrificó en casi todos los sentidos su bienestar, para al final sentir que había arado en el desierto.
—Soy egoísta sin remedio; creo en el individualismo y en el abandono de toda empresa con carácter político y social. Si no nos centramos en nosotros mismos, ¡qué vamos a poder cambiar el mundo, si ni siquiera podemos cambiarnos a nosotros mismos!
Ni estructuras ni superestructuras con metasignificados sociales; lo único necesario: ¡el alma, el espíritu! Lo demás, sofisma insufrible, árido terreno para los hacedores de discursos y mesianismos utópicos y pomposos. Prefiero ser un Sancho rústico en mi borrico, ataviado con la única maleta posible y necesaria para las andaduras del camino: el Yo que se inquiere a sí mismo, el yo que predica la ausencia de valores mundanos.
Ni estructuras ni superestructuras con metasignificados sociales; lo único necesario: ¡el alma, el espíritu! Lo demás, sofisma insufrible, árido terreno para los hacedores de discursos y mesianismos utópicos y pomposos. Prefiero ser un Sancho rústico en mi borrico, ataviado con la única maleta posible y necesaria para las andaduras del camino: el Yo que se inquiere a sí mismo, el yo que predica la ausencia de valores mundanos.
—Sancho es un depositario de sabiduría. Su vida es la aplicación del sentido común desde los refranes; es nuestro maestro durante la lectura del libro. Él habla desde su experiencia, esperando inducir a su señor y quienes lo escuchamos a un cambio de actitud.
—Sí, la sabiduría natural, rústica, sin pompas ni brocados.
—La única y auténtica sabiduría, la discreta.
—La que no necesita reconocimientos, condecoraciones ni discusiones académicas. Cualquier intromisión es una profanación.
—Una profanación, porque es sustancia de nuestro componente sagrado.
La sabiduría es madre, nodriza de la sencillez; ninguna vanidad tocará su puerta, hay ángeles que vigilan la desnudez del silencio.
—Pasa sigilosa. Sus gritos tienen la fonética del silencio.
—El costo del silencio es la renuncia absoluta; así se adquiere la insignificancia que lo magnifica todo.
—Te levantas temprano (silencio), te sientas cómodo, pones música clásica (bajita) y tomas el libro. En este ritual el centro es el silencio. Sigue el día, ya todo es ruido. ¿Es esa nuestra trágica condición?
—El silencio debe persistir en medio de la más estruendosa bulla exterior. El silencio es el reducto, el refugio, el lugar intocado, intocable, no necesariamente relacionado con lo audible. En el silencio vemos nacer la aurora que ocultaba el alma.
Cerraron la revista; todo tiene un comienzo y un final; los libros se cierran, como algún día la vida exigirá el cierre de sus páginas. Una cierta placidez había en el semblante de ambos, pero las preguntas interiores seguiría su camino al infinito.
Leer más…




