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lunes 8 septiembre, 2025 a las 3:40 pm

IMPARABLE

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Imagen: https://x.com/i/grok

Por Jaime Cárdenas – Con lo que sucede en Gaza, los mejores valores que la humanidad ha forjado pacientemente y a tan alto precio pareciera que se derrumbaran definitivamente. Es que lo antípoda, es decir, el egoísmo, la arrogancia del poder, el cinismo, han golpeado tan fuerte y sus crímenes se realizan con tanta impunidad que no es desquiciado el que afirma que todo está perdido, como quiera que en la lejana, querida y dolorida Gaza no se destruye a un pueblo árabe, sino que es a la humanidad misma a la que se le derriba sin compasión.

Es cierto que el presente es un momento difícil, pero siempre ha sido difícil la vida humana; sin ir más lejos, el siglo pasado fue una carnicería atroz: dos guerras mundiales, fue el siglo de la bomba atómica. Y ¿cómo olvidar los 80 millones del genocidio de la conquista española? La diferencia se fundaba en que después del descenso al infierno con los nazis vino la contrición, se habló de paz, se consolida la ONU, el derecho internacional, se proclama el derecho de los países del llamado tercer mundo a su soberanía, se reconocen a las minorías, los derechos humanos, se instituyen los derechos colectivos; hubo avances en la ciencia, en la tecnología, en la medicina. Las sociedades creyeron que el Estado les daría bienestar, la esperanza apareció en el horizonte colectivo.

Pero la realidad vino a dar su lección. Los gobiernos imperiales, con Estados Unidos a la cabeza y sus súbditos, no quieren saber de reglas, de derecho, de concertación y menos de inversión destinada a los más pobres. Sin el muro de contención, con la derrota de la URSS, no había ya porque ceder en los privilegios cuando se tiene la fuerza. Es precisamente la fuerza la que hoy determina las relaciones entre los pueblos; es como si una regresión a fases anteriores al contrato social se hubiese producido, es que ni siquiera la versión autoritaria del contrato social que proclamara Hobbes se enarbola, como quiera que al Estado fuerte se le deja de atribuir la función de la paz, la seguridad y el bienestar de los asociados. Es un hecho que la esperanza de un mundo mejor se ha hecho trizas y la indiferencia, el desasosiego, el consumismo la suple, y campea el morboso mundo de la detestable farándula que alcanza – quién lo creyera- aun a los gobiernos que se llaman progresistas.

Sin embargo, el pasado 3 de septiembre nos confirma que no todo está perdido. Desde la histórica plaza Tianamen, – al fondo, sonriente desde el cuadro Mao Tse Tung-, el presidente la China Xi Jinping pronunció un corto discurso, pero de gran trascendencia como quiera que en él se define un rumbo para el futuro de la humanidad. En las palabras de Xi Jinping se reiteró la posición de la China de optar por la paz, por la colaboración entre los países del mundo, por el multilateralismo. Las dijo con ocasión de los 80 años de conmemoración de la derrota del fascismo y del triunfo sobre el yugo japonés, ante los presidentes y delgados de diferentes gobiernos que forman parte o son simpatizantes de la OCS, la Organización de Cooperación de Shanghái liderada por la China, la organización regional más grande del mundo que representa un 40% de la población mundial.

Las palabras las pronunció el presidente de 1.400.000 habitantes, el más poblado del orbe y el cuarto en extensión, una potencia militar, en tecnología, líder de la era digital con una economía cada vez más sólida que permite un nivel de vida que ha excluido la pobreza y que colabora con cientos de países en proyectos de infraestructura, de progreso para sus comunidades.

La conmemoración no era artificiosa. China detuvo el avance del fascismo al precio de 35 millones de muertos, sólo en la masacre de Nanjing fueron asesinados 300.000 civiles chinos.

Pero no solo fueron sus palabras las impactantes, lo fueron porque estuvieron acompañadas de un desfile militar que mostró que los chinos no pueden ser derrotados militarmente.

Le señalaron al imperio gringo que la China tiene submarinos y aviones de última generación poderosísimos, le mostraron sus drones de tecnología inimitables y  unos cuantos robots con sus sofisticadas armas que forman parte de un  ejército dispuesto a batallar, le mostraron los misiles hipersónicos que pueden alcanzar cualquier continente en minutos, cazas de combate ultramodernos, mostraron al mundo una ínfima parte de los soldados de su ejército que trasmitían fervor y fuerza, en fin, le dijeron al Imperio, al  mundo, que China es indestructible.

Y lo fundamental, que está dispuesta a continuar su política internacional en favor de la paz, de la colaboración, del respeto.

En la conmemoración estuvo el primer ministro de la India Narendra Modi, – la India es hoy por hoy una potencia de todo orden-, estuvo Putin, indiscutible vencedor en Ucrania, no pudo occidente con Rusia que nunca propició la guerra como se tiene hoy claro, estuvo kim Jong Un, estuvieron los mandatarios de Vietnam, de Irán, el presidente Díaz Canel de Cuba, el delegado de Venezuela, entre otros.

Mal sería negar que el imperio decadente se aferra a su poder. Ese mundo que emerge desde el Asia guiado por una cultura milenaria aun demora en consolidarse, sin embargo, el nuevo orden global, multipolar, no puede ya detenerse. Somos testigos privilegiados de su nacimiento y del fin del criminal imperio.

En la larga noche de las atrocidades de occidente la luz del amanecer empieza a mostrar unos diáfanos rayos de luz.


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