HOMBRES NUEVOS, POR LA ACCIÓN DEL ESPÍRITU SANTO
“Creo en el Espíritu Santo, Señor y Dador de Vida”
“Es necesario nacer de nuevo, el que no nace de lo alto no puede ver el Reino de Dios, el que no nace del Espíritu Santo no puede entrar en el Reino de Dios” Juan 3, 3.
Pbro. Edwar Gerardo Andrade Rojas
Párroco Iglesia de la Stma. Trinidad
Santander de Quilichao, Cauca
La Iglesia, en sus dos milenios de existencia, como verdadera Madre y Maestra, nos educa en la vivencia de los acontecimientos que nos llevan a un encuentro personal con Jesucristo. Una forma de hacerlo, es a través de las celebraciones del Año Litúrgico, que tienen su “corazón” en la Solemnidad de la PASCUA, especialmente durante el Santísimo Triduo de la Muerte, Sepultura y Resurrección del Señor, que inicia con la Misa en la Cena del Señor, el Jueves Santo y termina el Domingo de Resurrección. A partir de la Vigilia Pascual, el Sábado Santo, inicia el Tiempo de Pascua, que culmina con la Celebración de Pentecostés (Solemnidad en la que se conmemora la venida del Espíritu Santo sobre la Santísima Virgen María y los Apóstoles). Es muy importante que evitemos vivir estas solemnidades como algo “rutinario y sin sentido”, como un siempre “celebrar lo mismo”, ya que son verdaderas oportunidades de encuentro personal, familiar y comunitario con Dios, que de manera inequívoca nos llevan a estar “abiertos” a la novedad del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Cada uno de estos “momentos” que celebramos, nos deben llevar a vivir en Cristo, por la acción del Espíritu Santo. Pidamos al Espíritu Santo que las próximas celebraciones nos sirvan “pedagógicamente” para tener un auténtico encuentro con Dios.
El Espíritu Santo es Señor y Vivificador, que produce en nosotros el nuevo nacimiento para una Vida Nueva. Como cristianos ya bautizados hemos recibido por el Bautismo, en semilla, esa Vida nueva, y se ha tenido en lo profundo del Espíritu un nuevo nacimiento. Pero de joven o de adulto, con pleno conocimiento de causa, se debe hacer una opción lúcida y libre de lo que inconscientemente se recibió cuando quizá se estaba muy niño. De pequeños, decía San Agustín: nuestros padres nos prestaron los pies para encaminarnos a la Iglesia, el corazón para creer y los labios para confesar la fe. Pero después cada uno debe hacer su propia decisión, dirigiéndose por sus propios pies hacia la Iglesia, creer con su propio corazón y confesar la fe y testificar con sus propios labios.
¿Cómo obra el Espíritu Santo?:
*Hace que una persona reconozca su pecado: el proceso de conversión es obra del Espíritu Santo, por eso hay que invocarlo e invitarlo, para que con su luz podamos descubrir y reconocer nuestros pecados.
*Hace reconocer a Jesús como Salvador: Nos hace tomar conciencia de que sólo Dios salva, y que Jesús es el único y suficiente Salvador.
*Junta al pecador con el Salvador: Cuando el pecador reconoce y confiesa sus pecados y se acerca a Jesús para recibir su Salvación, es el Espíritu Santo quien lo realiza, y entonces el fruto es la justificación, la salvación y la Vida Nueva.
En conclusión, es necesaria la intervención de Dios para que nuestra fe se renueve plenamente, porque sin la acción de Dios, los esfuerzos humanos no logran producir algo definitivamente nuevo.
¿Qué hay que hacer? La respuesta está en el Libro de los hechos 2, 38: “…arrepentíos y bautizaos en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados y recibiréis el don del Espíritu Santo”.
Oración
Padre, conoces lo más profundo de mi ser. Nada está oculto ante ti. Señor Jesús, por favor, envía tu Espíritu Santo. Llévame a una completa unión contigo. Inunda cada parte de mi ser con tu fuego divino. Señor Jesús, por favor, bautízame entera, total y completamente con tu Espíritu Santo, y libera en mi todos los dones de manifestación de tu Espíritu.
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