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Domingo, 4 de octubre de 2026

HABLANDO DE CHIQUEROS

phanor teran proclama

phanor teran proclamaPhánor Terán, desde Tunía, patrimonio cultural del Municipio de Piendamó.- 

Ciertamente cada quien tiene derecho no solo a su propio suicidio sino también a su propio chiquero. Llámese persona o pueblo.

Y hablando de chiqueros, más propiamente, cada año, los festejos que antes dominaba la iglesia con sus santos patronos y demás intermediarios de la voluntad divina, ahora, son férula de los alcaldes quienes mandan y desmandan en tales furruscas.

Cosa que no es nueva sino que hace parte de nuestra bien amada y triste condición humana.

Desde tiempos ha, los gobernantes se han engolosinado hasta el esperpento. Los Césares de Roma la tenían gruesa para ello, con sus gladiadores en medio de músicos y mímicos. Nerón gustaba de hacer él mismo de rapero mayor. Constantino en Bizancio no lo fue menos, con el orejón burro crucificado y sus desfiles multitudinarios que tanto le aportaron a los rituales de la iglesia Católica: pan y circo, tapetusa y jolgorio para congraciarse con la plebe. Inversiones a futuro electoral hizo el gran Augusto como cualquier político de nuestra época.

Hoy con la más variopinta excusa: la más traída por todos estos días de cultura y turismo, amancebamiento que ha venido a beneficiar el despilfarro y los botaratas. Todavía recuerdo a un alcalde, bajito él, sombrero uribista, poncho y tinaja por barriga que se paseaba orondo dizque exaltando la cultura de su muy querido pueblo con garrafa en la izquierda y moza en la derecha.

Suponiendo que hace eso parte de la condición humana, estaría uno dado a pensar primero que para su mejor organización (y organizar una borrachera no tiene ninguna ciencia: una tarima, un catachum-chum-chum rejuntado de última hora que nunca falta y un caspete de aguardiente), digo que debería periodizarse para que cada alcalde solo hiciese durante su gobierno uno de estos chiqueros.

Y que los recursos para ello destinados, pues, por ejemplo, supliesen necesidades. Con toda la plata que en nuestro pueblo se ha despilfarrado hace ya rato tendríamos agua potable. E incluso hubiésemos podido mejorar los caminos veredales, o pintar decentemente las escuelas, facilitando incluso el empleo ocasional. O, para estar a tono con la época, la misma infraestructura turística local. Por varios días las casas, los solares, los árboles hacen de sanitario público para los borrachitos de mi dios.

Y ciertamente resulta inexplicable que una cuentica de un millón, por servicios prestados o para pagar los pequeños contratos se ahogue en los trámites gubernamentales, y difícilmente se pague mientras que los 20, 50, 100, 400 o 1000 millones que suelen destinar para estas parrandas oficiales, rurales y urbanas, salgan del erario público como pepa de guama, expeditos, como por entre un tubo, y que nadie fiscalice para bien o para mal la tal contabilidad de los festejos alcaldunos.

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