Retos


Retos

Así que no temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios.
Isaías 4
Ante la mirada absorta de crédulos e incrédulos Jesús sana. Incluso los paganos siente su poder y certifican que sobrepasa lo natural. Una fuerza desconocida que no tiene nada de brujería ni de exorcismo lo arropa. En su acción sanadora no recurre a pócimas, cartas, tetragramas, encantamientos, talismanes, humaredas, velos ni misterios de ultratumba. No clama por ayuda ni de los cielos ni de los infiernos. Simplemente es Jesús.
Le basta una palabra, una dulce voz, una caricia para sanar. La fórmula es simple: su voluntad y la fe de quien pide obra el milagro. Pero, quien dude, refute o impugne debe tener claro que, para Jesús, el milagro es la unión de voluntades y de allí nace el contacto con su poder divino para eliminar la angustia y demostrar que es Dios.
Se abre el día y Jesús ingresa a Jerusalén. Antes de morir quiere hablar del Padre, mostrar su poder y gracia. Un carnaval se evidencia a las puertas de la gran ciudad, se pierde la calma. Los hombres están convencidos que Jesús en nombre de Dios derribará muros, expulsará a los opresores, reestablecerá el poder de David y Salomón. Añoran un justiciero. Pronto estarán decepcionados y lo abandonarán a su suerte.
Ante la fuerza de hojas y palmas reinicia su caminata, no ha llegado para ser servido, llegó para sanar cuerpos, salvar almas y servir a los pobres. Ha llegado para enseñar la libertad contra el poderoso, el amor contra los profanadores del templo, la pobreza contra los ricos y quiere comenzar su mensaje en Jerusalén, donde sus enemigos están concentrados y son más fuertes. Quiere rodearla, tomarla desde fuera, llegar a ella como un Cristo que enarbola las banderas del Reino del amor, pero no le interesa el tiempo, la gloria, el poder.
Hoy, la última experiencia terrenal será la conquista de Jerusalén; es conocedor de su martirio. Se ven cara a cara el Hijo de Dios y la ciudad devoradora de hombres. Jesús camina sobre callejuelas agitadas. Los gritos, la fiesta y el carnaval son muestra visible que ha entrado un rey. Todo lo domina la calma. Sin embargo, días más tarde, será tratado como un forajido, lo declararán enemigo público y será detenido. Con su muerte pretenderán callar su voz y exterminar su palabra.
Es el siglo XXI, el tiempo ha dado la razón. Hoy, Jesús recorre el mundo solo y en silencio, pretende comprender porque sus seguidores trasformaron el mensaje. Sufre al observar atiborrados de modernos comerciantes los templos erigidos en su honor, enfurece al saber que trafican con sus palabras y en su nombre violan, humillan y exterminan. Un raro sentimiento lo confunde y calla de nuevo. Eleva la mirada al cielo, solicita la ayuda del Padre y se aleja de una multitud enardecida que danza, bebe y canta.
Los modernos sacerdotes, los añejos pastores, los novísimos custodios del templo y sus esbirros no levantan las manos para glorificar a Dios; no es rentable hacerlo porque es más sencillo aparentar que seguir al hombre que hoy ingresa a Jerusalén en un borrico.
La procesión está por empezar, el universo se rinde a sus pies mientras nosotros criaturas caducas y efímeras preocupados por eufemismos, apenas tenemos fuerzas para recordar su amor y reconocerlo como Dios. Pasa Jesús por nuestro lado, pero lo ignoramos, ¿acaso no hay motivos para cantar y adorar al Dios vivo?
Es hora que Jesús ingrese de nuevo a la ciudad y combata a los que se pavonean de ser sus mensajeros, castigue a los que viven como poderosos gracias a la promesa salvífica, expulse a los que hicieron de la cruz una poderosa arma y extinga a los que terminaron siendo borrachos, traidores, hipócritas, pederastas, adúlteros y maltratadores proclamando su Reino.
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