Grandes novelas llevadas al cine

A propósito de 100 Años de Soledad y Pedro Páramo.
Por: Felipe Solarte Nates.
Cuando decidí leer la novela El Padrino, de Mario Puzo, después de haber visto las 3 grandes películas basadas en su historia, me llevé una gran decepción del texto escrito.
Sin duda la maestría de Francis Ford Coppola había superado la creatividad del escritor que inspiró la saga y quien también participó en la escritura de algunos de los guiones de las versiones cinematográficas.
Así me sucedió con casi todas las películas basadas en las obras de grandes autores que primero leí, aunque otras que primero vi en la pantalla me motivaron a leer las novelas o a releerlas, como sucedió con el Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, Crimen y castigo de Dostoievski, la Guerra y la paz, de Tolstoi, el Dr Zhivago, de Pasternak, Doña Julía y el Escribidor, de Vargas Llosa, Cóndores no entierran todos los días, de Álvarez Gardeazábal, sin olvidar que las buenas adaptaciones para la televisión colombiana, que, a finales del siglo pasado, con guiones de García Márquez, dirigió Lisandro Duque, inspiradas en La María de Isacc y La Vorágine de Rivera.
Con escritores fuera de serie como Gabriel García Márquez en 100 Años de Soledad y Juan Rulfo, en Pedro Páramo, donde el lenguaje en toda su desmesura ritmo y capacidad de atrapamiento del lector es el rey, la tienen muy difícil quienes intenten escribir guiones y llevar las imágenes la pantalla, pues el encantamiento lo produce la forma, la música y el ritmo en que fueron plasmados originalmente para ser leídos.
Varios han sido los fracasos de intentos anteriores con la obra de García Márquez. Recuerdo la versión italiana de “Crónica de una muerte anunciada” con aquellos actores escogidos al gusto europeo y la atmósfera creada, muy distante del medio Caribe explosivo de colores y bullanguería, en el que se forjó la historia original.
De pronto, esa atmósfera pasteurizada que le imprimió el director Franco Rossi, impidió que la obra llegará con la emotividad que en el manejo de la palabra y la trama creó García Márquez, al reconstruir la historia trágica de uno de sus amigos de adolescencia.
Con “100 años de soledad”, la tarea de llevarla a la pantalla es mucho más retadora, pues es la máxima obra del premio Nobel, tejida con el lenguaje poético y desmesurado como principal protagonista, con el cual el autor engolosina al lector y no lo deja despertar; logrando el truco máximo del encantador de serpientes que las tiene sometidas a su voluntad.
A quienes hemos leído la novela, así la historia de Netflix esté salpicada de algunos párrafos de la historia, nos cuesta trabajo sumergirnos en la pantalla tal como logró el libro cuando por largas horas nos atrapó.
En los dos primeros capítulos de 100 años de soledad, aunque recordé algunos pasajes inolvidables del texto original, no me he compenetré del todo en la historia.
Se me hizo algo distante de la atmósfera del texto original, con un sabor pasteurizado no tan notorio como en la versión de Franco Rossi sobre “Crónica de una muerte anunciada”, pero sí con un aire hollywoodesco, reiterando algunas escenas eróticas como acostumbraban en ciertas películas para enganchar que los espectadores y dándole un aspecto de Circo del Sol a la llegada de los gitanos que muy bien vestidos y puestos, llegaron a la impenetrable Ciénaga Grande en los años en que no había sido colonizada, deforestada, desecada y paramilitarizada como en la actualidad.
Sin embargo, hay que tener en cuenta que son dos lenguajes y formatos diferentes, y esta experiencia cinematográfica emprendida por los hijos de García Márquez como productores y Laura Mora y otros directores, marcará la pauta de cineastas que con sus futuras visiones particulares intentarán llevar la saga de los Buendía a la pantalla según sus interpretaciones del texto madre.
Comparándola con la versión cinematográfica de Pedro Páramo, también recientemente estrenada en Netflix, esta me parece más respetuosa con la atmósfera creada por Juan Rulfo, en comparación a la versión de “100 años de soledad”.
Sin olvidar, que la obra de Rulfo, significó un enorme reto cinematográfico al ser los personajes fantasmas, con sus recuerdos flotando por el Comala abandonado polvoriento y barrido por el viento.
El director de Pedro Páramo logra ambientar, junto a su equipo de producción, escenografía y actores escogidos, el aire de un aislado y desértico pueblo del México posterior a la Revolución Mexicana, donde a las manera de la novela y también película, “El Gatopardo”, del conde de Lampedusa, “todo cambió para que todo siga igual”, pues terratenientes como Pedro Páramo siguieron imponiendo su ley y el derecho de pernada por los eriales donde mandaban a su antojo e iban dejando hijos regados sin responder por ellos, tal como sucedió con Abundio y Juan Preciado cuando se cruzaron en el camino al principio de la película.
A quiénes se nos convirtió en una costumbre necesaria releer tanto a “100 años de soledad” cómo a la escueta pero sustanciosa obra de Rulfo, no podemos olvidar que los dos autores están muy relacionados, como nos recuerda la anécdota narrada por García Márquez, de la impresión y la influencia literaria qué le significó el haber leído a Juan Rulfo después del día en que Álvaro Mutis se le apareció en su casa en México y puso sobre su escritorio “Pedro Páramo” y le dijo: “Aquí tiene para que aprenda a escribir”.
Ya Gabo había leído a su gran maestro Faulkner que le había dado la idea de construir un pueblo al estilo de Macondo como escenario para sus historias, pero Rulfo le inspiró el tono y el acercamiento a lo latinoamericano para ambientar el trasegar de los fantasmas de varias generaciones navegando en la atmósfera de los recuerdos.



