Por: Grace Patricia Gallego Suárez
En un rincón del baño, Vanessa Rentería Valencia, apretaba a su bebé contra el pecho. Afuera, la tensión crecía. Tres policías, su ex pareja y cuñado, se encontraban al otro lado de la puerta, en medio de una discusión que se había salido de control. La joven, desamparada y sola, intentaba proteger lo único que le quedaba: su hija. Instantes después, tres disparos quebraron el silencio. Vanessa cayó al suelo. La sangre de la madre salpicó a la recién nacida, sellando un capítulo de horror que clama por justicia. — tres agentes, contra una mujer y un bebé… ¿no encontraron otra manera de dirimir un conflicto? —
Buenaventura, el puerto emblemático sobre el Pacífico vallecaucano, el que es mucho más que un punto de comercio marítimo; es también el escenario de innumerables historias de lucha, dolor y resistencia. De allí parte Vanessa Rentería Valencia, una mujer obligada a abandonar todo lo que conoce: su tierra, su familia y sus sueños, empujada por la violencia implacable de los Agentes Armados Ilegales (AAI). Las extorsiones, amenazas y chantajes de estas bandas convierten su hogar en un infierno.
La decisión de huir no es sencilla. Dejar atrás el calor de los suyos y la familiaridad de su entorno, es una de las pruebas más desgarradoras para cualquier ser humano. Pero Venessa, como tantos otros, ve en la migración su única esperanza. Su odisea comienza en el Darién colombiano, donde inicia el peligroso recorrido a través de la selva centroamericana, enfrentándose a la dureza de un terreno inhóspito y a los «coyotes», mercaderes de ilusiones que trafican con la esperanza de quienes se sienten traicionados por sus coterráneos.
El camino hacia el norte es un infierno terrestre. Vanessa atraviesa Centroamérica, cruza México por el infame «hueco mexicano» y finalmente llega a Canadá, buscando un nuevo comienzo. Su destino es Vancouver, una ciudad que, según estadísticas, figura entre las mejores del mundo para vivir. Allí, cargada de ilusiones, se enfrenta a una realidad distinta.
Pero Canadá no fue el refugio que Vanessa había imaginado. Llegó a Vancouver con su novio, quien más tarde se convertiría en el padre de su hija. Sin embargo, lo que debía ser un apoyo se convirtió en otra fuente de inseguridad y sufrimiento. La violencia psicológica, el chantaje emocional y las humillaciones, se intensificaron con los días. Su pareja negaba la paternidad de la niña que llevaba en brazos y, en lugar de un hogar, Vanessa encontró un campo de batalla.
En un intento por escapar, Vanessa buscó refugio en un albergue,»shelters», pero las condiciones del lugar —poblado de personas con problemas de drogadicción y salud mental— la hicieron regresar con su pareja. Para ella, no había opciones reales de seguridad, ni siquiera bajo el estatus de refugiada que le otorgó el gobierno canadiense.
La maternidad, la barrera del idioma y la precariedad económica, la sumieron en un estado de angustia profunda. A pesar de ello, nunca dejó de soñar con un futuro mejor. Su meta era ahorrar suficiente dinero para alquilar un pequeño apartamento donde pudiera criar a su hija lejos del maltrato.
Vanessa sabía que algo andaba mal. Un día antes de su muerte, llamó a su hermana Sandra y, con voz quebrada, le pidió que cuidara de su hija si algo le sucedía. Esas palabras, premonitorias y cargadas de resignación, fueron el último eco de una mujer que lo había dado todo por sobrevivir.
El caso de Vanessa es parte de una dolorosa estadística. En Canadá, al igual que en Estados Unidos, las mujeres negras e indígenas tienen una probabilidad desproporcionadamente mayor de ser asesinadas por la policía. Este hecho, respaldado por números, evidencia un sistema que perpetúa la opresión y la violencia hacia las comunidades más vulnerables.
¿Por qué la mataron? ¿Por ser negra? ¿Por ser migrante? Estas preguntas resuenan en el aire, exigiendo respuestas que no llegan. La comunidad internacional espera una investigación exhaustiva de las autoridades canadienses y una actuación contundente del Consulado de Colombia en Vancouver. Mientras tanto, organizaciones de mujeres del Valle del Cauca se han comprometido a visibilizar este caso para que Vanessa no sea solo un número más en las estadísticas de violencia.
Sandra, su hermana, no se ha detenido. Con el apoyo de grupos comunitarios y organizaciones de derechos humanos, viajó a Canadá para exigir justicia por Vanessa, y, su pequeña sobrina, quien debe ser protegida por el gobierno canadiense, ya que este es su país natal.
Desde Buenaventura hasta Vancouver, su nombre debe resonar como un símbolo de resistencia y una luz de esperanza para que su pequeña hija encuentre unos brazos que sostengan su vida con amor, y sin temor.
Hoy, su nombre resuena no solo en las calles de Vancouver, sino también en Buenaventura, donde las aguas del Pacífico parecen murmurar un lamento: que Vanessa, y tantas otras, no sean olvidadas.