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Viernes, 2 de octubre de 2026

UN FILÓSOFO DE PAÑUELO Y CALLE

UN FILÓSOFO DE PAÑUELO Y CALLE

Bulevar de los días - Leopoldo de Quevedo y Monroy

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy.
Loco-mbiano.

UN FILÓSOFO DE PAÑUELO Y CALLE
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Lo conocí esta mañana en mi paseo a pie a lo largo de las riberas del Río. Todo un filósofo sentado con sacoleva y sin bastón. Daba una lección al enorme público junto a un compañero de mesa con el que dialogaba.

Su continente era solemne. Solo verlo inspiraba el respeto que se concede a quienes representan y poseen gran sabiduría. No había en ese momento interlocutores que se atrevieran a interrumpir la palabra del hombre de negro que gesticulaba con pausa, pero con energía.

Sobre su cabeza tenía por sombrero un pequeño mantón negro amarrado en sus cuatro puntas. Le alcancé a divisar una línea de cabello hirsuto, corto y encrespado. Tendría unos sesenta años. Sobre su nariz corta y bien formada llevaba lentes entre un marco negro delgado que le daba aire de pensador. Entre los bolsillos podría tener libreta de apuntes, algún cuaderno enrollado o, tal vez, unos dos panes no tan frescos.

A primera vista acababa de salir de la sala de conferencias de alguna universidad y dialogaba del tema con su interlocutor del momento. Parecía que había tenido discusiones en el conversatorio en que había participado. Se mostraba un poco contrariado. Todavía parecía increpar a quienes se atrevieron a dudar de sus afirmaciones y teorías.

«Allá, el del fondo, qué quiso decir cuando me interpeló y yo sostenía que las estrellas tienen hijas sobre la tierra? ¿Por qué no dejó que yo terminara mi teoría? Me pareció que usted fue un insolente.» Creí oír y quejarse ante su compañero de banca sobre la vía.

Me extrañé de verlo allí tan de mañana y seguí de largo buscando arriba sobre el árbol de inga a las iguanas. Pero era muy temprano y no había sol. Era inútil tratar de verlas cuando el frío de la mañana no había terminado. Más adelante, sin embargo, junto al CAI de santa Teresita alcancé a ver a una joven muy verde y nueva al final de una rama.

Iba pensando en el filósofo de marras. Digo filósofo por la pinta de su vestimenta, por los ademanes elegantes, por el garbo de su voz, por la serenidad erguida de su tono y porque su interlocutor parecía escucharlo con veneración. No ante cualquiera se queda mudo otro filósofo con el que parecía discutir lo sucedido en el Ateneo.

Ya no volví a pensar ni a recordar la escena y recorrí todo el trecho hasta la entrada al Parque Zoológico y pasé por donde ha vuelto a posarse un nuevo búho. Hemos llegado con mi novia al pie del árbol preferido por las iguanas y henos allí de nuevo con el filósofo.

No había cesado su perorata. Ni había logrado convencer a su interlocutor. Seguía argumentando, interrogando y moviendo brazos y ojos como orador en la plaza. Su compañero invisible no había podido convencerlo de que tal vez se había equivocado o algo había faltado en su discurso. A los filósofos, pensé, les encanta hablar y entelequiar.

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