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martes 17 marzo, 2009 a las 12:37 am

EUTANASIA O DERECHO A MORIR DIGNAMENTE,
EUFEMISMO O MISMIDAD

www.hoy.com.ec/…/adios-eluana-334110.html

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
[email protected]

Desde que recibí lecciones de teología dogmática, – círculo vicioso -, oí hablar de eugenesia y eutanasia. Claro que esas palabras no se encuentran en el diccionario griego. Son palabras compuestas y modernas traídas de nuestra lengua abuela. Quieren decir bien nacer y bien morir.

Las oí mentar en las disquisiciones a propósito de lo que enseñó Tomás de Aquino, el doctor angélico, acerca de la teoría de la composición de alma y cuerpo del ser humano. El alma la infundía Dios en la criatura nueva engendrada por el coito entre hombre y mujer. Si era varón el alma llegaba al cuerpo a los 45 días, si era mujer a los 90 días. Tanto tiempo se demoraba el cigoto en recibir la bendición para que el divino soplo llegara a convertirlo en vida humana… Eso lo estudiaba en 1963, no hace mucho, relativamente.

Lo que antes era aceptado por haber sido dicho por uno de los santos padres mayores de la Iglesia católica, ha cambiado. La doctrina y los tiempos se han endurecido. Hoy la medicina, la psicología, la nueva teología y la política han cambiado los cánones sobre el momento – no exacto – que llega el cigoto a ser humano. Y cuándo empieza a ser sujeto de derechos. El Código civil americano, en una frase que filosóficamente la pensó muy bien don Andrés Bello, prescribía hasta el momento que me gradué de abogado en 1988, que la “persona” empezaba a gozar de derechos cuando se separaba del vientre de la madre.

La discusión sigue y divide al mundo religioso entre abortistas y no abortistas. Y se ha ampliado con el mejoramiento de la “esperanza de vida” del niño, que se hará viejo. Su vida jurídica empieza desde que está en el seno de la madre y llega hasta que no pierda su conciencia o se convierta en incapaz e “interdicto”. Entonces quedará en manos de sus parientes y de la ley. Será, entonces, un cuerpo que tendrá una vida vegetativa o su “vida” no será una oportunidad de ser feliz sino un instrumento de tortura.

Aristóteles, bautizado por Tomás de Aquino, sentenció que el papel de la ética es hacer feliz al ser humano. La ética no tiene como objeto hundirlo en la infelicidad.

La modernidad con el humanismo y la posmodernidad con su acidez nos ponen a ver las cosas en su ambiente claroscuro. Copérnico, Diderot, Freud, Nietzsche y los actuales avances en cirugía nos han abierto los ojos y han hecho caer los mitos. Allá cardenales y obispos en sus sillas de oro, allá los flamantes políticos con su pulcritud a prueba legislarán para que el hombre común se llene de herrumbre en una clínica 17 años sin saber qué es la sal o la inocente agua.

El sentido común y la sabiduría del pueblo lucharán por ser felices hasta que su conciencia sea plena. Y ni la Inquisición volverá a encerrarlos por decir que tienen derecho como la mujer a su vientre, como el hombre a su condón, a ser felices hasta que su cerebro alumbre. El hombre nació para gozar la luz, para fabular, no para sufrir ni para creer que un mundo divino compensará a Eluana Englaro lo que aquí ya no pudo alcanzar.

13-03-09 – 8:54 a.m.

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