Este 2016


Con la edad, ya no hacemos promesas para el nuevo año, hemos entendido que los tabú son mentira. A esta edad sabemos que la ilusión del Niño Dios o de Papá Noel es propia de la infancia, pero igual nos ilusionamos. A esta edad esperamos cada día con la calma de haber visto muchos días. Vemos pasar el viento como un hálito que nos impulsa a vivir; vemos cada noche como un paréntesis para la reflexión y el descanso, cada instante como la última oportunidad de sentirnos vivos. Para entender que nuestras fatigas precedentes han sido inútiles, que nuestras guerras han sido una tontería, que nuestro presente testimonia una nueva oportunidad para equivocarnos, que el futuro a los necios pertenece.
Nos hemos vuelto calmos, reposamos sobre la sencillez de lo que hemos construido. Muchos, sino todos, hemos tenido un hijo para orgullo de nuestra trascendencia; otros menos, hemos escrito un libro como tarea imprescindible; otros tantos, hemos sentido en nuestra piel la dichosa presencia de la sabia al sembrar un árbol. Para entender que la felicidad está en las pequeñas cosas, en las cosas sencillas, en esos momentos en que confluyen las miradas claras, las sonrisas frescas, los abrazos espontáneos; lo demás es extravagancia que enferma y mata.
Vivimos de la locura de la juventud desenfrenada. Y sí que la vivimos. Como hubo que vivirla. Conquistamos el mundo caprichoso con nuestra contestariedad; acariciamos la libertad con nuestras greñas sueltas. Mis amigos me recuerdan que use Afró Bombril. Somos la generación que vivimos de la poesía, de la música, de la literatura, del arte. Somos la generación que recuperamos el folklor, quisimos ser auténticos, pedimos que nos devolvieran nuestra nacionalidad. También fuimos globales para entender otras nacionalidades.
Somos la civilización de los derechos civiles, y aún no conseguimos la felicidad para el hombre (lógico, y la mujer). Nos preocupó la marginalidad, la discriminación. John Lennon nos enseñó que cabemos todos en el corazón de todos. Ghandhi nos ayudó a caminar enérgicos sobre caminos escabrosos sin que aparezca la furia en nuestro semblante. La Madre Teresa nos mostró que el sufrimiento de los pobres es también nuestro sufrimiento. Martín Luther King nos predijo la desgracia de marcar a las personas por la apariencia externa de su piel y la forma de su cabello, y nos obligó a mirar al corazón del hombre. Fueron los mártires de nuestra generación.
Luchamos por la paz y no la conseguimos. Las generaciones posteriores tendrán que buscarla. Nosotros no encontramos la fórmula para una convivencia pacífica, tal vez, porque, cada uno, a nuestra manera, pensamos que tenemos la verdad. Las futuras generaciones tendrán que desprenderse de la verdad y conceder la razón al otro. Para Colombia, este final de año es particular. Se posesionan los mandatarios regionales y locales. Tal vez nuestro país firme un tratado de paz, pero solo será el comienzo. Si los mandatarios regionales y locales no dan real participación a los negros, sino involucran a los indios, a las mujeres y a los de inclinación sexual diferente en sus equipos de gobierno, la paz será otra entelequia: un discurso de carácter electoral para mantener un poder discriminador. A Gobernadores y Alcaldes les toca dar ejemplo de apertura, porque al respecto, el gobierno nacional poco entiende.




