ESTADO DE SANTIDAD
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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
Santidad no es sinónimo de carencia de sensibilidad, de ausencia de gusto por la belleza, de cercenamiento del goce del placer del trato con la naturaleza y las sensaciones que la vida pone frente a nosotros. Llamamos santa a la selva, al agua, a la tierra, a la madre, al hogar, a la soledad, al arte, a la paz, al sueño reparador igual al de un niño, a la tranquilidad del campo, a la poesía. Todo cuanto es transparente, sincero, limpio, reposado es santo. Es un estado que hace que no exista en personas o lugares vulgaridad o ruido, exceso o mediocridad.
La palabra santidad se ha restringido en su uso casi para sacristías y lenguaje místico. Las iglesias y religiones la asignan a personas y objetos que pertenecen a su ámbito. Rodean de misterio y de halo de impasibilidad a seres, lugares e instrumentos que los transforman en supranaturales e inaccesibles, imposibles de acercarse a ellos.
La santidad no se restringe a países, religiones, o estados civiles. La podemos encontrar en casa, en oficinas, en una matera, viendo cine o conversando en una calle. Pensábamos que los santos o las santas se hallaban siempre en iglesias, altares, en conventos o al lado de pilas de agua bendita, junto a cruces o medallas o estatuas de escayola. La santidad es también una cualidad humana y laica, no simplemente será una declaración papal o un título conseguido después de muerto el que tenía el don de su aura y de vida simple.
Encontramos la santidad en las cosas, los animales, los humanos. Los pintores y los artistas la han simbolizado rodeando el perfil con un aura que sale de los cuerpos y las hace resplandecer o con una aureola o corona encima de sus cabezas. Eso sucede, es visible y entra por los ojos. El ánimo se conmueve y hasta las fieras sienten la presencia cuando la santidad está ante ellas. Por eso el lugar de los delfines es el agua y de las panteras y las serpientes es la selva. Allí se apacientan las tormentas, corre virginal el agua y las nubes se enredan en su cabello para aclarar sus nimbos turbios.
¿Quién no siente que la paz lo envuelve en su aura, que las penas lo abandonan, que un río de música lo inunda cuando la madre lo abraza y lo recuesta sobre su regazo? ¿No hemos palpado que el mundo detiene su reloj y ritmo cuando una sinfónica hace sonar los aires de una pieza de Beethoven? ¿Quién no se ha deleitado con la compañía de un sabio o un poeta cuando habla o canta un poema? ¿Quién no descansa cuando un amigo dice al oído o mira compasivo al que necesita de consuelo? Son señas de que la santidad está muy cerca y cicatriza las heridas con su bálsamo.
La santidad habita en personas diminutas, en corazones desprendidos de intereses, en rincones desiertos de boato. Habla bajito sin estridencias y no viste con ropajes de nobleza. Puede estar en harapos o de corbata, en ayunas o en una cena. Actúa en el momento apropiado y jamás será huésped inoportuno. Llega puntual a realizar la tarea de suavizar las aristas o de estirar el brazo para que nada caiga en la des-gracia. Jamás volverá la cara para que le den las gracias. Hacer el bien es su sello, su beso y su despedida.
25-06-11 – 12:07 p.m.
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