Escribimos para el SI


Esto de escribir es un ejercicio para mantener viva la llama de la cólera e incendiar los muros que impugnamos.
Las palabras que fundimos y vaciamos suelen ser fuego que también escribe, es como una segunda persona que nos asiste y frecuenta.
¿Cuántas lenguas hablará el fuego?
El fuego de escribir se instala en la ventana que uno cierra y tiene que volver a separar para que no se vaya la imaginación.
Crepita el aire, la soledad nos hace compañía, aparecen los códices en el cielo y uno aprovecha el momento para preguntarles por las divinidades y las verdades que no profesamos.
Mientras escribimos somos amantes solícitos que utilizamos todas las grafías. Somos diálogo y silencio que reclaman un acto generoso consistente en que nos lean. Porque escribir, como decía Sartre, es un tratado magnánimo entre dos personas que no suelen conocerse.
Es un acto reciproco de magnificencia.
Generosidad para escribir y también generosidad para leer al otro.
A veces las palabras huyen y no regresan nunca, como los amantes que dejan historias inconclusas.
Se desprenden de los labios o de la mente y rechazan ser oídas o leídas. Saben de independencia y se tornan soberanas.
Son palabras que se revisten de pasado, de presente y conocen el futuro, como el SI que pide Colombia y se confabula con la hoguera, la llamarada y el resplandor que necesita para franquear el puente tenebroso de la guerra.
Escribir es un acto de creer en uno mismo, en los papeles, es devorarlos y masticarlos, es leer que el país fue demolido en los campos, es entender que los árboles que miraban los niños fueron derribados, como fusilados fueron los hombres y mujeres que recogían los frutos.
Escribimos porque sabemos que todos los días no son iguales, que tienen el rostro del espanto o la alegría.
Salir del fondo de la caverna en llamas es obra de titanes, es como si fuéramos Ulises regresando a Ítaca. Algunos sólo recibirán al héroe griego de manera indiferente, otros, gozoso y radiantes, como su perro que al reconocerlo murió de manera fulminante. Ausencia de veinte años, no de cincuenta. Los demás amigos, ninguno lo reconoció.
La hora del SI está cerca, se instala en los tejados derruidos, en la esquina del pueblo donde los ancianos bailan.
Habrá que decirles a ellos que nos ayuden a dormir tranquilos para que la palabra SI no muera.
Para que despertemos al otro día a construir la democracia que nos falta.
Porque como dice el escritor Germán Pabón: “La paz constituye un proceso a mediano y largo plazo, no de reconstrucción del viejo pacto social en crisis, sino de un nuevo pacto democrático, con miras a la integración social y política de la insurgencia armada”.
Colombia: es lo único que te pedimos, no vuelvas al socavón de la guerra, deja que construyamos todos un rancho, una barbacoa o una choza para nuestro corazón frágil. Hasta pronto.



