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Viernes, 2 de octubre de 2026

Partidos políticos en crisis

Los partidos políticos en el Cauca
Carlos E. Cañar Sarria
Carlos E. Cañar Sarria. [email protected]

Los partidos políticos son pilares básicos de las democracias modernas. Su nacimiento coincide con la participación popular en las decisiones públicas. Se consolidan en los regímenes parlamentarios  donde el Gobierno se hace responsable ante el electorado de una nación.

La concepción moderna de partidos políticos resalta teóricamente que éstos son los intermediarios entre la sociedad civil y el Estado. Esto indica que los partidos deben canalizar las necesidades, requerimientos y expectativas de la población para ser llevadas a las instancias de poder y al ámbito de las políticas públicas.

Una democracia moderna exige unos partidos fundamentados filosóficamente, organizados, serios, disciplinados, coherentes, con ejes programáticos susceptibles de ser llevados a la práctica y encaminados al bien público.

En el mundo actual, tanto la democracia participativa como la representativa hacen imprescindible el papel que juegan- o debieran jugar- los partidos. La participación popular mediante el voto y demás mecanismos de participación ciudadana no son posibles sin estar mediatizados por los partidos. Sin embargo, es necesario afirmar, que la participación popular no debe limitarse al voto, se requiere que las personas participen del beneficio colectivo del ejercicio del poder.

Vale la pena preguntarnos: ¿Realmente hay en Colombia verdaderos partidos políticos? ¿Son en verdad intermediarios entre la sociedad civil y el Estado? ¿Poseen unos verdaderos ejes programáticos capaces de llamar la atención y captar el voto del electorado? ¿Cuentan con cuadros y dirigentes comprometidos con el bien público? ¿Hacen interesante la política y justifican el arte de gobernar? ¿Están fundamentados en una doctrina política que encarne los valores que exigen constituir la futura sociedad?

La inoperancia de los partidos políticos ha invalidado en mucha medida la instauración de una democracia moderna. Muy distantes están los partidos de ser los reales intermediarios de la sociedad civil ante el Estado, caracterizados más por fungir como maquinarias electoreras y por el clientelismo que por asimilar las demandas sociales en procura del bienestar de la gente que dicen representar. El reparto burocrático del poder como principal inspiración de los partidos degrada la democracia y envilece a los electores y ciudadanos. La educación política que debiera ser una de las principales funciones de los partidos no está en el orden de prioridades. De ahí la imposibilidad de cambios sustanciales tanto en el régimen como en el sistema político.

En la actualidad presenciamos el desmoronamiento de los partidos tradicionales al tiempo  que aparecen y proliferan otros ‘partidos’ y movimientos que lejos de ser verdaderas opciones de poder, -con escasas excepciones- les caracteriza las mismas mañas  y divisiones internas.

En Colombia ha sido difícil consolidar una verdadera oposición democrática y ello contribuye a dar rienda suelta al continuismo y a la inoperancia gubernamental. Sin una oposición democrática seria, responsable, crítica, propositiva y con apetencia de poder no es posible la depuración de la política. No han podido surgir unas terceras fuerzas políticas que puedan ser opciones alternativas ante unos partidos en crisis.

Los partidos hegemónicos y otros aparentemente nuevos que existen o subsisten como apéndices de los partidos tradicionales, abortan el pluralismo e impiden cambios estructurales en beneficio de la sociedad. Cambios que no podrán realizarse con unos seudo partidos y con unos ‘dirigentes’ que sobreviven manteniéndose aferrados a los gobernantes de turno a punta de oportunismo, de clientelismo y de burocracia.

En la medida en que se desdibujan y desaparecen los partidos tradicionales, proliferan otros partidos y movimientos pero no cohesionan nada y mucho menos llenan las expectativas de un país que pide a gritos cambios estructurales. Los partidos políticos tienen la libertad de respaldar o no a un gobierno determinado, de hacer la oposición democrática cuando consideren que el Ejecutivo no llena las expectativas esperadas.

Sin embargo, en Colombia muy tímidamente se ha visto la oposición democrática y más bien pensamos que no existe oposición. Sin oposición queda deslegitimado el régimen y sistema político y se niega la democracia, puesto que el partido que gobierna o quien gobierna termina convertido en un reyezuelo.

Hacer oposición democrática no es obstaculizar por capricho o por mezquindad todo lo que realice o pretenda realizar el gobernante de turno. Es hacer una veeduría permanente para ejercer control político a quienes detentan el poder para tratar de impedir desmanes y arbitrariedades, o en su defecto, orientar o reorientar a los gobernantes para que asuman los caminos correctos. En nuestro país se hace necesario el diseño y estructuración de unos verdaderos partidos políticos, capaces de llenar las expectativas de la gente; que operen como auténticos intermediarios ante las instancias de poder para atender las demandas sociales. Esto sin duda presupone la necesidad de la aparición y proyección de unos nuevos liderazgos que no cometan los errores de las viejas castas politiqueras y que se comprometan a hacer posible la democracia participativa que concibe la Constitución Política.