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Jueves, 1 de octubre de 2026

Elecciones sin esperanza

Elecciones sin esperanza - Por Alfonso Luna Geller

Elecciones sin esperanza / Editorial – Por Alfonso Luna Geller. 

Alfonso Luna Geller

Nos aproximamos a las elecciones presidenciales de 2026 como quien camina en un amanecer sin luz: entre rumores, figuras desdibujadas y promesas recicladas.

A menos de un año de la contienda, no se vislumbra aún un liderazgo que merezca llamarse así. Ningún rostro, hasta ahora, representa con seriedad un proyecto nacional que esté a la altura de las exigencias históricas que atraviesa Colombia.

En un país donde los abismos sociales se profundizan, donde la violencia muta, pero no desaparece, y donde la confianza institucional se desmorona día a día, lo mínimo que se esperaría es la emergencia de un liderazgo con talla de estadista. Un dirigente con pensamiento estructurado, visión de largo plazo, independencia frente a los poderes fácticos, y solvencia moral para devolverle a la política su dignidad.

Pero lo que encontramos, en cambio, es una feria de nombres, slogans y alianzas improvisadas. Candidatos que apenas son marcas, egos al servicio de sus propios intereses o estructuras recicladas que ya fallaron antes.

La discusión pública se reduce a frases virales, a escaramuzas en redes sociales, a debates superficiales donde importa más la forma que el fondo.

Pareciera que la mediocridad se ha normalizado como estilo de gobierno, y la competencia política se limita a ver quién logra parecer menos incompetente que el otro.

En ese contexto, hablar del voto en blanco suena a utopía o a símbolo vacío. Porque en Colombia, más allá de su expresión simbólica, el voto en blanco no tiene consecuencias reales si no alcanza el umbral que obligue a repetir las elecciones. Y como está configurado el sistema electoral, es más probable que se repita la historia: terminaremos votando no por quien nos convence, sino por quien menos nos asusta.

Y ese es el verdadero drama democrático: cuando el acto de elegir deja de ser una afirmación de futuro para convertirse en un ejercicio de resignación. Votar por el menos malo no es una estrategia, es un síntoma. Es el reflejo de una sociedad que ha perdido la fe en su clase dirigente, y que se ve forzada a elegir entre opciones que no eligen el bien común sino la permanencia en el poder.

Colombia no necesita más gerentes de campaña ni rostros de pantalla. Necesita líderes con ideas, con formación, con carácter, con sensibilidad territorial y visión global. Mujeres y hombres que entiendan que gobernar es escuchar, decidir, asumir consecuencias. Que sepan que el poder no se hereda ni se improvisa, que se gana con legitimidad, no con maquinaria.

Pero si esos liderazgos no aparecen —si seguimos a merced del marketing y la inercia partidista— nos enfrentaremos, otra vez, a ese instante doloroso: la urna como última trinchera de la resignación. Y elegiremos, como en años pasados, entre aquellos que no nos representan y aquellos que nos desgastan menos. Una tragedia democrática que repetimos como país condenado a su propio círculo vicioso.

Tal vez aún hay tiempo para que una propuesta distinta emerja. Tal vez hay voces nuevas que aún no han tenido micrófono, o viejas voces que no hemos querido escuchar. Pero esa esperanza —como todo en la democracia— no es automática: hay que construirla, exigirla, provocarla.

Porque si no lo hacemos, si no reclamamos un cambio de fondo, si no alimentamos la esperanza con lucidez, nos tocará —como tantas veces— votar por lo menos malo.