EL ZAPATERO


Un día Jesús fue adonde el zapatero. Éste tenía su casa en una de las calles más pobres de la ciudad. El Maestro adivinaba en su semblante cierta nobleza de alma y de carácter, capacidad para entregar amor al hombre interno, no al externo; quizá por eso había escogido una profesión tan humilde, y la familia de Jesús ya conocía su trabajo; era un artesano de mirada limpia; hacía su encargo con dedicación y amor, lograba integrar concentración interna con la labor de las manos. De modo que Jesús fue allá una tarde, y parecía que el zapatero lo esperaba. Cuando llegó Jesús, el hombre dejó a un lado su ocupación, y se saludaron con leve reverencia. «Mira, por favor, repara mis sandalias»; y entregándolas Jesús, el hombre las puso sobre la mesa de trabajo y luego se sentaron. «Amigo, eres bendito del Señor, tienes paz en el alma. Tu honesta y pulcra labor habla de ti, lo mismo la fecundidad de tus ojos», le dijo Jesús. “Ennobleces los pies de la gente con tu trabajo. ¡Oh, si la gente supiera dirigir sus pasos por el camino recto!», añadió. Pero el hombre era de pocas palabras, tal vez era tímido, no se atrevía ante semejante presencia. «Señor, yo apenas soy un pobre obrero, pero tú sabes que trabajo para la Vida», respondió el zapatero; y enseguida tomó las sandalias, las observó, y luego comenzó a trabajar en ellas. «Eres un invitado de mi Reino; a otras gentes importantes y sagaces he invitado pero no han venido al convite, y no vendrán; son como las vírgenes necias; no tienen lumbre en sus lámparas, y cuando la tienen no la cuidan, no se proveen de aceite; cabecean de sueño y duermen eternamente», expresó Jesús, y ellos se miraron con ojos risueños, perspicaces; parecían compartir un secreto que el mundo desprecia.
Algún curioso miraba por la ventana cuando el hombre, una vez realizado su encargo, calzó de nuevo las sandalias en los pies del Maestro. El piso de la estancia era de tierra, pero el recinto hospedaba orden y limpieza. Luego compartieron un silencio íntimo, ese que da oportunidad de saborear el perfume de lo Eterno, y después Jesús se despidió. El zapatero no aceptó ningún pago. «Tu sola presencia es una dádiva inmensa», le dijo a Jesús. «A ti te conozco, eres de los míos; pero cuando vengan las vírgenes necias, les diré: Idos; os aseguro, no os conozco», comentó Jesús.
Jesús salió, y el hombre que miró por la ventana lo siguió un trecho por la callejuela, pero no tuvo valor para pedirle un momento de gracia.
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