EL VELO DEL TEMPLO


EL VELO DEL TEMPLO
(De mi libro «Jesús, El Íntimo»)

Y Jesús crecía en edad y sabiduría, su cuerpo y espíritu se fortalecían con virtud y entendimiento.
Se había conocido a sí mismo por gracia del Padre, dueño de toda autoridad y saber; el Santo Espíritu era su íntima estación solitaria, su vid era el solaz adonde las miradas profanas no entran.
Y un día se detuvo frente a las puertas del templo; señaló con dedo acusador, y dijo con voz fuerte:
“Nunca más creeré en tus recintos de piedra; en tus muros no está la verdad; sólo están los lamentos de quienes piden mal, la confusión de Babel, el dialecto de quienes no tienen autoridad; has engañado la fe de los incautos, tus penumbras no disimulan la ausencia de la Gracia”.
Y su rostro resplandecía con furor santo; acaso el de Moisés nunca había mostrado ese semblante de rigor.
Y entonces, una dama de ojos temerosos se le acercó:
“Señor, me das miedo; por favor, si eres del Cielo, dame una señal”.
Y él le respondió:
“Soy mucho más joven que tú, y quizás el Cielo es mi morada. ¿Por qué me pides una señal?”
“Tu tono delata grandeza y poder; vi cómo una luz aureolaba tu cabeza, y es quizá eso lo que me reveló el sueño que tuve anoche: un astro maravilloso caía sobre el templo, y éste quedaba hecho escombros”, contestó ella.
Él la tomó del brazo y la llevó aparte:
“Mi vida pública no ha comenzado, no he recibido la orden todavía; pero el Padre te ha revelado algo de mi semblante, el tiempo nos reunirá nuevamente”, dijo Jesús.
Y entonces el velo del templo se rasgó; adentro se oyeron gritos, un rayo castigó el cielo con cólera celeste.
**RVQ**
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