El tango llegó al Vaticano, con el papa Francisco

Por: Luís Barrera
Los obispos, sacerdotes, laicos comprometidos y toda la feligresía caucana y colombiana han mostrado la «inmensa alegría para toda la Iglesia» tras el cónclave que ha elegido al nuevo papa Francisco cuyo perfil han calificado como «el de un santo», de gran sensibilidad social por los más pobres, carismático y gran defensor de la doctrina católica.
El sumo Pontífice es el primer hispanoamericano en llegar al trono de San Pedro, el mismísimo vicario de Cristo en la tierra. Tiene consigo una vida de enseñanza y dirección de religiosos en Latinoamérica; Bergoglio ha demostrado una aguda sensibilidad política como también una humildad que sus colegas y pueblo católico valoran mucho.
De presencia discreta, su estilo personal es la antítesis del esplendor de la Santa Sede. En reuniones de obispos siempre quiere sentarse en las últimas filas. Esta sencillez, prudencia, desapego a los privilegios de las altas dignidades y austeridad en su vida personal, cayó muy bien en Roma.
El papa Francisco es notorio por haber modernizado la Iglesia argentina que había estado entre las más conservadoras de Latinoamérica. Se le considera moderado con mentalidad flexible.
El Papa Francisco conoce los intríngulis del Vaticano y también lo conocen a él. En la Santa Sede ha sido miembro de la Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos; de la Congregación para el Clero; de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y de las Sociedades de Vida Apostólica; y del Pontificio Consejo para la Familia.
Nació en el seno de una familia de origen italiana. Es austero y tímido. Rumbo a su encuentro con Juan Pablo II, el día en que lo iban a consagrar cardenal, Jorge Mario Bergoglio rememoró las palabras de su padre: «Cuando vayas subiendo, saluda a todos. Son los mismos que vas a encontrar cuando vayas bajando».
Con ese espíritu transitó su camino el ahora papa Francisco, el sacerdote jesuita nacido el 17 de diciembre de 1936 en el barrio porteño de Flores. A diferencia de otros, no se compró una vestimenta nueva para su posición como cardenal, sino que ordenó arreglar la que usaba su antecesor, Antonio Quarracino.
Antes de convertirse en cardenal fue técnico químico, sacerdote, profesor de literatura, presidente de la Conferencia Episcopal Argentina y arzobispo de Buenos Aires. Más allá de su peso en las más altas esferas de la Iglesia y de una estrecha relación con el poder, que nunca lo incomodó, Bergoglio, hijo de Mario, un trabajador ferroviario, y Regina, un ama de casa, ambos de origen italiano, siempre prefería pasar sus días de la manera más austera y reservada y con un perfil bajísimo.
Como cardenal en sus homilías, siempre revalorizaba en forma permanente el sentido de la patria y las instituciones y, pese a su formación técnica, es un apasionado lector de Fedor Dostoievski, Jorge Luis Borges y un amante del tango y desde luego como buen argentino del Fútbol.
Además de ser el primer papa latinoamericano y el primer jesuita, Jorge Bergoglio también estrenó nombre. Después de Juan Pablo I en 1978, es el primer pontífice que elige un nombre inédito. Antes de eso, habría que remontarse a Landon, en el año 913.
Una vez superada la sorpresa llegó la confusión. Mientras algunos ven en su nombre una clara referencia a san Francisco de Asís, conocido por su servicio a los pobres, otros consideran que, como jesuita, su elección es un homenaje a san Francisco Javier, cofundador de la Compañía de Jesús con san Ignacio de Loyola, en el año 1534.
«San Francisco evoca un camino de humildad y sencillez evangélica, el camino que el nuevo papa indicó en las primeras palabras que dirigió a su Iglesia», afirmó el arzobispo de Popayán, monseñor Iván Antonio Marín López.
El nuevo papa, ha sorprendido en su elección, en su rostro amigable y sencillo, ha cautivado la esperanza de los católicos y animado a los nuevos cambios que deberá afrontar la Iglesia, la única que fundó un Dios, el mismo hecho hombre en la persona de Cristo.
El tango llegó a Roma para quedarse en el Vaticano y por ello el propio Carlos Gardel decía sobre esta poesía realista cantable cuya letra es una expresión de arte popular. “No basta con tener la voz más melodiosa para entonar un tango. No. Hay que sentirlo, además. Hay que vivir su espíritu.”






