EL RETORNO DE LAS SIENES PLATEADAS

Cincuenta años después, el Instituto Técnico volvió a ser su hogar
Por Alfonso José Luna Geller / Ayer violé una ley inmutable del periodismo: el reportero nunca debe involucrarse como protagonista de la noticia que cubre. Se nos enseña la distancia, la frialdad del testigo que toma notas desde la barrera sin permitir que el pulso le tiemble. Pero ayer, en la biblioteca del Instituto Técnico, de Santander de Quilichao, las barreras se hicieron polvo. Me emocioné casi hasta las lágrimas al conmemorar un reencuentro en mi hogar educativo. Y es que, a pesar de las sienes plateadas de aquellos muchachos que celebraban con júbilo sus bodas de oro, mis canas son mucho más antiguas: cuando esa alegre muchachada graduada en 1976 cruzaba por primera vez el umbral del colegio para iniciar el bachillerato, el séquito al que yo pertenezco estaba saliendo para ingresar, con los mismos miedos y esperanzas, a las aulas universitarias. Verlos ahora regresar a su casa fue, inevitablemente, mirarme en el espejo de mi propia juventud.

El encuentro se abrió como una declaración de principios. El lema que presidió la jornada lo resumía todo con precisión poética: “La educación fue nuestra fuente de formación y la amistad el manantial inagotable de felicidad”. Esas palabras cobraron vida cuando la señora rectora, Mg. Isabel Cristina Cabal Godoy, ofreció una cálida bienvenida a los egresados, recordándoles que el Instituto Técnico no pertenece al pasado, sino al legado vivo de sus egresados más insignes.

Hacer posible este retorno de oro, que coordinó agendas, desempolvó archivos y tejió redes a lo largo de meses, fue la tarea titánica de líderes natos de la promoción como Rodrigo Alberto Tafurth Beltrán y Miguel Alfredo Ledesma Chavarro, quienes junto a otros compañeros se echaron al hombro la responsabilidad de convocar la memoria colectiva y hacer de la nostalgia un punto de encuentro.

Sobre las mesas del reencuentro descansaban las pruebas físicas de una época dorada. En un mundo hoy devorado por la inmediatez digital, hubo palabras que destacaron cómo la educación pública que forjó el carácter, el intelecto y el destino de Santander de Quilichao fue con libros, lápices y colores físicos, distintos a como es hoy. Cada uno de los asistentes cargaba consigo una historia de vida; sin embargo, ayer ninguno ostentaba títulos ni cargos. Volvieron a las filas del colegio como iguales, cobijados únicamente por el orgullo perenne de ser «técnicos».

El momento cumbre de la jornada estuvo marcado por el eco de los nombres. Volver a pasar lista en el aula, con ese rigor fraterno que caracterizaba a la institución, apretó los corazones de los presentes. A cada «presente» le seguía una mirada de complicidad, el reconocimiento del compañero de banca que sobrevivió a los avatares de la historia nacional.

Pero la lista también convocó al silencio y a las lágrimas contenidas. El homenaje póstumo a quienes se adelantaron en el viaje final caló hondo en el auditorio. Recordar a Fabio Emiro Certuche Toro, Darío Dueñas Solarte, José Omar Palacios Castillo y Libardo Santacruz Ramírez —aquellos cuyos nombres ya no obtuvieron respuesta física en el salón pero que permanecen intactos en las anécdotas de las excursiones, los partidos de fútbol y las travesuras de pasillo— le dio a la mañana un tinte de sagrada solemnidad. Las bodas de oro se celebraron por los que estaban sentados allí y por los que, desde el recuerdo, seguían habitando el Instituto Técnico.

Cuando cayó la tarde sobre Santander de Quilichao y el sol tiñó de naranja los tejados y los salones del viejo colegio, el encuentro de la promoción de 1976 demostró que el arraigo es un lazo de sangre institucional. Cincuenta años después, estos bachilleres confirmaron que se puede salir del territorio, se puede envejecer y se pueden transitar los caminos más disímiles, pero nunca se deja de pertenecer al lugar donde se descubrió el mundo por primera vez.

El Instituto Técnico despidió a sus hijos de oro con la promesa implícita de que sus historias quedaron grabadas en los muros de la institución. Mientras existan crónicas para contarlo y memorias dispuestas a recordar, la promoción de 1976 —andada y liderada por manos entrañables— y quienes los vimos partir hacia el futuro, seguiremos caminando unidos, desafiando al olvido y demostrando que medio siglo es apenas un suspiro cuando la fraternidad es verdadera.




