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Miércoles, 7 de octubre de 2026

El problema de las campañas que no emocionan

Opinión - Por Juan Camilo López Martínez

Por: Juan Camilo López.

La campaña también comunica cuando duda. Comunica cuando no encuentra una bandera, cuando cambia el tono, cuando intenta ser muchas cosas al mismo tiempo. Y eso pareciera estar ocurriendo hoy con la candidatura de Paloma Valencia, justo en la semana en que las encuestas empiezan a consolidar una tendencia que, aunque todavía no definitiva, sí resulta cada vez más visible.

Las mediciones conocidas en los últimos días coinciden en varios puntos: habrá segunda vuelta, Iván Cepeda estaría asegurando su paso a esa instancia y Abelardo de la Espriella aparece ocupando el segundo lugar, incluso tomando ventaja sobre Valencia. No son resultados menores. Las campañas no se ganan únicamente en encuestas, pero sí revelan estados de ánimo y percepciones colectivas que terminan siendo determinantes.

Hace unos días tuve la oportunidad de conversar con varios taxistas. Quise hacer un ejercicio simple: preguntar por quién votarían. Uno respondió casi de inmediato: “póngale la raya al Tigre”, en referencia a De la Espriella. Otro habló del “cambio” y mencionó a Cepeda. Después de varios intentos encontré a alguien que mencionó a Paloma Valencia, pero lo hizo sin emoción, sin fuerza, casi con frialdad.

Y ahí pareciera estar el verdadero problema de su campaña.

Mientras otras candidaturas lograron construir símbolos reconocibles y emocionalmente poderosos, la campaña de Valencia no termina de conectar con un relato claro. De la Espriella encontró una narrativa simple, agresiva y fácil de recordar alrededor de la figura del “Tigre”, apelando a un electorado que quiere contundencia y confrontación. Cepeda, por su parte, se abrazó sin ambigüedades a la imagen del presidente Gustavo Petro y al discurso del cambio, entendiendo que su principal fortaleza era precisamente la continuidad de ese sector político.

La candidatura de Paloma, en cambio, pareciera haberse quedado atrapada entre dos caminos. Por momentos quiso levantar las banderas tradicionales del uribismo; en otros intentó desplazarse hacia el centro político, moderando su discurso y buscando ampliar su electorado. El resultado terminó siendo una campaña difícil de leer, sin un mensaje contundente y, sobre todo, sin una emoción dominante.

En política las campañas no solamente necesitan propuestas. Necesitan identidad. Necesitan símbolos. Necesitan una razón sencilla por la cual la gente quiera defenderlas en una conversación cotidiana o repetirlas en la calle. Hoy pareciera que muchos ciudadanos saben exactamente qué representa Cepeda y qué representa De la Espriella, pero todavía no logran definir con claridad qué representa Paloma Valencia en esta contienda.

Incluso hubo momentos donde su fórmula vicepresidencial terminó opacando más de lo debido a la candidata principal, alterando el equilibrio natural que debería existir en una campaña presidencial. La vicepresidencia está llamada a complementar, no a convertirse en el centro gravitacional de la estrategia.

Sin embargo, la política siempre guarda espacio para lo inesperado. Restan siete días y en una semana puede ocurrir cualquier cosa: un escándalo, un error o un acontecimiento nacional capaz de mover la opinión pública. Colombia ha demostrado muchas veces que sus campañas son impredecibles y que los estados de ánimo cambian con rapidez.

Pero si hoy hubiera que hacer una lectura del momento político, todo apunta a un escenario de segunda vuelta entre Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella. Ese, por ahora, pareciera ser el rumbo que empieza a tomar la elección presidencial.