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Viernes, 2 de octubre de 2026

El poder de observar

Foto Natalia Cáceres. Sentado o de pie, trabajando o quizá descansando, su mente suele trazar mil formas de llevar lo cotidiano al papel

Alma juguetona, mente creativa, ojos grandes que observan minuciosamente y unas manos bailarinas muestran a un niño escondido en el cuerpo de un adulto. Vendría siendo algo así como un niño grande. Él es un niño grande.

Escrito por:  Natalia Cáceres 

Si la vida te da colores, aprende a colorear.  Aquella práctica del color, del dibujo, del arte del dibujo, cobran sentido cada día en la vida de un profesor de la Universidad del Cauca, que ha pasado gran parte de su vida dibujando lo que tiene al frente, al lado o atrás. Él es José Alfonso Espada: docente, dibujante, observador nato, un adulto con alma de niño y ojos coloridos.

Empezó aprendiendo lecciones de dibujo en una academia de artes en Argentina, que enviaba los instructivos y las calificaciones por medio del correo. Su madre los recibía y acompañaba mientras Espada —como él prefiere que le digan— dibujaba, corregía, se estresaba, borraba y volvía a dibujar.

—Yo odiaba cuando llegaba el correo con ese paquete, y odiaba los ejercicios que me ponían, y odiaba esas correcciones porque venían con lápiz rojo, y siempre decían: «dibuje más, mejore el trazo, observe». Era una cosa gigante de disciplina y a mí me hartaba. Yo tenía 11 años.

Espada se tuvo que acostumbrar a recibir las lecciones de dibujo por correo cada ocho días. También a ser el primero en llegar a cualquier celebración. Especialmente cuando era niño y era el primero en llegar a las fiestas infantiles, pues sus padres siempre fueron muy puntuales y es así como intentaron criar a sus cuatro hijos—dos hombres y dos mujeres—siendo Espada el segundo.  A pesar del esfuerzo de sus padres, el único de los hermanos que sigue manteniendo la puntualidad es Espada.

Aquel niño tímido, puntual y con una afinidad para el dibujo, creció y decidió que quería estudiar arquitectura. Inspirado principalmente por su padre, un constructor. Sin embargo, en ese tiempo Popayán no tenía esa carrera. Y aunque fue admitido en una universidad privada en Bogotá, por situaciones económicas no pudo asistir.

—Tímidamente me acerqué a la Facultad de Artes de la Universidad del Cauca y había una carrera que se llamaba Artes Plásticas con énfasis en diseño. Me dije: eso de diseñar es como parecido a diseñar casas, el diseño es chévere. Entonces me inscribí y pasé. Y cuando le dije a mi papá la noticia fue difícil. Me dijo: “¿a una Facultad de Artes? ¿Se va a volver marihuanero? ¿Usted de qué va a vivir? Se va a morir de hambre”. Y yo, pues…—alza los hombros y ladea la cabeza— le dije: eso es lo que yo quiero, ya vi el pénsum y es lo que voy a hacer.

Estudiando Artes con énfasis en Diseño se enamoró del dibujo y los colores, de darle vida a lo que parece simple y vacío. Para él, el dibujo no es solo hacer línea por línea, es entender su composición, entender los colores de su alrededor, es tener paciencia por cada trazo, es tener amor.

—¿Usted planeó ser profesor?

—No, jamás. Pero a mí me apasiona enseñar, me apasiona dar clase. Soy docente y ya no me veo fuera de las aulas. Establezco diálogos con los estudiantes y es tan chévere hablar con ellos, sobre todo con la gente joven, pues siempre le he dado clase a los jóvenes y no por sentirme que estoy por encima de ellos, sino que establecemos un diálogo de iguales. Y en ese diálogo de iguales yo aprendo cantidades.

No quería ser profesor, pero lleva 26 años siendo docente, lo cual celebra y agradece profundamente. Espada, desde que conoció el mundo de la docencia no se ve haciendo otra cosa que no sea compartir su conocimiento y en esa misma lógica recibir el de sus estudiantes y profesores. Es algo así como un intercambio, un trueque de conocimientos.

Con aquella mirada que no se le escapa ningún detalle, Espada, esbozando una medio sonrisa, recuerda por qué es maestro ahora y por qué probablemente lo seguirá siendo en el futuro.

Es ahí cuando entra Alejandro López. Compañero de trabajo, compinche, socio, pero sobre todo, amigo.

—Hola, te veo bien. ¿Qué estás haciendo? —pregunta Espada sin perderlo de vista.

—Me estoy drogando más temprano, antes lo hacía después del desayuno, ahora lo hago antes—contesta con un tono serio y sarcástico.

Ante esa intervención ambos ríen, estrechan su mano y mutuamente acuerdan encontrarse más tarde.

Alejandro López es docente de la Facultad de Artes, ha trabajado ahí desde hace menos de una década. Conoció a Espada por algunos encuentros casuales en la calle: un par de miradas, cruces por el mismo andén, la alzada de una ceja, un “hola” sin mucho rodeo, un apretón de manos sin nombres. Hasta que en 2019 Alejandro fue llamado para ser docente en la Facultad de Diseño de la Universidad del Cauca,  y ahí conoció oficialmente a Espada. Aquella vez con un apretón de manos que incluyó nombres.

Desde entonces trabajan juntos dictando taller a los estudiantes—usualmente de primer semestre—y almorzando juntos o yendo por un café al terminar la agenda del día.

—En diseño hay ocho talleres. Son como el eje de la columna vertebral de la carrera, ¿sí? Los talleres están acompañados por dos docentes, a veces tres. Y yo empiezo a acompañar el espacio de uno de los talleres con Alfonso y otro profe—cuenta Alejandro dibujando dos puntos en la mesa con el dedo índice.

—¿Ahí se empieza a generar un lazo más fuerte?

—Sí, porque ya no solamente compartíamos en el espacio académico, sino que muy puntualmente sí o sí nos teníamos que encontrar para ese curso, prepararlo, evaluarlo y dictar la clase juntos. Entonces nos fuimos haciendo más cercanos —me dice mientras cierra sus manos para encajar los dedos entre sí.

Espada y Alejandro son dos polos opuestos. Usualmente, en sus clases compartidas, si uno dice rojo y amarillo, el otro dice naranja y verde. Esa diferencia no solo enriquece el ambiente de la clase, sino que también ayuda a que el estudiante encuentre su propio camino, creando su propia visión, tomando lo que le sirve a cada uno. La mayor parte del tiempo, tanto Espada como Alejandro se quedan firmes en sus puntos de vista.

—En esa diferencia, porque se dan diferencias y se dan discusiones, ha habido un ejercicio interesante con el profe Alfonso.

—¿Ah, sí? ¿Cuál?

—Si hay una diferencia, puntualmente, en el ámbito académico se queda en lo académico. Y pueden ser discusiones fuertes. Sin embargo, se termina el curso o la reunión y vamos a almorzar. Y si la discusión sigue, la retomamos cuando volvemos a entrar al salón. Es una cosa mágica.

Ambos se equilibran. Alejandro es esa persona que ayuda a Espada a salirse un poco del molde, a soltarse, a fluir más con la acción. Espada, a su vez, ayuda a Alejandro a aterrizar sus ideas y darles una forma más corpórea. Ambos son su ayuda, compañeros en una aventura de enseñanza, aprendizaje y desaprendizaje.

Espada tiene dos hijos: Danna Sofía, de 14 años, y Samuel Emilio, de 12 años. Junto con su esposa, Claudia Liceth Fajardo, profesora de economía en Universidad del Cauca, los ha criado con la misma puntualidad que ambos heredaron de sus propios padres.

Espada y Claudia se conocieron una tarde de 2001, durante la apertura de una cafetería en el centro de Popayán, de la cual Claudia es una de las dueñas. Aquella tarde se inauguraba una exposición de arte en la que Espada participaba. A Claudia le encantó su trabajo y se prometió que, cuando tuviera el dinero, le compraría una de sus obras.

Años más tarde —exactamente once años después— en abril de 2012, sus caminos volverían a cruzarse.

—Él tenía una exposición de manos e invitó a un amigo que teníamos en común por el café. Yo le pedí a ese  amigo que le preguntara si podía ir a la exposición. Mi amigo le preguntó y él dijo que sí, pero al final no pude ir.

—¿Logró ir después?

—En una Semana Santa. Yo tenía el dinero para ir a comprar un bolso que me había gustado mucho. Estaba con dos amigos más y les dije: «Vamos a una exposición que quiero ver y de ahí me acompañan a comprar un bolso». Cuando llegamos a la exposición de manos Alfonso estaba allí. A mí siempre me pareció muy serio, pero sentí curiosidad y le pregunté cuánto costaba cada obra. Era justo lo que yo llevaba para comprar el bolso— me mira fijamente y esboza una pequeña sonrisa— el hecho es que no compré el bolso, sino la obra.

Quizá fue por haber comprado aquella obra. O quizá porque Espada  la fue a dejar al café una semana después. Tal vez porque ambos tenían muchos amigos en común —sin saberlo— o tal vez fue simplemente el destino. Quizá fue todo a la vez. Lo cierto es que, después de aquel intercambio artístico y monetario, los caminos de Espada y Claudia dejaron de bifurcarse.

—Alfonso me parecía muy serio, muy mal encarado. Hasta que empezamos a hablar, y con él siempre me pasó algo muy particular.

—¿Particular? ¿Por qué?

—Alfonso es un hombre que tiene una cultura general enorme y es un tipo muy inteligente. A mí eso me encantaba. Podíamos conversar horas y horas de cualquier tema: arte, historia, películas, comida, bobadas, incluso de noticias.

A Claudia no la enamoró su seriedad; la enamoró descubrir en Espada a alguien con quien podía conversar sin prisa, alguien que sabía escuchar. Vio en él algo que nunca pensó encontrar: un hombre con el cual construir una familia.

—En diciembre de 2012 empezamos a salir, en enero de 2013 nos ennoviamos. En mayo ya estábamos viviendo juntos y en diciembre de ese mismo año nos casamos. En los primeros meses del siguiente, comenzamos a hablar del tema de la adopción.

En agosto de 2016 recibieron a Samuel, que tenía apenas un año y nueve meses. Cuatro años después, en plena pandemia de 2020, llegaría su hija Danna, de nueve años.

A la llegada de su hijo menor, donó su estudio de arte para que este fuera su habitación. Por ello, estuvo sin dibujar un tiempo, pues no se sentía del todo cómodo para seguir creando sin un espacio fijo para él. Una tarde del año 2016, durante una conversación Claudia,le dijo en tono de broma:

—Te va a tocar dibujar en la calle.

—Umm… pues sí, eso es una buena idea—contestó Espada e inmediatamente el foco de las ideas empieza a cobrar factura de luz.

Así es como nace “Dibujando Popayán”, un proyecto que tiene como base la observación minuciosa de los detalles y la creatividad, convocando a personas que estén dispuestas a recibir aquel llamado que permite ver las calles de manera diferente y esa diferencia plasmarlo en papel. Él no solo dibuja para sus estudiantes, dibuja para sí mismo y eso es lo que comparte con sus estudiantes.

El poder de observar
El poder de observar

—A la semana hice una publicación en Facebook invitando a dibujar Popayán. Dije: «voy a estar en la Torre del Reloj. Quienes quieran, lleven libretas, papel, lo que sea. Vamos a dibujar a Popayán”. Y efectivamente, ese sábado a las 2 de la tarde yo estuve ahí paradito en la Torre del Reloj y llegaron como unas 12 personas.

Desde entonces el proyecto ha estado firme reuniéndose cada cierto tiempo en diferentes lugares de la ciudad. A pesar de que su principal intención es el dibujo, Espada asegura que ha habido días donde por cosas del destino–como la lluvia– no se ha podido dibujar, entonces terminan yendo por un café y conociéndose mutuamente. Técnicamente, el dibujo es la excusa para verse y conversar un rato.

Espada es metódico. Para él, tener dibujos de zapatos, paisajes, rostros, y otras formas que ilustra en una misma libreta es una pesadilla. Por ello, guarda sus dibujos por secciones, eligiendo una libreta por cada tema.

—Yo necesito que todo esté organizado por secciones. Una forma tan libre y desordenada no va conmigo—dice mientras sacude con su mano derecha el polvo de su portátil.

Cuando se trata de calificar, se centra en el proceso. Así lo confirma Angélica María Martínez, estudiante de segundo semestre de Diseño Gráfico de la Universidad del Cauca. Angélica tuvo un fuerte cambio al pasar del colegio e inmediatamente a la universidad, llegó sin saber nada de dibujo y ahora finaliza semestre con la entrega final de taller II.

—Espada es un profe que se centra mucho en los procesos y es muy bacano porque te permite ser en el proceso, no te limita a ser quien eres y cómo lo debes hacer. Se rige a lo que es el diseño, a lo que él debe enseñar. Pero en el proceso no deja que pierdas esa identidad que tú tienes, esa identidad con la que vienes tú.

Para él, conocer al estudiante y su evolución es esencial para poderlos evaluar de la manera más justa posible

—Dibujar es un viaje. Es sentir la línea recorrer por tu piel. Sentir que estás dentro del dibujo—dice Espada mientras observa un punto fijo de la mesa y aprieta los puños. Dibujar es un viaje hacia dentro.

—Yo no me considero artista.

—¿Por qué no?

—Porque si me preguntas qué quisiera hacer, yo solo quisiera pintar. Pero lo que pasa es que también me gusta ser papá, me gusta ser esposo, me gusta cocinar, me gusta tener una familia, me gusta compartir los viernes en familia con mis hijos, me encanta llegar a mi casa, me encanta estar con mi esposa, me encanta ir a cine con ella, me encanta tomarme un café con ella…Entonces, sí—abre sus ojos al igual que abre sus manos y las redirecciona de lado a lado.

—¿Existe una exposición o una obra en particular que ocupe un lugar especial en su corazón?

—Las que le gustan a mi esposa. Sí, indudablemente, tiene muy buen ojo, tiene un sentido estético tremendo, entonces yo creo mucho en las que le gusten a ella.

Rosa, naranja, blanco, negro, azul, amarillo, morado, lila, verde, gris, son algunos de los muchos colores que se ven en un perfil de Instagram o Facebook,  los cuales están llenos de arte y letras. Allí comparte fragmentos de sus viajes, su vida diaria, su proceso creativo, el proyecto “Dibujando Popayán”, su aguda capacidad de observación, su mirada minuciosa y, por supuesto, a su familia.

Espada es así o así parece ser. Un hombre que sonríe naturalmente ante una selfie, un hombre que siempre lleva hojas temáticas en su bolso por si se le atraviesa un lugar interesante en el cual parar e ilustrar, un hombre que comparte su conocimiento y su amor por el arte a quienes estén dispuestos a recibirlo.

Un hombre que no teme jugar, colorear, expresar, atreverse a conocer, aprender y desaprender. Un padre, esposo, cocinero, amigo y, en sus tiempos libres, profesor. Porque él es así, o así parecer ser, él es Alfonso Espada.

*Co.marca es el Laboratorio de Medios del Programa de Comunicación Social de la Universidad del Cauca

 

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