EL LIBRO


EL LIBRO

El primer libro que conocí y le di la mano fue uno que olía a sangre y parecía un misterio adentro. Se titulaba Doc Savage. Su carátula tenía una foto y había algo de rojo. El libro como que me llamaba. Tendría yo unos 11 años. Apenas si lo pude tomar entre mis manos. Mi padre corrió a no dejarme verlo por dentro. Qué frustración. Sí, fue como una aparición maravillosa ver ese libro en mi casa.
El libro es libre y libera. Cuando se abre es una caverna como la que encontró en un recodo escondido Alí Babá. Hay joyas, sorpresas, columnas, caras que lo miran a uno, espejos, cofres llenos de ríos amarillos que desbordan por sus tres riberas. Gutemberg nos lo diseñó y nadie lo ha podido mejorar. Desde los niños hasta los ángeles los ordenan en sus aposentos infantiles y celestiales y con ellos hacen castillos, puentes y sientan a sus sueños.
Me imagino la Biblioteca de Homero, de Aristóteles, de Alejandría con Hipatia, la de Borges, la de Neruda. Uno no se nutre solo de la vista de la Naturaleza, de la guerra, del amor o de la inspiración en soliloquio. Feliz una ciudad con una buena biblioteca para sus habitantes, feliz una universidad, una casa de familia, una covacha como la de los eremitas con libros con códices, misales con decoraciones y dibujos y arabescos.
Los libros guardan en sus páginas la memoria de los siglos. El papiro, los códices ya han desaparecido, cumplieron su ciclo y abrieron el camino para la aparición posterior del libro. Pequeños, sobrios, gigantes y diminutos para guardar en el bolso o el bolsillo, el libro es un amigo de viajes, soledad, silencio y consejo. Cuántos tesoros no hemos encontrado en las páginas inocentes de un libro. No sabe el libro en qué página se detendrá el lector o dónde se puso a llorar de gozo o dónde encontró la frase o el sitio que lo llevó a otro estadio.
Si el maestro en su clase orienta al niño y al joven, el libro guarda en su memoria sabidurías y frases hasta que alguien abre sus páginas. Como cualquier buscador y guaquero, halla la cita, la frase que necesitaba para su discurso de grado o la idea para sustentar su tesis. El libro jamás tendrá descanso o borrará la sabiduría que hay allí depositada. El libro no se cansa, ni se va de vacaciones. Tiene una mente siempre fresca, lista a ilustrar al que busque en sus brazos o su estómago o en sus venas negras y largas.
¿Quién no hablará bien de un libro? ¿Quién no tendrá su libro favorito, su libro de cabecera? La poeta Marga López ensalza La Alegría de leer, aquel libro con frases y dibujos en donde aprendimos a leer. «Ah, de mi libro, cómo lo quiero, es el amigo más verdadero», dice con su garganta de maga. Y lo tiene sobre la mesa de la sala en su casa de La Ceja.
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