EL LEÓN LLEGÓ HASTA LA CUEVA DEL ERMITAÑO
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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
El ermitaño estuvo pensativo todo el mes porque el cangrejo no lo visitó en los treintayún días anteriores. Sus carnes secas como la arena que adornaba su paisaje lucían firmes, con las rayas obvias que dejan los años con su pincel en los ojos, la frente y otros lugares. No le dolía nada. Ni el olvido del animal discreto que camina de lado y con tenazas como dos fusiles en asecho. De él sólo tenía que esperar malas noticias sobre su salud y estas no llegaron.
Comenzó el mes de agosto y, a primera hora, el león puntual llegó con parsimonia y se detuvo ante el portillo del jardín y los geranios. Alzó la testuz para mirar de frente al horizonte y dudó si rugir bajito para no tocar la puerta o esperar que su amigo saliera a saludar el día.
El fuerte olor del gran felino llegó hasta la nariz del anacoreta y sonrió. Era verano y el sol esparcía su calor por todos los rincones. Abrió la escasa puerta, avanzó por entre las flores y fue a abrazarse con su par, rey de los desiertos. El rugido de Leo se oyó por el confín. El ermitaño había sacado tres dátiles de una concha de coco y los puso en la palma de su mano para que su amigo los saboreara. Acarició las densas guedejas amarillas que coronaban su cabeza y el león se sentó dócil sin pronunciar palabra. Sólo su presencia era suficiente compañía y gran presagio.
El león sabía que es el símbolo de fortaleza, de seguridad, de mando. No lo es por su fiereza que la usa cuando es atacado o cuando el hambre extrema le pone fuego en sus garras y colmillos y para conservar la vida propia o de sus hijos. El león es conciente de su talento y no desperdicia sus fuerzas en destrozar los seres más débiles que encuentra. Por otra parte, es tierno en la intimidad y galante como un zahorí egipcio con su leona y leoncicos.
Vino, pues el león, con sus olores y su pelaje, a recordarle al ermitaño el mensaje que cada mes debe apuntar en la agenda de su obraje. Su refugio, lejos del ruido, de la fiebre de la ciudad, de la explosión de la cultura, no puede hacer olvidar la energía de un león adentro de su jaula. La soledad en el desierto no es un refugio para un león. Sería de cobardes ser un león eunuco, sin el aguijón de las pasiones y la imaginación que echa humores y hervores por la melena y las axilas.
Luego de registrar con su amigo sus huellas en la esquiva arena horas y horas, el león bajó su testa, rugió en la oreja del eremita y corrió veloz hacia la espesura de las sombras.
Ermitaño devolvió los hilos recorridos y ya disueltos por el viento hasta su morada. No había ya luz afuera ni dentro del ambiente. Pero en su interior quedó estampado el signo claro de su porvenir cercano.
Debía buscar no tanto el silencio de las cosas y el alejamiento de la realidad extrema. Debía vivir el eco que llegaba de las batallas, el frescor de las lágrimas que traía la noche y los suspiros de unas gargantas atormentadas que le llegaban de la ciudad que aborrecía. Mucho camino debería recorrer para comprenderlo y en la oscuridad de su habitáculo podría ver la dirección de su próximo futuro.
01-08-09 – 10:36 a.m.



