El interlocutor de Jesús


Para Rodrigo Valencia Quijano.
Al atardecer de ese día el Rabí se mostró cansado. No parecía cansancio del cuerpo, que cada pocas horas exige el premio de los lechos, sino un cierto agotamiento del espíritu, como el del sol que se extingue a diario generoso de luz en los crepúsculos. Ese día había dirigido sus palabras henchidas de amor y sabiduría a miles de personas, aldeanos pobres y hombres ricos, de poder. Ninguno de ellos había tenido una respuesta profunda, un asombro traducido en palabras. Sus corazones parecían vegetales que calladamente ven desgranarse los días sin inmutarse.
El alma del Rabí no conocía la defraudación. Aunque le odiasen, su temple le impedía manifestarse defraudado. Pero su cansancio en verdad sí era la de reconocer que había hecho falta en ese día suyo un interlocutor que al menos rasguñara los entresijos de la mente para responderle con algo de perfecta grandeza. Pero los que sueñan, conocidos también con el nombre de ciegos, solo pueden percibir sombras, siluetas, trazos y esbozos que dan ideas escabrosas y rudimentarias de aquello que es real. ¿Cuál de esos pobres soñadores podría ver y recibir a plenitud el regalo desinteresado de su infinito saber, de su amor que recordaba la amplitud del océano?
Pero a todos los hacía dignos de su amor. “Algún día –dijo— ha de nacer un interlocutor-poeta, alguien formado en los abismos de la reflexión, que deleite a los solitarios mostrándoles el nervio de mis parábolas, hecho en el nudo insoluble de la belleza y la verdad juntas; ese bardo dejará una huella y esa huella ayudará a los que se guían por mis palabras, es decir, los que me aman”.
JCE.



