El Estado en silencio



“Mientras la extrema derecha exporta sus calumnias y pide sanciones contra Colombia, el Estado calla y deja sola la verdad”.
La indefensión ante la agresión mediática y política de la extrema derecha ya ha dado sus frutos.
“Trump, haz lo tuyo”, ladró Vicky Dávila hace pocos días, pidiendo sanciones contra Colombia, como si entregar la soberanía fuera una muestra de patriotismo.
Tan dañina como aquella “Nobel de Paz” premiada por lograr que a su pueblo le impusieran todas las sanciones posibles, Dávila celebra el castigo extranjero como si fuera un triunfo propio.
El precandidato presidencial autodenominado “Destripador” también se ufanó de que el gobierno norteamericano atendiera sus denuncias, repitiendo su infamia: “Petro es cómplice y líder del Cartel de los Soles, porque ha facilitado, aupado, permitido y colaborado en la expansión del narcotráfico desde Colombia”.
Y como ellos, hay más.
Una jauría de calumniadores profesionales ha viajado al país del norte a envenenar con mentiras, a sembrar odio y a buscar la destrucción del gobierno legítimamente elegido por el pueblo.
Pero lo más preocupante no es solo la calumnia sistemática, sino la indefensión institucional frente a ella.
El Estado —que debería proteger la integridad simbólica de la Nación— se ha mostrado ausente, incapaz de defenderse ante las autoridades nacionales e internacionales.
Algunos se preguntan: ¿para qué denunciar, si las autoridades hacen lo mismo o nada?
Como muestra, ahí está la fiscal general ausente, una figura decorativa, sin autoridad ni voz, testigo muda de la infamia.
El gobierno se refugia en un silencio que llaman “neutralidad” o “respeto a la libertad de expresión”, pero que en realidad es renuncia a su deber de defensa.
Porque cuando el ataque mediático y político busca destruir la legitimidad de la democracia misma, no se trata de libertad de expresión: se trata de agresión política.
El discurso del odio no se combate con indiferencia.
Las campañas de difamación no se detienen con comunicados tibios ni con prudencia institucional.
Cada mentira repetida sin respuesta erosiona la autoridad del Estado y abre espacio para la intervención extranjera.
Mientras tanto, los mismos que llaman “dictadura” a un gobierno democrático promueven sanciones, bloqueos y amenazas.
Y ahora Trump, envalentonado por los gritos de sus súbditos locales, amenaza a Colombia.
Su advertencia no es solo contra el presidente Gustavo Petro: es contra el pueblo colombiano, contra su independencia, su dignidad y su derecho a decidir su propio destino.
La extrema derecha ya hizo el daño, bajo la mirada indiferente del Estado.
Y si el Estado sigue callando, la mentira seguirá teniendo más poder que la verdad.
El gobierno colombiano ha bajado la cabeza ante la ignominia de la extrema derecha.
Les permitió el daño.
Y aunque el presidente Petro tenga razón al decir que Trump ha sido mal informado, lo cierto es que los viajes de alcaldes, congresistas y periodistas lograron su cometido: hacerle daño al país.
Pero aún hay esperanza: el daño no será definitivo si el Estado despierta, si asume su deber de defender la verdad, la soberanía y la voluntad popular.
Trump amenaza, Dávila celebra, los calumniadores aplauden…
Pero la historia ya respondió:
solo el pueblo salva al pueblo.
Día nacional para la extrema derecha, que de patria no tiene nada, porque lo único que anhela es volver a ver a Colombia sometida y arrodillada ante sus privilegios.
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