EL DIÁLOGO



Nos acostumbramos a escuchar la palabra diálogo en la TV y la radio a lo largo del proceso de la búsqueda de la Paz entre el Gobierno y las Farc. Y también nos acostumbramos a oír noticias de riñas caseras, feminicidios, maltrato familiar y asesinatos. No sabemos dialogar porque en el colegio no lo enseñan, ni en la Universidad ni en la familia se practica.
Dialogar es entablar conversación con alguien sobre un asunto que se desea remediar. Es presentar el problema asertivamente ante la persona o personas involucradas y a partir de la exposición dar oportunidad de intervenir para expresar reparos, obstáculos, con ánimo de solucionar y llegar a un acuerdo a la situación o problema que ocurre.
Diálogo viene de las palabras griegas, dia, a través de y logos, palabra. La palabra comedida, el tono cordial, la voluntad sincera son los requisitos para iniciar el diálogo. No puede llegarse a la mesa con reservas mentales, con el ánimo predispuesto, con el convencimiento de que solo uno tiene la razón. Cada uno de los dialogantes necesita estar dispuesto a ceder, a transigir, a devolver el rollo. No puede haber posiciones dominantes, radicales ni condicionamientos a favor de uno solo de quienes intervienen. Ambas partes están el mismo rango y altura.
Cuando se busca la solución a un problema ya sea de empresa, de pareja o familia, las personas llamadas al diálogo tienen nombre propio. Es un asunto entre dos personas o tres o una comunidad. Nadie más tiene acceso a proponer el remedio. A no ser que no haya solución después del diálogo. Para ello se puede nombrar un mediador, aunque ya no hace parte del diálogo.
El diálogo no ha tenido escuela ni ha hecho carrera entre nosotros. Parece que nos gustara querer arreglar por medio de la amenaza, el grito, el castigo o la imposición. No hemos sido educados para este instrumento de simple convivencia. Nuestra sociedad sufre de este mal y en cada pequeño grupo se da la falta de diálogo.
Con el diálogo se podrían arreglar los eternos problemas de relación entre estado-trabajadores, empresarios-trabajadores, padres e hijos, pareja con parejo. Nunca se nos dijo que llegáramos desarmados a una reunión, a un sitio. Todo lo contrario. Se nos ha dicho, como a los israelitas en su nación, listos con el fusil junto a la cama porque hay que estar preparados para el ataque.
La historia colombiana está llena de odios, de rivalidades, suspicacias, ventajas ocultas y pretensiones de orgullo personal. No hay disposición de ceder. Esos son los obstáculos para el diálogo. La consecuencia final es la guerra. A eso hemos llegado. A distanciarnos, a sospechar del otro, a ver malas intenciones donde no las hay.
El diálogo necesita un asiento cómodo, una mano suave que lime asperezas, un hombro que reciba el golpecito de invitación amigable, el tono y el semblante sereno. Elementos que son fáciles de adquirir. Ni siquiera se necesita un vino o una cerveza. Tal vez un vaso de agua.
29-12-16 10:01 a.m.



