El Cauca no es un feudo electoral sino la raíz de la República



La miopía histórica suele ser el refugio predilecto de quienes pretenden analizar la política nacional desde un escritorio en Bogotá, posando frente a bibliotecas que parecen no haber leído.
Recientemente, el analista José Guillermo Mejía J., en una columna que destila desconocimiento, calificó la fórmula presidencial de Iván Cepeda, la senadora Aída Quilcué, como un movimiento de «activismo social» que solo agrada al CRIC y que, bajo una lógica aritmética brutal, «resta aliados».
Este análisis es un insulto a la conciencia histórica de Colombia. Reducir la participación de los pueblos indígenas a una operación de «movilización regional» es ignorar que los asuntos originarios son el cimiento mismo de la nacionalidad. Negar nuestro origen para favorecer una «regla elemental» de votos es la verdadera semilla del clientelismo y la corrupción que tiene al país en cuidados intensivos.
Mientras para algunos la política es una tabla de Excel, para el Cauca es un proceso de dignidad que ha definido a Colombia en todas sus etapas, desde la convulsión independentista hasta la República moderna.

Popayán ha sido, por peso histórico, la capital política alterna de la nación. Quienes hoy desprecian la dirigencia caucana olvidan que esta tierra ha parido a más de 14 presidentes de la República. El sacrificio comenzó con Camilo Torres Tenorio y continuó con la impronta de Joaquín Mosquera y Arboleda. El Cauca nos dio caudillos como José María Obando, nacido en Corinto e hijo de esas «infidelidades aristocráticas» que obligaban a ocultar nacimientos en el monte, y figuras titánicas como el Gran General Tomás Cipriano de Mosquera, cuatro veces presidente.
La lista es una muralla contra la ignorancia: el liberal José Hilario López, quien abolió la esclavitud; el «Poeta Soldado» Julio Arboleda; Froilán Largacha, Julián Trujillo y Ezequiel Hurtado, nacido en Silvia. Ya en el siglo XX, la estirpe continuó con Guillermo León Valencia, Víctor Mosquera Chaux y Carlos Lemos Simmonds.
Por lo tanto, sugerir que la trayectoria de una líder como Aída Quilcué es un asunto periférico es un error de bulto.
El Cauca no pide permiso para participar en la Casa de Nariño; ha estado allí desde la fundación del Estado. La política que solo cuenta votos y desprecia los procesos sociales es la que finalmente desaparecerá ante la fuerza de la realidad territorial. El Cauca no es un invitado a la mesa del poder; es uno de sus fundadores.
Dice el columnista que las coaliciones se resquebrajan ante la «realidad administrativa». Sin embargo, la historia demuestra lo contrario: las transformaciones reales no nacen de los acuerdos de oficina, sino de las resistencias que generan reformas. El Cauca ha demostrado que su capacidad de movilización ha sido el motor de las grandes discusiones nacionales que hoy ocupan la agenda de equidad.
Desconocer el peso del Cauca en la construcción de la nación es una muestra de ignorancia casi absoluta, como es no alcanzar a comprender que figuras como Aída Quilcué son la identidad que el país centralista todavía cree que es una «resta de aliados».
El análisis que hoy criticamos se titula con soberbia sobre «tiros en el pie». Pero el verdadero tiro, y este es en la conciencia, se lo pegan quienes creen que la Presidencia de la República se gana ignorando la trayectoria histórica de la nación.
El Cauca no pide permiso para participar; el Cauca ejerce el derecho que su historia y sus muertos le han otorgado en la formación de este país.
La política que solo cuenta votos y desprecia los procesos sociales es la que finalmente terminará por desaparecer ante la fuerza de la realidad territorial, repito textualmente, para evidenciar que, además, también tenemos los votos, como históricamente se ha demostrado.
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One comment
Amparo Bastidas
domingo 15 marzo, 2026 a las 4:34 pm at 4:34 pm
Apreciado Alfonso:
Excelente análisis del Cauca y su poder político.
Ojalá la ignorancia centralista les permita comprender a la periferia.
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