EL ANILLO


Yendo para Samaria encontraron un anillo entre el polvo del camino. Aunque la luz del día ya declinaba, notaron que el brillo del diamante era una caricia luminosa. “Quién sabe si lo perdió algún peregrino!», dijo Santiago. «Mirad de no perder vuestra gema más preciosa; el viento, el tiempo y los elementos atentan contra ella; pero quien la cuida es como alguien que construye su casa sobre roca firme, nada podrá destruirla», expresó Jesús.
El anillo parecía tener una parte de hierro y otra de oro, como si compartiera los colores de la oscuridad y de la luz; era grande y un tanto extraño, y los discípulos lo observaban con intriga. «No reparéis tanto en ello; es tan sólo una pequeña riqueza de la tierra, aunque hermoso, indudablemente; y así como lo perdió su dueño, otro lo cogió», reclamó Jesús. Santiago lo guardó en su bolso. Viendo esto, el Maestro añadió: «Mirad que no llevéis bolso ni espada ni nada que estorbe en el camino; bástele a cada día su afán». Y entonces notaron que la oscuridad estaba ya tiñendo el día, y apresuraron un poco el paso, hasta que escogieron un lugar dónde dormir. «Yo soy el anillo de bodas del cielo con la tierra; en vuestras almas está mi brillo sempiterno, el amor indisoluble; contentaos con eso, y podréis entonces cantar como Salomón: Bésenme los besos de su boca, que son más dulces que la miel», puntualizó Jesús.
Un silencio se apoderó de todo, hasta del canto de las chicharras, y el sueño los acompañó hasta el día siguiente.
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