El alma no se jubila

El alma no se jubila
Santiago de Cali, julio 21 del 2025
Muchas personas adultas creen que, porque
ya están jubiladas, también deben pensionar sus fuerzas y su vida espiritual. Es ahí donde Satanás ataca con más fuerza frente a esta actitud.
En la ancianidad se debe estar vigilante y proseguir a la meta con una fe férrea. Lo que se haga en esta etapa puede ser un sello para lograr la eternidad, porque el alma no envejece; y es cuanto más se necesita doblar rodillas y clamar a Dios en todo momento.
La pasividad espiritual se escuda en el argumento de que ya se oró lo suficiente en la juventud, dejando ahora la tarea de orar y clamar a Dios a los jóvenes.
Un ejemplo de esta actitud lo vemos en la vida de Salomón, quien terminó sus días rodeado de ídolos, desviando su corazón de Dios. Lo contrario a Moisés, que a los 120 años aún mantenía su corazón rendido a la voz de Dios.
Se debe perseverar hasta el fin para alcanzar la vida eterna. Nuestra alma no debe adormecerse; por el contrario, hay que estar alerta contra el enemigo, porque él no mira edad y está atacando en todo momento.
La vejez no se debe pensionar. Hay que estar en constante oración y nunca ceder para que el enemigo no tome dominio de nuestra vida. Esta etapa no es para el descanso espiritual, sino para más acción. No se puede tirar la toalla; hay que mantenerse en pie. En la vejez, se deben usar con más fuerza las herramientas que Dios nos ha dado: lectura de su palabra, alabanza, predicación y mantener siempre encendida la llama de la oración.
La vejez no debe ser un estadio para dormir sino, para velar en oración. ¡Con la voz del anciano se sacude el cielo!
Lucas 2: 37 es otro ejemplo que debemos leer para mejorar nuestra relación de consagración y fidelidad a Dios.
Por el legado no se alcanzará la Vida Eterna, sino por la fe espiritual con la que se haya sostenido.
Dios no está buscando ancianos que acumulen recuerdos; está llamando a quienes continúan la carrera en Cristo Jesús. No se trata de contar lo que fueron, sino de seguir, dando Gloria a Dios con lo que son hoy.
El envejecimiento más peligroso no es el del cuerpo, sino el del alma. El mejor ejercicio espiritual que se debe hacer en la ancianidad es la oración.
Hasta el último aliento de nuestras vidas debemos entregarle el corazón a Jesús, porque el corazón no se pensiona. Debemos seguir sintiendo la llama de Dios, que nos da fuerzas y no nos deja claudicar.
Señor, haz vibrar nuestro espíritu. Que nuestros días postreros sean siempre para ti de mucho fruto; que estemos, plantados en tu casa, dando siempre fruto.
La fuerza de Dios en el anciano no es menor; al contrario, se perfecciona más. El enemigo no se ha jubilado y sigue rondando como león rugiente buscando a quien devorar. No bajemos la guardia espiritual. Mantengamos viva la llama encendida de la oración porque la vejez no se jubila.
Bendiciones
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