El 8 de marzo y la batalla por la narrativa

El 8 de marzo y la batalla por la narrativa.

Por Telescopio Político.
El próximo domingo 8 de marzo no se juega solo una consulta partidista. Se disputa algo más silencioso y determinante: la narrativa con la que el país amanecerá el lunes 9. En política, la aritmética es inseparable del relato. Los votos cuentan, pero la interpretación de esos votos pesa tanto como la cifra misma.
Hay una advertencia que circula con insistencia en sectores progresistas: existe una estrategia diseñada para que una parte del electorado se repliegue, permanezca en casa o limite su participación a la elección de Congreso, dejando intacta la consulta promovida por la derecha. La hipótesis es clara: si quienes se identifican con el cambio no piden el tarjetón de la consulta progresista, el resultado visible en las urnas será el de la llamada “Gran Consulta” de la derecha, y solo ese.
En el tarjetón de esa consulta aparecen nueve nombres. Sin embargo, dentro de esa competencia interna hay una candidata que parte con ventaja estructural: Paloma Valencia. Su candidatura cuenta con el respaldo explícito de Álvaro Uribe Vélez, líder histórico del uribismo, y con una maquinaria política que ha demostrado eficacia en movilización electoral.
No se trata de una conjetura ligera. En Colombia, las consultas interpartidistas han servido para medir fuerzas reales y para proyectar liderazgos más allá de su propio espectro ideológico. A diferencia de una encuesta, cuyos márgenes de error y metodología siempre admiten discusión, el voto depositado y contado tiene la contundencia de lo verificable. Es un dato duro. Y el dato duro construye legitimidad pública.
El riesgo que señalan los promotores de la participación progresista es eminentemente comunicacional. Si la derecha logra una votación amplia en su consulta y la otra orilla exhibe cifras modestas o invisibles, el lunes siguiente los titulares podrían consolidar una lectura simple: “arrasó la derecha”, “el país giró”, “el uribismo es mayoría”. Esa percepción, instalada en noticieros, portales digitales y redes sociales, influye en el ánimo del electorado de cara a la primera vuelta presidencial de mayo.
En ese contexto, el 8 de marzo se convierte en un ensayo general de poder simbólico. Quienes sostienen esta tesis insisten en que no importa si el candidato preferido para la Presidencia en primera vuelta es distinto al que participa en la consulta progresista. El voto definitivo se emitirá en mayo. Lo del domingo, argumentan, es una demostración de presencia y capacidad de movilización.
El cálculo es político y estratégico: no pedir el tarjetón de la consulta progresista implicaría, en la práctica, reducir su visibilidad numérica y dejar el campo despejado para que la cifra dominante sea la de la derecha. En un sistema mediático donde la síntesis suele imponerse sobre la explicación detallada, el volumen de votos puede convertirse en titular y el titular en clima de opinión.
La democracia, conviene recordarlo, no se agota en la emoción del momento. Es también una disputa por el sentido. Cada jornada electoral produce números, pero también produce interpretaciones. Y esas interpretaciones condicionan el debate público, la financiación de campañas, las alianzas y el comportamiento de los indecisos.
El 8 de marzo, entonces, no será únicamente una fecha en el calendario electoral. Será una prueba de lectura colectiva: si el progresismo acude masivamente a las urnas y pide su tarjetón, mostrará músculo y evitará que el relato quede en manos de una sola corriente. Si no lo hace, la fotografía del día siguiente podría instalar una sensación de mayoría que, más allá de su exactitud matemática, influirá en el curso de la contienda.
En política, las trampas no siempre son jurídicas; a veces son narrativas. Y frente a ellas, la respuesta no se da con consignas sino con votos contados uno a uno.



