Dos retratos de F. Nietzsche y 10 Postrinos


Dos retratos de F. Nietzsche y 10 Postrinos / En su libro La lucha contra el demonio, Stefan Zweig (1881–1942) nos presenta dos imágenes, dos semblanzas del gran filósofopoeta Friedrich Nietzsche. Son dos retratos diametralmente “opuestos”. El primero representa; en palabras de Zweig, «la mentira marmórea, la leyenda pintoresca». El segundo, la imagen verdadera, la real; ese hombre que habita mezquinas pensiones de seis francios el día, ese «hombre de espaldas cargadas, de silueta imprecisa; de paso incierto, porque Nietzsche, que tiene seis séptimos de ciego, anda casi tanteando, como si saliese de una caverna».
Pero yo disiente de Zweig respecto a su opinión acerca del primer retrato. No es una «mentira marmórea», una «pintoresca leyenda»; es la «cabeza de héroe orgullosamente levantada; frente alta, surcada por sombríos pensamientos», que ha atravesado las siete veces soledades de toda su existencia, los setenta veces siete dolores de su alma y su cuerpo, el homo doliente; uno de los más grandes héroes intelectuales y espirituales de todos los tiempos; un ejemplo y un consuelo para aquellos que como él; espíritus creadores, no pueden dormir en paz «como las demás personas, como las personas que no piensan ni son perseguidas por el demonio».
DOBLE RETRATO
«El énfasis en el gesto no es propio de la grandeza; quien necesita del gesto, es falso… Desconfiemos de todas las personas pintorescas.»
Imagen patética del héroe:
Veamos cómo lo describe la mentira marmórea, la leyenda pintoresca: una cabeza de héroe orgullosamente levantada; frente alta, surcada por sombríos pensamientos; los cabellos revueltos, como en oleadas; el cuello potente y robusto. Bajo sus cejas tupidas, una mirada de halcón; cada músculo de su rostro está tenso de voluntad, de salud y de fuerza. El bigote a lo Vercingétorix, que cubre su boca áspera, y un mentón prominente nos recuerdan a un guerrero bárbaro, e involuntariamente surge el pensamiento de la espada guerrera y victoriosa, del cuerno de caza o de la lanza, al contemplar su robusta cabeza de león y su cuerpo musculoso de vikingo germano.
Bajo esta forma de superhombre, de antiguo Prometeo, ha sido representado por escultores y pintores ese gran solitario del espíritu para hacerle más comprensible a una humanidad no muy llena de fe, que es incapaz de comprender la tragedia si no la ve envuelta en el ropaje teatral, influida en esto por los libros de texto y por el teatro. Pero el auténtico trágico nunca es teatral; el verdadero retrato de Nietzsche es mucho menos pintoresco de como lo representan los bustos o los cuadros.
Imagen del hombre:

Un mezquino comedor de una pensión de seis francos al día, en un hotel de los Alpes o junto a la ribera de Liguria. Huéspedes indiferentes, la mayor parte de veces; algunas señoras viejas en small talk, es decir, en conversación trivial. La campana ha llamado ya a comer. Entra un hombre de espaldas cargadas, de silueta imprecisa; su paso es incierto, porque Nietzsche, que tiene «seis séptimos de ciego», anda casi tanteando, como si saliese de una caverna. Su traje es oscuro y cuidadosamente aseado; oscuro es también su rostro, y su cabello castaño va revuelto, como agitado por el oleaje; oscuros son igualmente sus ojos, que se ven a través de unos cristales gruesos, extraordinariamente gruesos. Suavemente, casi con timidez, se aproxima; a su alrededor flota un silencio anormal. Parece un hombre que vive en las sombras, más allá de la sociedad, más allá de la conversación, y que está siempre temeroso de todo lo que sea ruido o hasta sonido; saluda a los demás huéspedes con cortesía y distinción y, cortésmente, se le devuelve el saludo. Se aproxima a la mesa con paso inseguro de miope; va probando los alimentos con una precaución propia de un enfermo del estómago, no sea que algún guiso esté excesivamente sazonado o que el té sea demasiado fuerte, pues cualquier cosa de ésas irritaría su vientre delicado, y si éste enferma, sus nervios se excitan tumultuosamente. Ni un vaso de vino, ni una jarra de cerveza, nada de alcohol, nada de café, ningún cigarro, ningún cigarrillo; nada estimulante; sólo una comida sobria y una conversación de cortesía, en voz baja, con el vecino de mesa (como hablaría uno que ha perdido el hábito de conversar y tiene miedo de que le pregunten demasiado).

“Después se retira a su habitación mezquina, pobre, fría. La mesa está colmada de papeles, notas, escritos, pruebas; pero ni una flor, ni un adorno, algún libro apenas y, muy raras veces, alguna carta. Allá en un rincón, un pesado cofre de madera, toda su fortuna: dos camisas, un traje, libros y manuscritos. Sobre un estante, muchas botellitas, frascos y medicinas con que combatir unos dolores de cabeza que le tienen loco durante horas y más horas, para luchar con los espasmos gástricos y los vómitos, para vencer su pereza intestinal y para combatir, sobre todo, su terrible insomnio con cloral y veronal. Un horrible arsenal de venenos y de drogas, que es la única ayuda que puede encontrar en el vacío de un cuarto extranjero, donde no le es posible encontrar otro reposo que el obtenido por un sueño corto, artificial, forzado. Envuelto en una capa y una bufanda de lana (pues la chimenea hace humo, pero no da calor), con sus dedos ateridos, sus gruesos lentes tocando casi el papel, escribe rápidamente, durante horas enteras, palabras que sus mismos ojos no pueden luego apenas descifrar. Durante horas está allá sentado escribiendo, hasta que los ojos le arden y lagrimean; una de las pocas felicidades de su vida es que alguien, apiadado de él, se le ofrezca para escribir un rato, para ayudarle. Si hace buen día, el eterno solitario sale a dar un paseo, siempre solo con sus pensamientos. Nadie lo saluda jamás, nadie lo acompaña jamás, nadie lo para jamás. El mal tiempo, la nieve, la lluvia, todo eso que él odia tanto, lo retienen prisionero en su cuarto; nunca abandona su habitación para buscar la compañía de otros, para buscar a otras personas. Por la noche, un par de pastelillos, una tacita de té flojo, y enseguida otra vez la soledad eterna con sus pensamientos. Horas enteras vela junto a la lámpara macilenta y humosa sin que sus nervios, siempre tensos, se aflojen de cansancio. Después echa mano del cloral u otro hipnótico cualquiera, y así, a la fuerza, se duerme, se duerme como las demás personas, como las personas que no piensan ni son perseguidas por el demonio.
A veces permanece en cama días enteros: vómitos y espasmos gástricos que le hacen perder el sentido, las sienes le duelen como si se las trepanasen, los ojos pierden casi totalmente la vista; pero nadie se aproxima a su lecho, nadie tiende su mano para poner una compresa en su frente, nadie hay que se preste a leerle en voz alta, a conversar con él, a reír con él.
Esa habitación es siempre la misma. La población tiene nombres distintos: Sorrento, Turín, Venecia, Niza, Marienbad, pero la habitación es la misma: una habitación de alquiler, extraña, fría, de muebles descabalados; siempre la misma mesa de trabajo y el mismo lecho de dolor; siempre también la misma soledad. En todos sus años de peregrinación no hay ni un solo descanso en un ambiente alegre y amable; nunca, durante la noche, se aprieta contra él el cuerpo desnudo y tibio de una mujer; nunca hay una aurora de gloria tras de sus miles y miles de noches de trabajo y de soledad. ¡Cuánto más absoluta es la soledad de Nietzsche que la de la pintoresca meseta de Sils María, visitada ahora por los turistas, entre su lunch y su dinner: la soledad de Nietzsche es de toda su vida, de todo su mundo!
De vez en cuando un huésped, un visitante. Pero la corteza se ha hecho ya demasiado dura alrededor de ese corazón anhelante de compañía; el solitario da un suspiro de alivio cuando se marcha el visitante. No queda ya en él ni rastro de sociabilidad; la conversación fatiga, agota, al que se alimenta de sí mismo y que, por tanto, sólo tiene apetito de sí mismo. A veces, rápido como un destello, pasa aún un rayo de felicidad: esa felicidad se llama música. Una representación de Carmen en un mal teatro de Niza, un par de arias de un concierto, alguna hora de piano, pero esa felicidad es también forzada y le conmueve hasta hacerle derramar lágrimas; su falta de felicidad lo ha desacostumbrado tanto a ella que acaba por ser ya sólo un tormento.
Durante quince años recorre Nietzsche esa galería subterránea que va de habitación alquilada a habitación alquilada; siempre desconocido, sólo conocido de sí mismo, pasa por oscuras ciudades, por tétricas habitaciones, por pensiones mezquinas, por sucios vagones de ferrocarril, por cuartos de enfermo, mientras en la superficie del tiempo bulle toda la ruidosa feria de las artes y de las ciencias. Sólo el caso de Dostoievski, simultáneo, igualmente oscuro y triste, presenta la misma luz grisácea y espectral. En éste, como en aquél, la obra de titán oculta a la figura miserable del Lázaro que muere diariamente de miseria y de enfermedades, y que también cada día encuentra el milagro salvador de su voluntad que lo saca de lo profundo. Durante quince años, Nietzsche sale y vuelve a caer en el ataúd de su habitación, va de muerte en muerte, de dolor en dolor, de resurrección en resurrección, hasta que todas las energías de su cerebro estallan por fin y le destrozan. Hombres desconocidos levantan del suelo de una calle a ese otro hombre desconocido; hombres desconocidos, extranjeros, le llevan a la habitación, también extranjera, de la Vía Carlo Alberto de Turín. Nadie presencia su muerte intelectual. Su fin está rodeado de oscuridad y de soledad. Solo, desconocido, se sumerge el espíritu más lúcido del genio en la oscuridad de su propia noche.
10 POSTRINOS
1 ¿QUIÉN SUFRE MÁS?
En el aforismo 419 de su Humano, demasiado humano, escribió Nietzsche:
«¿Quién sufre más? – Después de toda disputa y querella personal entre una mujer y un hombre, éste sufre sobre todo con la idea de haberle hecho mal, mientras que aquélla se lamenta, por el contrario, de no haberle hecho todo el mal posible, y se esfuerza en mortificarle con sus lágrimas y sollozos y gestos de desolación.»
Confieso que no pocas veces, en tales situaciones, me he comportado exactamente como toda una dama.
***
2 TOMANDO UNA TAZA DE CAFÉ CONTIGO
Contemplar los arreboles del amanecer, tomando una taza de café contigo, puede ser tan embriagador como beber mil copas de vinos tintos, blancos, rosa y amarillos.
***
3 LA DESHUMANIZACIÓN DE LOS INDIOS
La deshumanización de los indios por parte de los cineastas gringos es tal, que jamás se ve imagen o escena de un indio riendo o llorando; dos emociones, dos características propias, y casi que exclusivas, de la especie humana. Tampoco se les ve jugando, como lo hace la gran mayoría de los mamíferos, y también aves, peces, reptiles e; inclusive, algunos invertebrados como las arañas, las avispas y los abejorros.
No sólo les robaron sus tierras, sino también su humanidad, su alma. Los cueros cabelludos cortados a los blancos, talvez no sean un pago suficiente por semejante infamia.
***
4 NO ES PROPIO DE LA GRANDEZA
«El énfasis en el gesto no es propio de la grandeza; quien necesita del gesto, es falso… Desconfiemos de todas las personas pintorescas.»
Friedrich Nietzsche.
***
5 LOS FILÓSOFOS NACEN, COMO LOS POETAS
«Aquellos que esperan hacerse filósofos con el estudio de la historia de la filosofía, deberían comprender por ella que los filósofos nacen, como los poetas; aunque en menor número»; aseguraba Schopenhauer. Y podríamos agregar el filósofopoeta, más raro aún que los anteriores. Un ejemplo, el más extraordinario, el más grande: el doliente e incomprendido Friedrich Nietzsche.
***
6 SI MIS LIBROS NO SE LEEN
¿Si mis libros no se leen, y mis cuadros no se venden; cómo saber si es que son para la posteridad?
***
7 OJO: AQUELLOS QUE ONDEAN CON FERVOR LAS BANDERAS
Ojo: aquellos que ondean con fervor las banderas de los movimientos animalistas, conservacionistas, ecologistas y toda laya de istas; rara vez portan la divisa de las causas humanistas.
***
8 UFANARSE POR EL SÓLO HECHO DE HABER…
Ufanarse por el sólo hecho de haber nacido en determinada región o país es ridículo; tanto como si las ratas, las cucarachas o los yerbajos alemanes; por ejemplo, se sintieran mejores o superiores a los colombianos; por ejemplo, por el sólo hecho de “ser alemanes”.
Regionalismos, nacionalismos, chovinismos y patrioterismos son cuatro de las más nefastas y masivas manifestaciones de la estupidez humana. En realidad, llegan a ser letales.
***
9 A UN AUTÉNTICO POETA
A un auténtico poeta podríamos pedirle que sea testigo de su época, pero jamás que sea Testigo de Jehová.
***
10 Los poetas discutiendo sobre la poesía moderna: chacales gruñendo en torno a un manantial seco.
Cyril Connolly, en The unquiet Grave (La tumba sin sosiego)
***
Imagenes que ilustran este artículo fueron creadas por: https://chatgpt.com/
Otros artículos de este autor publicados en www.proclamadelpacifico.com:




