DONDE ZEBEDEO

DONDE ZEBEDEO
(De mi libro «Jesús, el Íntimo)

Y estando en casa de Zebedeo, sus hijos Juan y Santiago se esmeraban en servir a Jesús y a los demás discípulos; todos departían con gusto y camaradería mientras comían.
Zebedeo también se había sentado para escuchar a Jesús.
Ello parecía un convite donde la mano del Invisible prodigaba un encuentro singular del destino, un momento donde se sentía la presencia de lo inefable.
Y con su aura de total autoridad, Jesús era el centro en un rito de miradas santas, atentas.
“A menudo preguntáis cómo adorar a Dios; y os lo he explicado muchas veces, pero aquí es donde vienen vientos a enturbiar las cosas con imaginarios falsos; porque ¿acaso conocéis a Dios con vuestra mente y corazón, acaso podéis adorar lo que no conocéis? Más bien, reunid vuestras fuerzas interiores, tratad de entrar a la Mansión Inexpugnable, y permaneced allí en contemplación ensimismada, en quietud serena, con la suavidad que da un espíritu de amor, donde acaban todas las pugnas exteriores. Eso es devoción, unificación, comunión con vuestro propio Ser; y entonces escucharéis sílabas sagradas, el silabario perdido de vuestras propias almas, sentiréis el regreso a la oquedad sonora… Amor es esa suavidad tranquila que atrae las estrellas a vuestro suelo… y seguro, ello es el regreso a un lugar de lugares, sitio donde el sol no es un candente fuego de la tierra…”
Y les habló varias cosas con la nobleza que el alma da a la inteligencia, y al final dijo:
«En verdad os digo, si el Padre no hubiera bajado a un cuerpo a través de mí, no podría vencer la muerte de la carne con el amor santo que redime y que es éxtasis eterno; y tampoco seríais vosotros un espíritu a través de mí, y no podríais subir al lugar secreto del Altísimo a gustar la delicia del vino incorruptible. Yo soy el Cielo que está en vosotros, la Corona de la Vida. Y os digo esto porque en el futuro muchos dirán: venid, aquí es; pero no se les debe creer, no son más que lobos con piel de cordero. El Reino de los Cielos ya está en vosotros, no necesitáis ir fuera a ningún templo ni lugar. Quien me entiende me encuentra en su interior, como Alma de su propia alma, adonde entran los sedientos de la Verdad».
Y diciendo esto, sin razón alguna, desapareció.
Ellos se miraron atónitos; el instante se convirtió en interrogante que desafiaba toda razón, el convite se cerraba con misterio inquietante.
«Yo soy la copa inefable que colma los mundos», se oyó en medio de la estupefacción del momento.
Y de la copa que estaba en el puesto de Jesús, surgió un rayo luminoso que ascendió milagrosamente hacia el cielo, traspasando el techo de la casa, mientras los ojos de la noche cerraban poco a poco el día.
Afuera, un búho dejó de lanzar sus murmullos al aire; sus ojos parecían dos lunas mirando hacia lo alto.




