LA COLGADA DE JUDAS, INEXPLICABLE


LA COLGADA DE JUDAS, INEXPLICABLE

Pecar por palabra, obra, intención, complicidad o aproximación, -como en la lotería- es posible. Pero por arrepentimiento no parece explicable ni muy humano. Errare humanum est dice el adagio latino. Y si no se hubiera colgado Judas nadie se lo hubiera reprochado. Fue una mala decisión, se equivocó, como dice la canción.
Pobre Judas. Hoy en plena semana santa todo lo mundo lo recuerda y se conduele. Sí, él sabía que había cometido un pecado de pensamiento y que había recibido paga… pero también sabía que eso tenía que suceder, según lo habían dicho «las escrituras». ¿Qué le hubiera costado pasar de ladito por cerca de Jesús que iba camino al calvario con la cruz a cuestas y colarse entre las mujeres, y haberle pedido perdón?
Todo lo miramos hoy desde la conjetura, pero… ¿es válido, no? Sí. Fue un error garrafal que aumentó el crimen de la vendetta. Se hubiera podido retractar y devolver las monedas. Claro. Es cierto que apenas hoy lo estamos suponiendo y maquinando o explicando qué había podido suceder… Estamos en el terreno de las suposiciones, que tanto se usan entre los humanos cuando ya algo ha pasado. …¿Qué hubiera pasado si…?
Sí. Judas, perfectamente, que tenía un pasado aceptable, como todo administrador de bajo perfil, hubiera podido devolverse de su acto escondido, buscar a los autores del atentado y devolver las cuarenta monedas, 400 tetradracmas. Si eso hubiera hecho, el escenario había cambiado y Jesús estaría posiblemente vivo sobre la tierra. ¿Quién más hubiera tramado una venta de esta clase?
No. La actitud de este Iscariota hubiera torcido la historia y su pueblo no tendría esa lacra. Iskar no lo merecía, mucho menos el samaritano Jesús. Inocente cordero vendido. Mira uno desde lejos en la historia a Judas y no entiende su confusión. ¿Qué le costaba haberse devuelto y buscado a los mercenarios para echarles aunque sea en el suelo aquellas monedas aún no manchadas de sangre? Judas no barruntó la trascendencia de su acto. No solo quedaba mal él. Quedaba marcada su ciudad, su familia, su apellido y sería la primera vez que habría empleado el dinero – que había aprendido a administrar – en un acto demencial.
Sí. A la usanza de esa época y de la presente, no haberlo hecho así lo puso en un predicamento crucial y fatal. Dejó pasar, como lo dijo después un tribuno local, la ocasión propicia. Ya no sabía qué hacer con esa plata tan ridícula. Y sobre todo, ya manchada de un crimen.
De inmediato se obnubiló y pensó que la salida más obvia y cercana era buscar un árbol frondoso por ahí que lo ocultara y donde pudiera cumplir el acto fatal. Sí. Lo más fácil no era pedirle a un soldado de esos que lo fusilara por el crimen que acababa de cometer vendiendo a un ser humano. Él no sabía que era divino. Y subió al tronco y se autocolgó.
29-03-18 4:05 p.m.



