DEL ROMERO Y OTRAS HIERBAS
innatia.com
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
Hablar de hierbas es tema de yerbateros, menjurjistas y teguas pueblerinos. Yo apenas soy tegua de letras y de amores. Pero el romero, el tomillo, la ruda, el sanalotodo y las hojitas verdes y delgadas del camino se me atraviesan todo el tiempo como el cilantro en la changua bogotana del desayuno, el orégano en la sopa del almuerzo, en la ensalada, en el té, en las recetas caseras para aliviar las picaduras de alimañas ponzoñosas.
Cuando uno va al paso, lento o rápido, por la calle alguna hierbita encuentra con la mano abierta para saludar. Quedan pocas en la ciudad, cierto, pero todavía se nos mete su olor por la nariz, tozudo. Todavía el anamú se cuela por una grieta y nos regala su aroma un poco ancestral y sanador. De pronto en un antejardín vemos un clavel, una mata de geranios o de
lirios o de mirto. Desde la madrugada dejan salir de sus tallados vientres un almizcle y el viento mece entre los pelillos de nuestras narices ese olorcillo que nos hace mirarlas y sonreírles en agradecimiento.
Cuánta falta que nos hacen esas plantitas menudas que casi nadie ve pero que arrullan como palomas en el viento. Se las lleva el abandono, el verano o la corriente de agua en el invierno. ¿Qué valor tiene, acaso, un gajo de cidrón, una hoja de laurel o de albahaca? ¿A quién le hace falta en su cofre de abalorios un tallito de anís, un diente de león o una hojita de poleo? Y sin embargo, las hierbitas siguen apareciendo en la gama de aromas, de olores y perfumes y crecen sin rubor ni queja en los campos, praderas y jardines.
Los griegos y romanos, como premio, rodeaban con ramo de laurel o mirtos la cabeza de sus poetas renombrados y de los atletas en los juegos que denominaron “florales”. Quisieron significar con ello que quienes merecían ese don debían perfumar con su recuerdo los siglos venideros. En la Edad Media los alquimistas separaron en ollas y sartenes el humor vaporoso que se hallaba en el interior del sésamo o extrajeron con mil fórmulas en esponjas el secreto que escondían el olivo, el sándalo o el pino. Hombres y mujeres de la corte ungieron sus cuerpos para atraer y agradar, sacerdotes lo usaron para adornar sus ceremonias y para llenar con el humo sus tabernáculos y sagrarios.
En la antigüedad la reina de Saba lució brillante ante Salomón con resinas espirituosas y la de Magdala sedujo al Nazareno inundando sus pies entre la tibieza de sus cabellos de azabache perfumados. No sólo la mujer aplica sobre sus carnes y puntos delicados el jugo que brota del alma de flores y yerbas aromáticas. También los reyes, los jugadores y tiranos han usado los perfumes para cubrir sus humores y hediondeces. Las hierbas, pudorosas e inocentes no reparan servir a quien lo solicita.
Por bosques, cañadas de ríos, jardines y alamedas las plantitas, únicas criaturas humildes de la tierra brindan, sin recaudar contraprestación alguna, su rocío y la frescura que sale de su boca cuando nos llaman sin estirar su mano. ¿Usted, agradecid@, le ha dado un beso al jazmín, a la rosa, a la flor o al gajo que le brinda aquel olor con que atrae a la fémina o al varón que ama? No le dé vergüenza. ¿Quién le reprochará que usted le dé un beso al clavel, al pétalo o al pie de un gajo de azucena?
02-08-10 – 11:31 a.m.
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