Del conflicto armado y la negociación

Del conflicto armado y la negociación
Una guerra entre hermanos

Por Donaldo Mendoza
En este cuarto capítulo de la reseña, William Ospina deja ver esa hidra de innúmeros rostros que ha sido la guerra permanente que se ha ensañado, cual maldición, contra Colombia en los últimos ochenta años. Una guerra, no contra enemigos externos (“nos faltó tiempo”, en palabras de Álvaro Uribe), sino entre connacionales: “una guerra entre hermanos. …hijos del pueblo, a veces de una misma familia en distintos bandos”.
La irracionalidad de la guerra se manifiesta en formas de degradación, no solo la generada por la confrontación armada, también procede de la mezquindad de los actores políticos. De la primera, Ospina nos dice: “…ver cómo el ejército proporcionalmente más grande del continente, en vez de combatir a sus enemigos, se aplicaba a disfrazar de guerrilleros a jóvenes humildes de las barriadas y presentarlos como éxitos de la política de guerra…” La degradación política se evidenció con el nombre de Frente Nacional (1958 – 1974): “…una solución para los dos partidos degradados por la barbarie… La impunidad que logró garantizó la paz para los partidos, y por muy breve tiempo para la gente, pero engendró todas las guerras siguientes…” Del fraude en la elección de 1970, que puso como presidente a Misael Pastrana Borrero, nació el M-19. Y desde su gobierno Pastrana le puso lápida a la reforma agraria que Carlos Lleras Restrepo logró poner en marcha. Y en el campo se exacerbó la violencia (FARC, ELN y demás).
El caldo estaba servido para la vieja dirigencia, responsable de todos los males de la nación, que halló excusa y justificación para culpar de su incapacidad de administrar a los grupos insurgentes. Una coartada que bien supo aprovechar “para cerrar el camino a toda crítica y a toda iniciativa social, con el argumento de que se está atentando contra las instituciones”.
Ese es el nudo gordiano que Juan Manuel Santos, inteligente y sagaz, intenta desatar. Con la presión de una sociedad que ha ido perdiendo el miedo y asumiendo con coraje la dignidad que le había sido negada. Pero Santos no da el brazo a torcer, “quiere hacer la paz, pero siente la obligación de garantizar que no va a cambiar nada del viejo país egoísta, excluyente y abusivo que produjo la guerra”. Y el punto principal del acuerdo, finiquitado en La Habana y firmado en el Teatro Colón, fue la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), en donde “las FARC parecen admitir que son las responsables directas de la guerra”. Aunque, en su autonomía, los jueces han ido atando cabos y otros actores han cantado su propia verdad. Por esa dinámica nos enteramos de las 6402 personas inocentes que hicieron pasar como guerrilleros muertos en combate.
Y algo que William Ospina no pudo tratar, porque ocurrió después de 2016, fue la elección de Gustavo Petro Urrego como presidente de la República, con la votación más alta de la historia. Y ahí está Petro con aciertos y desaciertos tratando de darle otro rumbo a nuestra historia, a fin de que Colombia no siga siendo “el único país de América Latina que a comienzos del siglo XXI no ha realizado las reformas liberales que ha debido hacer desde el siglo XIX.
Foto tomada de: https://www.elnuevosiglo.com.co/nacion/conflictos-sociales-en-colombia-aumentaron-43-en-2023
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