Del clientelismo


El clientelismo no es un fenómeno exclusivo del régimen político democrático, ni de tiempos modernos. Desde la antigüedad, especialmente en Roma, se ejercía esta práctica por parte de familias poderosas que se convertían en patrones de personas pobres o desposeídas (clientes) quienes eran protegidas o ayudadas a cambio de sumisión y prestación de servicios.
En la época moderna, por clientelismo se entiende la consecuencia de una relación de intercambio legítima y legal, entre quienes pueden ocupar cualquier cargo público y los que desean acceder a unos servicios o recursos públicos a los que es más difícil llegar- no imposible- de no ser por este vínculo o relación.
En el caso colombiano, varios tratadistas coinciden en afirmar que este fenómeno político es corrupción pero no necesariamente lo es. Se trata de una expresión de nuestra cultura política, ligada al desempeño de los partidos políticos tradicionales y de la denominada democracia representativa. En la historia colombiana encontramos diferentes tipos: el clientelismo tradicional, expresado antes del Frente Nacional, caracterizado en primera instancia por la intermediación y el intercambio entre patrones y clientes, sin que el Estado desempeñe un papel central, pues los patrones hacían uso de sus recursos privados. Estrechas relaciones mediatizan las adhesiones y lealtades personales, tal como fueron las relaciones entre hacendados y campesinos y entre casi siervos y amos.
El clientelismo moderno, derivado del pacto del Frente Nacional vigente hasta 1991 y que comparte el poder entre los partidos políticos tradicionales. Sin rivalidad abierta entre los partidos, pero internamente expresa la lucha por el logro de los puestos de poder a los que se aspiraba. Relativamente desaparece el sectarismo, relacionado con las guerras civiles del siglo XIX y con la violencia política de la década de 1950 En este ambiente, partidos y políticos buscan adherirse a grandes sectores sociales, para consolidar lo que se entiende por sistema político clientelista.
El Estado aquí ofrece los recursos que permiten la intermediación e intercambio de prebendas y favores por votos. En este sentido, los líderes políticos se convierten en intermediarios entre el Estado y la sociedad para que se ejerza tanto la política como lo político, es decir, se canalizan las demandas de los sectores sociales para que el Estado responda a ellas. La oligarquía política y elitista, a la que pertenecían personas prestantes gracias a su poder económico y social, paulatinamente viene a ser remplazada por unos nuevos profesionales de la política que al acceder a los recursos de Estado, ejercen una labor de intermediación, dando cabida a la construcción de un sistema piramidal, que puede describirse: Presidente, senadores, representantes a la Cámara, diputados y concejales que eran elegidos popularmente, mientras los gobernadores eran nombrados por el presidente. La pirámide iba desde el Senado hasta los concejos, y la designación de gobernadores estaba supeditada a la capacidad de negociación de los líderes políticos con el presidente; y en el caso de los alcaldes, de la capacidad de diputados y concejales para negociar con el gobernador el nombramiento de los mandatarios locales.
Como efecto positivo del clientelismo, contamos que efectivamente permitió superar los odios heredados y la violencia sectaria entre los partidos liberal y conservador, presentándose lo que algunos autores han denominado “despolitización bipartidista”, pues se expresa una creciente disminución del sectarismo como opción importante en el comportamiento político de los colombianos. Si bien es cierto que nuestros abuelos y padres nacían liberales o conservadores; la población reciente ya no nace liberal o conservadora y es muy poco lo que queda de estos rasgos de pertenencia básica.
De otro lado, el clientelismo le permitió al régimen político navegar entre la legitimidad e ilegitimidad, pues mientras contaba con legitimidad suficiente para reproducirse y subsistir, establecía a la vez condiciones para la ilegitimidad en la medida en que vastos sectores de la sociedad se apartaban del sistema político y comenzaban a cuestionar la institucionalidad vigente.
Otro efecto del clientelismo fue la configuración de un sistema supremamente costoso en términos de generación de redes políticas de intercambio que demandaban grandes recursos para sostenerse y reproducirse, asunto que se vio reflejado en el creciente costo de las campañas electorales en general, al tiempo que el sistema disminuía su capacidad para despejar las expectativas del electorado.
Debido al clientelismo, se generaron las Juntas de Acción Comunal, haciendo posible que una sociedad poco acostumbrada a organizarse emprendiera mecanismos de acción colectiva en procura de soluciones a los problemas existentes.
Los principales conflictos de la sociedad colombiana estuvieron relacionados con los partidos políticos. Contradictoriamente, mientras el Frente Nacional acababa con la violencia política y el sectarismo, eliminaba también la capacidad de canalizar los grandes conflictos sociales y económicos por los que atravesaba el país. Francisco Leal al respecto afirma que el clientelismo nutrió el sistema, desprestigiando el régimen y debilitando al Estado.



