Del adjetivo y otros tópicos


Foto: Señal Memoria
Del adjetivo y otros tópicos – Guillermo Valencia

Uno de los riesgos mayores que corre todo escritor, experto o aficionado, es el uso adecuado del adjetivo. En esa celada algunos poetas o prosistas, que quisieron posar de ‘modernos’, pasaron más bien al olvido; en razón de que, cuando se abusa de ese elemento gramatical, el resultado suele ser un texto ampuloso, rimbombante, hinchado… Porque, “el adjetivo, cuando no da vida, mata”, sentenciaba el creacionista Vicente Huidobro.
Con intención análoga, Horacio Quiroga, en su «Decálogo del perfecto cuentista», en el ítem siete, advierte: “No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo, tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo”. Movido por la curiosidad, visité a un modernista de segunda generación, Guillermo Valencia (Popayán, 1873-1943); y no solo hallé lo que buscaba, sino que redescubrí a un escritor de una prosa impecable en sus ‘discursos’. En un pequeño volumen que quizá el ocupado lector recuerda: «Páginas inmortales», Biblioteca Colombiana de Cultura, 101, año 1973.(*)
Fui por adjetivos, pero topé también otros contenidos que revelan a un escritor cuya prosa reclama la perfección, en los universos de la gramática y la cultura. Vale destacar que, a pesar de sus ‘estigmas’ de señor feudal y político conservador, el escritor de estas prosas se distancia de sesgos ideológicos; en cambio, sabe dar a Dios lo que es suyo, y al César lo que le pertenece. Si hiciéramos el ejercicio de comparar a este Valencia con algunos periodistas de hoy, sin duda fungiría de ‘progresista’. Ejemplo: al escritor de estos ‘discursos’ le mereció más páginas el liberal radical Rafael Uribe Uribe, que el conservador clerical Miguel Antonio Caro.
En los hervores revolucionarios de las décadas del sesenta y setenta, el aún joven Gabriel García Márquez dijo al oído de las graderías que Guillermo Valencia era una “vergüenza pública”; pero ya en la madurez, reconoció que al poeta payanés se le había leído mal, y le echó vainazos a la ‘crítica’ literaria que se hacía en Colombia. En suma, este ‘segundo’ Valencia es el que hay que leer, sin prejuicios (como se lee sin pudor al racista Borges). Y descubrir que las lecturas legítimas son siempre las relecturas. Cedo el espacio restante a tres momentos de sus ‘discursos’. Comencemos con la adjetivación.
«(el grande Hugo) nos mostró la ferocidad de “esa casa de fieras” que se llama la Ilíada y a nuestros padres en la raza, no ya cubiertos con el oxidado arreo de la ornamentación itálica, sino resplandecientes de la hidalguía caballeresca que fluye de todo cuanto toca a la divina lengua que hablamos, de todo cuanto hiere el rayo puro y vibrante de la hidalguía española».
Y en época de odios, guerras y polarizaciones, estas palabras: «Distanciados de ti por el abismo insalvable que ha cavado entre nosotros la lógica cristiana, oirás, no obstante, …la palabra de divina tolerancia que brotó un día de los labios mismos del Pontífice Benedicto XIV: “Dios permite a los herejes, nosotros debemos tolerarlos”».
Y de su sabiduría de poeta, esta definición de MÚSICA: «La música es ascética y esencialmente lógica. Realiza la síntesis y el análisis sin apelar a fórmulas precisas: es intuitiva como si emanase de sentidos ignorados, y como es impalpable y tiene la levedad de las plumas, su misión es elevar a quienes son capaces de moverse entre sus espirales infinitas; aunque a veces también gusta de descender y posar sobre la oscura tierra que no siempre rutila con el rocío virginal de las primeras mañanas del Paraíso…».
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(*) Este año, por ley, en Colombia las obras pierden la protección patrimonial de derecho de autor, cumplidos los 80 años de la muerte de quien las creó. Y pasan a ser de «dominio público».
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