
Qué mejor esfuerzo que luchar por la vigencia y el fortalecimiento de los valores en un mundo aturdido por las dudas y desviaciones, acompañadas por la falta de creencias afirmativas del espíritu y sin ninguna fe en el Dios Supremo, hacedor del universo.
¿Qué son los valores y cuáles son los que ameritan su defensa? Los valores son aquellos principios constitutivos de la esencia o identidad de las personas, las comunidades, las organizaciones públicas o las Naciones, y deben conservarse, defenderse, ajustarse como cimientos de base de una sociedad organizada. Entre ellos están el orden, la libertad, la autoridad, la justicia, la igualdad de oportunidades, el respeto, la honestidad y muchos más que integran y calibran el peso de una sociedad y de una comunidad en su formación, consolidación y estabilidad. Estos valores deben ser la fuente de donde se inspiren las normas o leyes que rigen la conducta de los ciudadanos hacia un margen de progreso y bienestar.
Hoy vemos claramente definidas dos tipos de sociedades que se alimentan por distintas fuentes, políticas, sociales o religiosas. Los países luchan por mantener viva su historia, por evitar deformaciones, por exaltar sus gestas memorables, en la búsqueda de la independencia, la igualdad y el progreso para todos. Existen muchas variables derivadas del tronco común y principal de una doctrina, y de allí se desprenden también infinidad de tesis, proyectos, teorías y programas, aplicables a las diversas situaciones políticas y sociales en la lucha por el bien común, principio y finalidad de todo esfuerzo.
Con los avances tecnológicos y de movilidad mundial, existen traslados y movimientos entre habitantes de países en busca de diversos objetivos; por ello, existen en cada Estado normas migratorias que reglamentan la salida y entrada a su Nación y que deben ser respetadas por todos. Así las normas de inmigración sean numerosas y severas, hay que cumplirlas, y el Estado que exija su cumplimiento lo que hace es ejercer la ley y la autoridad según lo establecido. En muchas partes del mundo ha hecho carrera el debilitar las normas o acciones que controlan la inmigración ilegal e indiscriminada, y ahora se están padeciendo las consecuencias. Algunos movimientos y organizaciones programan migraciones e ingresos irregulares a otro País con el fin de ir consiguiendo internamente unas mayorías de población que luego podrían ir cambiando la cultura, los valores, los sentimientos religiosos iniciales y principales de la Nación que los recibe. Cuando vemos a Francia y a varios Países europeos siendo atropellados con ira, sin sentimiento alguno de pertenencia, notamos de inmediato que esto puede obedecer a manifestaciones de otras culturas que han crecido adentro y empiezan a hacer valer sus otras creencias sobre las fundamentales de los países receptores. Hay que controlar las fronteras, hay que tener orden y autoridad en ellas; la ley debe prevalecer y siempre defender la tesis del INGRESO LEGAL. En occidente, que venimos de la civilización latina, judeocristiana y de las filosofías y ciencias jurídicas de Grecia y Roma, tenemos muy diferentes ideas y conceptos en relación con los que vienen de Oriente, con ideas asumidas del islam y del mundo musulmán. Usted puede entrar a un País LEGALMENTE, cumpliendo con todos los requisitos exigidos, y allí puede predicar, respetando las normas de ese país, sus ideas y extenderlas; lo que no puede hacer es ingresar ILEGALMENTE, rompiendo todas las normas y protocolos, y después tratar de imponer, muchas veces con violencia, sus ideas, ajenas a la idiosincrasia del país receptor. En Estados Unidos, el presidente Trump ha sido un defensor riguroso de los valores y de la LEGALIDAD de las normas migratorias. Ha controlado las fronteras y ya no se observan caravanas inmensas, anárquicas, que entraban sin limitaciones a engrosar sus poblaciones con otras culturas, motivaciones y valores. Esa misma defensa se extiende hacia toda América y sus valores fundamentales. Tenemos que entender estas cruzadas por la legalidad y los valores, que agradecerán las futuras generaciones, y así salvaremos nuestra identidades y perfiles esenciales, siendo sostenibles en el tiempo como Naciones con futuro.
Otras publicaciones de Sebastián Silva-Iragorri en Proclama del Pacífico:
