DE ÉTICAS, MORALES Y CONDENAS A MEDIAS
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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
No hay una sola cartilla de ética, ni de moral ni de condenas o valores. Todo es relativo. Porque esas realidades son normas de control social con las que conviven, quieran o no, los seres humanos en la sociedad que les tocó nacer.
Hay códigos morales como los de Manu, Hammurabi, el Corán, la Biblia, El Conde Lucanor del Infante don Juan Manuel o nuestras leyes colombianas. Fueron escritos en fenicio, arameo, árabe o lengua castellana. Hombres más o menos capaces los redactan según los parámetros que les dicte la sociedad de su correspondiente época. Unos son más universales y otros son muy al acomodo de intereses particulares y de conciliábulos oscuros. Reglamentos de clubes, sectas, universidades, partidos políticos, de hoteles de cadena. Como se supone, todas estas disposiciones obligan y tienen protocolos que harán aplicar cada gran o pequeña sociedad.
La ética son normas que se refieren al apego de valores universales a las que individual y voluntariamente se somete cada persona desde su fuero interno soberano en sus actos diarios, privados o públicos. Algunos de ellos, por lo regular, los toman también en sus códigos las naciones y las instituciones.
La moral rige el fuero externo del comportamiento en sociedad, de los individuos. El ciudadano debe obedecer la ley, el reglamento o el levita, sus votos o las reglas de su convento. Y, si no lo hace, vendrán las penas o sanciones civiles o penales a perseguirlo. Unas normas serán justas porque si se atenta contra los derechos humanos, se castigan los actos que los vulneran. Otras pertenecen a la vida interna y las leyes protegen la práctica de costumbres o usos que no interfieren con la vida normal de las sociedades. Y se sancionan las conductas que las atropellen. Ciertas leyes se producen para proteger al Estado o a los legisladores, altos dignatarios o a los gobernantes. Y se crean delitos para condenar los actos descritos en esos códigos. Las iglesias apartan de su seno a quienes no profesan sus dogmas y doctrinas y también tienen su moral para intimidar y sancionar a quienes tienen otra ética y se oponen a sus valores propios.
Se distrae a la comunidad cuando se habla de ética en los comportamientos sociales y el cumplimiento de los gobernantes y servidores públicos. Simplemente están contraviniendo normas morales del Estado contenidas en códigos, leyes, decretos, contratos o resoluciones. Allá ellos, por otra parte, en su fuero interno, discutirán con su conciencia qué valores de los que practican usualmente, han violado. Nadie osará meterse en su conciencia para juzgarlos. La sociedad les reprochará su comportamiento cuando se oponga a lo escrito en las normas morales pactadas.
Los ojos de la sociedad, que siempre tendrán una vista no sesgada y nada miope, detectarán y sancionarán con certero criterio, si la conducta de un gobernante o servidor público se ha desviado de los propósitos de un gobierno acorde con sanos fines. No importa que los representantes del Estado los ampare o su Directorio los avale o se haga el de la vista gorda. Si fuera ese el caso, ahí sí habría un choque entre moral y ética. Se vulneraría la confianza y la credibilidad pública y las instituciones se considerarían viciadas.
A veces parecería que nuestras leyes hubieran sido redactadas en fenicio o arameo, porque nadie entiende a quienes sirven. Si a dios o al diablo.
04-05-11 – 11:02 a.m.
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