De Crisálida al Ángel negro de la libertad



En medio del ruido político de estos días y de la actualidad del cine colombiano —con el anuncio de la participación del presidente Gustavo Petro en una producción cinematográfica sobre el almirante José Prudencio Padilla— apareció una pieza inesperada de la memoria cultural de Popayán.
Se trata del cortometraje “Crisálida”, rodado en 1986, una obra nacida en una ciudad que todavía buscaba levantarse de los escombros del terremoto del 31 de marzo de 1983.
El protagonista de aquella historia fue Felipe Solarte Nates, periodista Proclama del Pacífico, quien cuatro décadas después compartió el recuerdo de esa experiencia cinematográfica que surgió en medio de una ciudad sacudida por la tragedia, la movilización social y el esfuerzo colectivo por reconstruir la vida cotidiana.
Fueron los años en que decidí retirarme de la milicia, como oficial del Ejército, Ingeniero Militar con el grado de teniente, y radicarme en ese Popayán pos-terremoto, que vivía una atmósfera particular.
Las calles todavía conservaban huellas visibles del terremoto que destruyó buena parte de su centro histórico y dejó miles de familias sin vivienda. La reconstrucción física avanzaba lentamente mientras la vida social de la ciudad se reorganizaba en barrios improvisados, asentamientos y campamentos levantados por los damnificados.
Habitantes de los asentamientos exigían ayudas para vivienda. Deudores del Banco Central Hipotecario y del Instituto de Crédito Territorial reclamaban tasas subsidiadas para poder reconstruir sus casas. La presión social crecía al mismo tiempo que surgían nuevas formas de organización comunitaria.
En ese escenario apareció una generación de jóvenes universitarios interesados en observar y narrar lo que estaba ocurriendo en la ciudad.
El punto de encuentro fue el Cine-Club de Popayán, dirigido por el profesor de Filosofía de la Universidad del Cauca Guillermo Pérez.
Cada semana se proyectaban películas de cine arte en el teatro Popayán. Aquellas sesiones reunían estudiantes, profesores y aficionados que discutían sobre estética, narrativa y lenguaje cinematográfico.
La reflexión teórica terminó convirtiéndose en una inquietud creativa.
Felipe Solarte recuerda que junto con su colega de antropología Herinaldy Gómez surgió la idea de escribir un guion inspirado en la realidad que vivía la ciudad.
El propósito era sencillo y ambicioso al mismo tiempo: pasar de la contemplación del cine a la producción de una historia propia, situada en el ambiente social que rodeaba a Popayán en esos años de reconstrucción.
El guion tomó como referencia las vivencias de las familias que habían perdido sus casas en el terremoto y que ahora ocupaban terrenos privados levantando cambuches mientras enfrentaban la amenaza permanente de desalojos por parte de la fuerza pública.
Aquellas ocupaciones dieron origen a organizaciones comunitarias activas, impulsadas en buena parte por la participación de mujeres y coordinadas por la Coordinadora de Asentamientos.
En el barrio Palacé fueron asesinados dos líderes del movimiento: el estudiante de Filosofía Lucho Calderón y el profesor de secundaria Luis Eduardo Solarte.
La historia que el grupo de cine quería contar surgía precisamente de ese ambiente de conflicto social, solidaridad barrial y resistencia ciudadana.
El primer taller de cine en Popayán

La posibilidad de llevar la historia a la pantalla apareció gracias al respaldo de Gustavo Wilches Chaux, entonces director del SENA Cauca, joven abogado con interés por la fotografía y los medios audiovisuales.
Wilches impulsaba programas de capacitación y autoconstrucción dirigidos a familias damnificadas para que levantaran viviendas más resistentes en los asentamientos.
A partir de ese interés común, el SENA financió el primer Taller de Producción Cinematográfica realizado en Popayán.
El taller fue dirigido por el cineasta Lisandro Duque Naranjo, quien años después dirigiría películas como Visa USA y Milagro en Roma, además de adaptaciones televisivas de La Vorágine y La María.
De ese trabajo colectivo nació “Crisálida”, un cortometraje que reflejaba la transformación social de una ciudad que buscaba reconstruirse.
Vista desde hoy, “Crisálida” pertenece a un momento particular de la historia cultural de Popayán: La ciudad vivía entre la memoria del desastre, las movilizaciones sociales y la reconstrucción de sus barrios. El cine apareció como una herramienta para registrar esa transformación.

Cuarenta años después, el país discute, de manera oportunista, la aparición fugaz del presidente Gustavo Petro en una escena sin parlamento de la película El ángel negro de la libertad, dedicada a la vida del almirante José Prudencio Padilla.
Este gesto cinematográfico desató el inevitable debate político en temporada preelectoral, mientras el cortometraje “Crisálida” devuelve la mirada hacia el joven Felipe Solarte Nates como protagonista de una creación colectiva de cine que registró la vida cotidiana de los damnificados, las organizaciones barriales y la energía social que emergió después de la tragedia.
Esa película conserva hoy el valor de un documento cultural que muestra cómo una generación convirtió la cámara en herramienta para contar la dignidad de una ciudad que aprendía a ponerse de pie.
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