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Sábado, 3 de octubre de 2026

De Camilo Torres a Francia Márquez

De Camilo Torres a Francia Márquez

Por Alfonso Luna Geller / Desde Camilo Torres Tenorio, dos veces presidente de las Provincias Unidas de la Nueva Granada entre 1811 y 1816, hasta Guillermo León Valencia, quien gobernó entre 1962 y 1966, el departamento del Cauca sostuvo una presencia continua en la cúpula del poder nacional. Joaquín Mariano de Mosquera y Arboleda presidió la Gran Colombia. Tomás Cipriano de Mosquera lo hizo cuatro veces en distintas configuraciones del Estado. José Hilario López, dos veces. José María Obando, con paso por la vicepresidencia y la presidencia. La lista incluye además a Julio Arboleda Pombo, Froilán Largacha, Julián Trujillo Largacha, Ezequiel Hurtado, Diego Euclides de Ángulo, Víctor Mosquera Chaux y Carlos Lemos Simmonds. Trece mandatarios en distintas formas jurídicas del Estado colombiano, desde la República de la Nueva Granada hasta la Colombia contemporánea.

Ese peso político no se explica solo por apellidos ni por vocación de mando. Se explica por territorio y por la organización que ese territorio permitía sostener.

El Cauca Grande funcionó como un bloque geográfico continuo que conectaba el interior andino con el Pacífico, articulaba economías regionales y controlaba rutas estratégicas. Desde esa base material, el federalismo encontró su forma institucional durante el siglo XIX. Las Provincias Unidas, la Gran Colombia, la República de la Nueva Granada y los Estados Unidos de Colombia fueron escenarios donde el Cauca operó como contrapeso frente a Bogotá, con capacidad real de sostener autonomía y proyectar dirigentes nacionales. Popayán formó élites criollas con redes familiares, económicas y militares que atravesaban los principales centros de decisión de la época. El Cauca era, en ese momento, una fábrica de Estado.

La ruptura llega con la Constitución de 1886. La Regeneración centraliza el poder en Bogotá, reduce la autonomía regional y reordena el mapa político del país. Con ese rediseño institucional se desmantela el Cauca Grande, se crean nuevas unidades administrativas y se reduce la escala territorial que sostenía la influencia caucana. El departamento deja de ser un sistema político-territorial con capacidad de incidencia nacional y pasa a ser una unidad periférica dentro de un Estado centralizado. Ese es el colapso real, anterior al siglo XX y más profundo que cualquier derrota electoral.

El resultado se consolida durante las décadas siguientes. El poder nacional migra hacia nodos urbanos y financieros. Bogotá afirma su centralidad. Antioquia fortalece su músculo económico. El Caribe gana espacio político. El Cauca, fragmentado, sin continuidad geográfica y sin la base estructural que sostuvo a sus dirigentes históricos, queda por fuera de ese rediseño. Las figuras que aparecen en el siglo XX son casos aislados, presencias puntuales sin el respaldo territorial que explicó la hegemonía anterior.

El giro ocurre en el siglo XXI, pero desde una lógica distinta.

La llegada de Francia Márquez Mina a la Vicepresidencia en 2022 marca un punto de quiebre en la historia política del departamento. El Cauca vuelve al centro del poder nacional, pero desde sus comunidades históricamente excluidas. La representación afrocolombiana alcanza el más alto nivel del Estado colombiano, y lo hace desde una trayectoria construida en luchas territoriales, defensa ambiental y organización comunitaria, no desde las redes de las élites tradicionales.

Es más, el escenario que se abre con Aida Quilcué Vivas introduce una segunda transformación. Lideresa indígena nasa, defensora de derechos humanos y senadora de la República entre 2022 y 2026, Quilcué fue anunciada en marzo de 2026 como fórmula vicepresidencial del candidato Iván Cepeda por el Pacto Histórico para las elecciones presidenciales de este año. Si ese proceso se concreta, el Cauca consolidaría un hecho político mayor: el territorio que durante el siglo XIX proyectó élites criollas hacia la Presidencia ahora proyecta liderazgos étnicos hacia la vicepresidencia en dos ciclos consecutivos, uno afrocolombiano y otro indígena.

La comparación entre ambos momentos históricos revela una continuidad de fondo bajo las diferencias de forma.

El Cauca Grande organizó el país desde la geografía. Controlaba rutas, articulaba economías y sostenía el federalismo con base territorial. Hoy, el Cauca actual interpela al país desde el conflicto. Sus comunidades concentran algunas de las tensiones más agudas de Colombia: disputa por la tierra, violencia armada persistente, megaproyectos sobre territorios étnicos, derechos colectivos en pugna con intereses extractivos. Desde esa posición, el departamento vuelve a ser un lugar desde donde se plantean preguntas fundamentales sobre el Estado.

El poder que el Cauca ejerció en el siglo XIX tenía base en la extensión territorial y en las redes sociales de sus élites. El poder que el Cauca puede ejercer en el siglo XXI tiene base en la capacidad de sus comunidades para representar los conflictos centrales del país y traducirlos en agenda política. Son lógicas distintas, pero las dos implican que el departamento incide sobre Colombia con una densidad que su tamaño actual no explica por sí solo.

Trece presidentes en dos siglos. Una vicepresidenta afrocolombiana. Una posible vicepresidenta indígena. Y una candidata a la Presidencia que significa el regreso a la hegemonía del poder socioeconómico histórico, que tanta lucha ha merecido lograr su consumación. El Cauca no agotó su historia política con la Regeneración. La transformó.


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