DE AUSCHWITZ A HIROSHIMA


Un minuto después de la última explosión, más de la mitad de los seres humanos habrá muerto, el polvo y el humo de los continentes en llamas derrotarán la luz solar, y las tinieblas absolutas volverán a reinar en el mundo.
El cataclismo de Damocles
(Gabriel García Márquez. Conferencia Ixtapa- México 1986)
Los nombres de Hiroshima y Auschwitz tienen igual número de letras. A Nagasaki le falta sólo una para completar 27. Pero el horror imperial y fascista, tiene igual número de años.
¿Pero qué es lo que iguala a cada uno de estos sitios con la masacre, el asesinato y el exterminio masivo de cientos de miles de seres humanos en la Segunda Guerra Mundial? Esto hace que para esta especie extraviada en los confines del universo no haya inmortalidad por su enorme capacidad para infligir sufrimiento a otros seres.
Esto fue lo que ocurrió en el año 45 en Europa. Cuando el Ejército Rojo de la Unión Soviética (URSS) liberó a los cautivos del campo de exterminio nazi. Un lugar donde se pretendió acabar con el proyecto genocida llamado: “Solución final” diseñado para acabar con los a miembros de la resistencia contra el fascismo, intelectuales, homosexuales, gitanos y judíos: los enemigos considerados por Adolfo Hitler, desde “Mi lucha” su manifiesto, escrito y difundido ampliamente con financiación de aristócratas y capitalistas alemanes y extranjeros, como fue Henry Ford, que ayudaron desde sus inicios a sufragar su movimiento, pensado contra el auge comunista en Alemania, Italia y Europa, producido después del triunfo proletario en Rusia.
Hace 70 años la nación “más democrática” y armada del mundo, dirigida por el presidente el Thúan Truman, un 6 y 9 de agosto ordenó lanzar sobre la población civil de dos ciudades densamente pobladas dos bombas nucleares. ¿Estos exterminios masivos: La “solución final” y el bombardeo atómico yanqui, en qué se hermanan? El primero hecho a nombre de una “raza superior,” que consideraba al resto humano una especie de subhumanos, como justificación teórica para matarlos. Y el segundo, el cual se dio de un totazo, acabando con la vida aproximada de un millón de personas, más los que después de siete décadas aún sufren graves secuelas.
A Nagasaki, que casi no se le nombra situada sobre la costa sudeste de Japón, donde estaba la fábrica Mitsubishi, fue bombardeada atómicamente el 9 de agosto, tres días después de Hiroshima, por el “Bochscar”, dejando caer su paquete mortal llamado Fat Man, luego de que otros blancos se descartaran por la intensa neblina y lluvia.
Esta segunda guerra nuclear arrasó la mitad de la ciudad. Y 80 mil seres humanos inocentes murieron en el acto, de los 240 mil habitantes de la esta ciudad fundada por los portugueses en el siglo diez y seis y que desde 1853, fue puerto libre hasta el día en que el genocidio “de la libertad”, la destruyera por completo.
Con Hiroshima ocurrió otro tanto como lo recordó en su libro el médico Michihiko Hachiya, que el poeta nacional cubano Nicolás Guillén, recreó en sus Prosas de Prisa: “Centenares y centenares de heridos-dice- ofrecían un espectáculo intolerable. Todos estaban quemados en la cara y las manos. Grandes tiras de carne les pendían de los brazos, como los harapos de un espantapájaros”.
Marchaban en fila, de uno en uno, como un cortejo de hormigas. Así marcharon toda la noche. Pero esta mañana se detuvieron. Los encontré tendidos a ambos lados del camino, tan amontonados unos con otros que era imposible dejar de pisarlos al pasar”.
“Otro testigo llamado Katsutani, cuenta: “El espectáculo más terrible era el de los soldados. No sé cuántos encontré. Todos estaban quemados en la cabeza y la cintura. Allí donde no tenían piel, la carne estaba húmeda y cubierta como de moho. Seguramente llevaban los cascos, puestos en el momento dela explosión porque sus cabellos estaban intactos. Diríase que se les había envuelto la cabeza con laca negra. No tenían rostro. La nariz y la boca les habían sido roídas por las llamas”.




