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Sábado, 17 de octubre de 2026

La Patria no necesita milagros: necesita ciudadanos

Historiador y politólogo.Le puede interesarNO HE LEÍDO A LA NUEVA PREMIO NOBEL, PERO YA LA MANDÉ PEDIR Hay preguntas que...

Guido Germán Hurtado Vera

Historiador y politólogo.

Hay preguntas que la vida nos obliga a hacernos. Hace poco me hicieron una de esas preguntas incómodas y fecundas: ¿usted cree en los milagros o cree que los seres humanos avanzamos a los tropezones, aprendiendo de nuestros errores?

Mi respuesta es matizada. No son ideas contrarias. El milagro existe para quien lo vive. Quien se cura de una enfermedad que parecía imposible tiene todo el derecho a llamarlo milagro. Esa experiencia es real, aunque la ciencia la explique de otra manera.

Pero hay otro milagro, muy distinto, que me preocupa: el milagro político.

Es el que prometió un gobernante cuando dijo que él haría el milagro y que con él llegaría una patria milagrosa. Con ese discurso ganó la presidencia. No presentó un plan serio, con costos y tiempos; se presentó a sí mismo como la solución mágica. Ahí la palabra cambió de sentido: ya no fue un consuelo, fue una estrategia para conquistar el poder.

Lo interesante es que la estrategia no terminó con la victoria. Aquel discurso que sirvió para ganar la presidencia siguió vivo después del 7 de agosto, pero cambió de función: ya no era una promesa para llegar al poder, sino una razón para pedir espera una vez alcanzado el poder.

Y la espera, hasta hoy, no ha traído el milagro anunciado. Lo que muestran los hechos va en otra dirección. No lo digo como un reproche personal, lo digo como historiador: cuando la política se funda en lo extraordinario, lo ordinario -que es gobernar todos los días- termina descuidado.

Esto no es nuevo. El sociólogo Max Weber lo explicó hace cien años y lo llamó dominación carismática. Cuando las instituciones no funcionan, aparece un líder al que la gente no sigue por la ley ni por sus ideas, sino porque promete algo extraordinario. Y cuando ya tiene el poder, usa esa misma promesa para pedir paciencia y fe mientras los resultados no llegan.

La filósofa Hannah Arendt nos advirtió sobre el costo de esto. Cuando la política se vuelve promesa mágica, la vida pública muere. El ciudadano deja de participar, de opinar, de discutir, y se convierte en un simple espectador que espera. El milagro político no necesita ciudadanos que piensen; necesita creyentes que obedezcan y que perdonen el incumplimiento.

Y esto se nota también en el tono del gobierno. Cuando la legitimidad depende del carisma del líder y no de los resultados, sus funcionarios no sienten la obligación de razonar ni de explicar. Su tarea no es convencer con argumentos, sino proteger la promesa. Por eso el lenguaje se vuelve tan agresivo: quien no puede mostrar el milagro termina descalificando a quien se atreve a pedirlo. Como el Jorge de Burgos de El nombre de la rosa, temen más a la risa crítica que al error.

Hacia adentro ocurre algo igual de revelador. El funcionario que se atreve a decir lo contrario, que intenta razonar o advertir sobre un error, no es escuchado: es apartado. Es apenas lógico. Si el gobierno se sostiene sobre la idea del milagro, disentir no es un aporte técnico, es una falta de fe. Y así, al eliminar la discrepancia, el poder pierde su única posibilidad de aprender de sus propios tropezones.

El milagro en el poder nos vuelve niños. El niño espera que su padre le resuelva lo que no entiende. El ciudadano que sigue esperando el milagro hace lo mismo con el presidente: renuncia a ser adulto en política. Y ser adulto significa aceptar algo incómodo: avanzamos a los tropezones.

Como historiador lo sé bien: un país no se construye por arte de magia. Se construye intentando, equivocándose y corrigiendo. Pero el discurso del milagro nos impide aprender, porque nos promete borrar los errores en lugar de estudiarlos. Un pueblo que sigue esperando el milagro no hace memoria; solo renueva la espera.

Por eso el discurso sigue funcionando aun sin resultados. Es una trampa cómoda para todos. Para el gobernante, porque si no cumple puede decir que la fe del pueblo no fue suficiente o que los enemigos no dejaron hacer el milagro. Para nosotros, porque es más fácil esperar que asumir nuestra parte de responsabilidad. No se protesta, solo se pide. No se exigen cuentas, solo se agradecen favores.

Pero esto no significa renunciar a la esperanza. El filósofo Ernst Bloch, en El principio esperanza, explicó que hay dos tipos de esperanza. Una es vacía: nos deja dormidos esperando que todo cambie solo. La otra es verdadera: nos mueve a actuar. Yo defiendo la segunda.

La patria no necesita el milagro que nos pide esperar sentados. Necesita la esperanza que nos obliga a aprender y a trabajar. Necesita memoria para no repetir los errores, humildad para reconocer que nos hemos equivocado y paciencia para entender que un país se construye en décadas, no en discursos.

Esa esperanza activa es muy concreta: informarse, exigir un plan y no un carisma, participar en una junta de acción comunal, pedir cuentas. Pequeños actos de adultez política.

El día en que dejemos de esperar milagros de los gobernantes, empezaremos a comportarnos como ciudadanos.

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Redacción Proclama del Pacífico

Periodismo verificado desde Santander de Quilichao, Cauca.

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