DE ASUNTOS CULTURALES


Julio 31 de 2014
Parece que bien pagos pueden considerarse los artistas cuando como en los viejos tiempos maestriles, les dan su botellita de aguardiente para que aclaren la garganta y afinen.
Y no menos bien pagos pueden considerarse los teatristas y danzantes cuando les ofrecen el transporte y la comida como retribución a su trabajo. Que digo, a la representación que hacen, pues, el trabajo de hacer una obra, que lo premie el de arriba o el de abajo según el caso. O a los poetas y pintores con una certificación de participación bajo el sobaco.
Y en general, pueden nuestros artistas considerarse excelente bien remunerados con el aplauso del respetable o la palmadita al hombro, consabida.
Poco importa o a nadie le importa que los escasos recursos culturales locales, el que manda, en su año y gobierno, contrate orquestas foráneas que se lleven hasta la olla del raspao, o que en alguna jarana de esas que llaman comunitaria se tire la casa por la ventana, dejando las arcas culturales como el rabito del niño Dios.
A nadie le importa. Bueno, no tanto. A algunas voces desesperadas se les ocurre que nos hace falta más burocracia cultural y que sin ella estaremos de mal en peor. A lo mejor, quién sabe.
El reconocimiento de los artistas locales de todo el departamento, en todos y cada uno de los municipios, debería ser la labor fundamental de la gestión y administración cultural departamental: reconocimiento de los que ostentan hoy por hoy estudios para mejorar su arte, así como de aquellos que a fuerza de obstinación, durante toda su vida no han hecho otra cosa que preservar la expresión de los pueblos, o de hacer del arte y la cultura una herramienta para avizorar el fondo de nuestra condición humana.
Basta de palmaditas, de güarapito o de frijoles con arepa, o de sango con café.
A la coordinación cultural del departamento no le parece gran cosa el asunto, así que se ahorra todos los esfuerzos, se inventa todas las triquiñuelas, eludiendo las responsabilidades y se cobija con todos los desafueros posibles con el aval inmisericorde de la Secretaria de Educación para soslayar lo básico y fundamental. Así que para evitarse molestas interpelaciones lo mejor que han encontrado es darle muerte de tercera al Consejo Departamental de Cultura, soslayar la creación de los Consejo Artísticos, mantener en el cuarto de San Alejo, los consejos municipales de cultura. Y como si ello fuera poco, engañar la buena voluntad de la cooperación que siempre los artistas mantienen a lo largo y ancho de la geografía caucana.
En reunión celebrada en Quibdó de los coordinadores de la región Pacífico les pareció, como gran cosa emprendedora, innovadora, de impacto y demás arandelas yupis, neoliberales, que había que dedicar todos los esfuerzos posibles para presentar un proyecto regional: La Escuela del Pacífico para la enseñanza artística. Vaya invento: eso lo harían y con mejores arrestos las universidades de la región.
En cambio, registrar los artistas para saber quiénes somos, con qué contamos, qué necesidades tienen, cómo pueden intervenir en la fijación de políticas y demás, hacerles acreedores de beneficios sociales, de mejor infraestructura para sus actividades, de una remuneración digna, de poner en cintura la malbaratada de los recursos culturales de las estampillas municipales y departamentales, de los recursos IVA, que siguen siendo en el Cauca la caja menor de los gobernantes, el destino de los recursos del sistema general de participaciones y los recursos de las regalías y los propios, por pequeños que sean de los municipios, no merece cuidado, atención, pujanza ni disciplina para llevar a feliz término esa reivindicación.
Como en la vieja película, es la hora de los hornos y no se ha de ver más que la luz.




