De alcaldías y legitimidad


Lo mejor que les puede ocurrir a los mandatarios locales es ganarse el beneplácito y respaldo de la gente. Sentirse satisfechos por el impacto de sus ejecutorias socioeconómicas. Del alcance de sus políticas públicas encaminadas a brindarles progreso y bienestar a las comunidades que tras el voto han depositado la confianza y la esperanza en ellos hacia el logro de un futuro mejor. A este tipo de gobernantes la opinión pública les favorece y nunca quedan mal en las encuestas. Pasan los exámenes y no se rajan.
No sucede lo mismo con los mandatarios locales que poco o nada hacen para cambiarles el destino de manera favorable a las municipalidades, donde las comunidades en lugar de evolucionar involucionan. Donde las clases medias se empobrecen y los pobres se pauperizan. Se trata de alcaldes que en realidad no están preparados para gobernar, si por gobernar entendemos, la solución adecuada de los múltiples problemas de las urbes. De ahí que se sostenga en ciencia política, que el momento más crítico de los gobernantes es la pérdida de legitimidad, que se mide por el alto grado de insatisfacción que producen. Son alcaldes porque siguen en sus cargos, pero nadie los concibe como tales. Lo común es la desmotivación ciudadana debido a la decepción que producen.
No pocos municipios colombianos requieren burgomaestres preparados en la administración pública y con un alto grado de sensibilidad social; que hagan posibles los cambios que las comunidades requieren. Que al finalizar sus mandatos no den la sensación que pasaron por el poder sin pena y sin gloria.
Una de las principales tareas de los mandatarios es saberse rodear. Escoger con detenimiento y acierto sus equipos de colaboradores; y en la medida en que se desarrolla la administración, hacer los ajustes pertinentes en las dependencias donde se requiera. Para ello, los alcaldes deben contar con una autonomía relativa frente a los directorios políticos, que son los que siempre presionan para reclamar las cuotas burocráticas que dicen pertenecerles. Y los alcaldes ni cortos ni perezosos les obedecen. En estas condiciones se gobierna para los directorios y no para la gente. De ahí que no pocos mandatarios sostienen y amarran en sus cargos durante todo el periodo de gobierno a los mismos secretarios de despacho, a pesar de la mediocridad de su desempeño. Estos dan la sensación de haber estado siempre “en el lugar equivocado”. En algunas dependencias se dan tímidos ajustes pero nada sustancial. En otras palabras, lo que debiera ser público, se privatiza, porque resulta más interesante tener contentos a los caciques políticos que pensar y actuar en procura del bienestar de la sociedad en general. Hay que pensar en más administración y menos directorios políticos.
La problemática de las ciudades colombianas no es tarea fácil, en unos municipios más que en otros. Reiteramos que es obvio que de todas las carencias, de todos los problemas, de todas las limitaciones que se presentan y se puedan presentar en las ciudades no son responsables los alcaldes. En el caso de Popayán, al igual que en la mayoría de municipios de Colombia, se carece de una infraestructura sólida que pueda validar grandes reformas sociales y económicas; y por lo tanto, las posibilidades de lograr unas condiciones favorables de existencia para la población son escasas. Lo que sí es cierto es que hay municipalidades donde la grandeza de los gobernantes se combina con la grandeza de los gobernados y juntos logran sacar adelante las comunidades, casos de Medellín y Barranquilla, entre otros municipios. Los cambios no se consolidan de la noche a la mañana. Sin embargo, entendida la política también como el “arte de lo posible”, con una importante dosis de cultura ciudadana y la aproximación entre gobernantes y gobernados, las localidades pueden descollar con éxito. Esto tienen que saberlo muy bien tanto los líderes políticos como la ciudadanía, los electores y la población en general.
En momentos en que se desarrollan las campañas políticas, los futuros alcaldes deben hablarle claro a la gente. Saber de antemano que lo prometido y lo consignado en los programas de gobierno tiene que cumplirse a cabalidad y en un determinado tiempo. A los mandatarios locales les corresponde avanzar en obras de impacto social; de lo contrario, la gente se desespera y se desencanta. En muchos temas se requiere más planeación, diligencia y eficacia. Permitir a las personas que sientan que las cosas paulatinamente cada día mejoran y no lo contrario. Que los ciudadanos entiendan que vivir mejor requiere de unos sacrificios en el presente en procura de un futuro mejor. De esto último deben ser conscientes tanto los mandatarios locales como la ciudadanía. Los alcaldes deben entender, atender y resolver prioridades. Evitar improvisaciones y en muchas ocasiones, prever para actuar. Saber que las ciudades tienen que transformarse para evolucionar y ello significa mejorar.



