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sábado 9 abril, 2016 a las 7:31 am

¿Cuándo democratizaremos la democracia?

Protesta social - paro nacional en Colombia
Jorge Muñoz Fernández - Mateo Malahora
[email protected]

Mateo Malahora.

“Qué paradoja. Entre más elecciones, más pobreza. Entre más urnas, más niños muertos por desnutrición. Entre más coca, más crecimiento financiero y desarrollo urbanístico”.

De todas las reflexiones sobre la democracia, desde los griegos hasta el Siglo XXI, la que más se ajusta a la realidad política contemporánea es la de José Saramago.

El escritor lusitano nos recordaba que en tiempos en que las grandes corporaciones económicas y paraísos fiscales se habían apoderaron del mundo, la democracia era para los dueños del planeta la suprema fórmula de la felicidad humana.

Conocedor, como era, del fetichismo político, que tiene su primera concepción en el “fetichismo de la mercancía”, enseñaba, como escritor comprometido con los cambios sociales, como lo fueran Galeano y Benedetti, como hoy los es William Ospina en Colombia, y como lo fuera Estanislao Zuleta, de quien tuvimos el enorme privilegio de ser sus contertulios en Santiago de Cali, que la democracia no existe y hay que construirla.

Cobra afirmar que el filósofo Estanislao Zuleta, formidable, original y crítico pensador latinoamericano, ha sido sometido al ostracismo político por la cultura dominante, que no aceptó la lucidez con que asumió el análisis de la sociedad colombiana y su visión transformadora del Estado, visto más como una expresión idolatría legalista opresiva, que como un instrumento de cambio social.

Por eso mismo, hay que destacar que la Universidad del Cauca redima su pensamiento su pensamiento en momentos en que el conflicto bélico y los conflictos sociales, políticos y económicos, de los cuales eran un conocedor penetrante, constituyen la principal inquietud de nuestra nación.

Volvemos, pues, por los caminos de José Saramago quien en los foros decía:

“Es verdad que podemos votar. Es verdad que podemos, por delegación de la partícula de soberanía que se nos reconoce como ciudadanos con voto y normalmente a través de un partido, escoger a nuestros representantes en el Parlamento”.

“Es cierto, en fin, que de la relevancia numérica de tales representaciones y de las combinaciones políticas que la necesidad de una mayoría impone, siempre resultará un gobierno”.

“Todo esto es cierto, pero es igualmente cierto que la posibilidad de acción democrática comienza y acaba ahí. El elector podrá quitar del poder a un gobierno que no le agrade y poner otro en su lugar, pero su voto no ha tenido, no tiene y nunca tendrá un efecto visible sobre la única fuerza real que gobierna el mundo, y por lo tanto su país y su persona: me refiero, obviamente, al poder económico, en particular a la parte del mismo, siempre en aumento, regida por las empresas multinacionales de acuerdo con estrategias de dominio que nada tienen que ver con aquel bien común al que, por definición, aspira la democracia”.

Claro y contundente, nuestra democracia, (autocracia – colombiana), de la que se ufanan los políticos de profesión y los relacionistas de los bucaneros modernos, están más comprometidos en “dejar hacer y dejar pasar” que democratizar la economía.

Hemos tenido tanta democracia en Colombia, como elecciones realizadas para Presidentes, gobernadores, alcaldes, concejales y ediles, si se trata de exaltar las libertades políticas de que somos orgullosos titulares, sin embargo, mientras más elecciones realizamos es dramático el crecimiento de la pobreza.

Nos está pasando lo mismo que ocurría, en otras circunstancias desde luego, en la época esclavista y feudal, cuando los gobernantes acudían a los mitos y el ilusionismo religioso para legitimar la dominación.

Qué paradoja. Entre más elecciones, más pobreza. Entre más urnas, más niños muertos por desnutrición. Entre más coca, más crecimiento financiero y desarrollo urbanístico.

Grandes conglomerados mediáticos, vinculados a poderes nacionales y foráneos, simulando ser voceros de los ciudadanos y jugando a la oposición.

Pura dominación ideológica, donde después de cada telenovela las víctimas del sufrimiento melodramático deben regar en la calle las lágrimas que hacen verter en las salas hogareñas los televisores.

¿Democracia colombiana?

Protesta social - paro nacional en Colombia

Tiempo de teatro, con entrada gratis a los centros electorales. Magia para todos los gustos. Presentación en el Congreso del Sainete de los Elegidos, con excepciones honrosas. Deformación ilusoria de la realidad. Títeres para la clase media vergonzante.

Máscaras y antifaces políticos. Movimientos de los poderosos electores invisibles para que los elegidos y caídos en desgracia, como en la década de los ochenta, no abran la Caja de Pandora.

Una clase política y una insurgencia que no han tenido teorías despejadas sobre la guerra ni sobre la paz, ni mucho menos sobre el conflicto político y social, a las que Estanislao Posada con claridad dialéctica les explicó en la cúspide del conflicto bélico:

“La erradicación de los conflictos y su disolución en una cálida convivencia no es una meta alcan­zable, ni deseable, ni en la vida personal -en el amor y la amistad-, ni en la vida colectiva”.

“Es preciso, por el contra­rio, construir un espacio social y legal en el cual los con­flictos puedan manifestarse y desarrollarse, sin que la oposi­ción al otro conduzca a la supresión del otro, matándolo, reduciéndolo a la impotencia o silenciándolo”.

¡Hasta pronto!

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