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Jueves, 8 de octubre de 2026

Crónica de una divisa esquizofrénica

Crónica de una divisa esquizofrénica
  • Cuando $5.000 era el fin del mundo y $3.300 también lo es.
  • Los profetas del dólar a diez mil pesos perdieron la apuesta.
  • El dólar barato te alegra el viaje, pero le quita el pan al cafetero y las remesas a tu familia.

Nota del autor
El debate sobre el dólar en Colombia suele estar lleno de pasiones y vacío de datos. Como ustedes bien saben, lo mío son los reportajes, crónicas y entrevistas, no las fórmulas macroeconómicas ni las tasas de interés. Por eso, para desenredar este laberinto del dólar que nos tiene locos a todos, busqué la ayuda de expertos que no tienen corazón político, pero sí millones de datos en la cabeza: conté con la asesoría directa de Gemini y Claude, inteligencia artificial que me ayudó a cruzar los datos técnicos, las decisiones del Banco de la República y el contexto global sin sesgos políticos. Les presento el resultado para que los que no entendemos de esto, lo entendamos con facilidad.
Alfonso Luna Geller

Alfonso Luna Geller

El primero de noviembre de 2022, las pantallas de las casas de cambio y las plataformas financieras en Colombia parpadearon con un número que parecía extraído de una distopía económica: $5.005 pesos por un dólar. El ambiente nacional se tiñó de pánico. Los opositores al recién posesionado gobierno de Gustavo Petro inundaron las redes sociales y los medios de comunicación con profecías apocalípticas: «Nos vamos a volver como Venezuela«, «El dólar llegará a los $10.000«. Columnistas dramáticos grabaron videos aconsejando comprar divisas como si el peso colombiano fuera a convertirse en papel periódico. Hubo quienes, movidos por el miedo o la especulación, cambiaron sus ahorros de toda la vida.

Transcurrieron los años de mandato y el calendario nos situó en el primer semestre de 2026. Los mismos tableros financieros que antes asustaban, ahora registraban una realidad diametralmente opuesta: el dólar se desplomó hasta los $3.350 pesos, tocando su nivel más bajo desde la pandemia de 2020.

Entonces, los papeles políticos se invirtieron mágicamente. Los defensores del gobierno salieron a cobrar victoria, asegurando que el «cuento se les había caído» a los opositores y atribuyendo el fenómeno a una brillante gestión macroeconómica. Sin embargo, en un giro tragicómico de la narrativa nacional, la celebración duró poco y la narrativa de crisis no desapareció; simplemente mutó.

Quienes antes veían en el dólar caro la ruina, ahora descubrieron que un dólar «barato» también traía lágrimas. Al final, la moneda colombiana pasó de ser «la más devaluada» a «la más valorizada» de la región, pero el ciudadano de a pie quedó atrapado en el mismo laberinto: en 2022 el peso bajaba de manera apresurada y estábamos en crisis; en 2026 el peso subía de manera apresurada… y también estábamos en crisis. ¿Por qué parece que todos tienen la razón y, a la vez, nadie la tiene?

Para entender por qué el dólar se mueve como una montaña rusa, hay que comprender que la economía no responde a una sola persona; el tipo de cambio no obedece a presidentes. sino a un juego de fuerzas internas (locales) y externas (globales). Ningún bando político cuenta la historia completa. Obedece a tasas de interés, flujos de capital, precios del petróleo, decisiones de la Reserva Federal de Estados Unidos y expectativas de los mercados internacionales. Eso no impide que cada vez que el dólar sube o baja, la discusión política en Colombia se comporte como si la divisa fuera un termómetro moral del gobierno de turno.

¿Por qué subió a $5.000 en 2022?

Durante la campaña presidencial de 2022, Francisco Pacho Santos grabó videos advirtiendo que con Gustavo Petro el dólar llegaría a cinco mil pesos o más. Un pastor llamado Oswaldo Ortiz fue más lejos y profetizó los diez mil pesos. Economistas con corbata y columnas en medios nacionales firmaron análisis cargados de dramatismo sobre la inminente catástrofe cambiaria. El dólar, efectivamente, llegó a cinco mil pesos en noviembre de 2022. Los profetas del apocalipsis celebraron. Lo que ninguno explicó es que esa cifra histórica respondía a una tormenta global, no a las decisiones de un presidente colombiano que llevaba menos de tres meses en el cargo.

Tras la pandemia y la invasión rusa a Ucrania, la inflación se disparó en todo el mundo. Para frenarla, la Reserva Federal de EE. UU. (Fed) ejecutó el ciclo de alzas de tasas de interés más agresivo en cuatro décadas. Esto hizo que los inversionistas sacaran sus dólares de países riesgosos como Colombia para refugiarlos en EE. UU., donde pagaban mejor rendimiento. Al haber menos dólares en Colombia, su precio subió. Colombia no fue la excepción, tampoco fue el caso más grave. Argentina y Venezuela registraron devaluaciones mayores ese año, y economías con mucho mejor reputación ante los mercados, como Brasil y Chile, también sintieron el golpe.

Claro que también el mercado es profundamente nervioso. Los anuncios iniciales del gobierno sobre suspender la firma de nuevos contratos de exploración petrolera y de carbón (sectores que traen la mitad de los dólares al país), y las tensiones alrededor de la reforma tributaria que se debatía en el Congreso, generaron pánico. Muchos inversionistas extranjeros vendieron sus títulos de deuda pública y sacaron sus divisas, acelerando la devaluación del peso por encima de la de otros países vecinos.

Sin embargo, la economía colombiana venía de años de devaluación acumulada que antecedían a Petro. En los cuatro años de Iván Duque el peso perdió el cuarenta y cuatro por ciento de su valor. En los ocho de Juan Manuel Santos, el sesenta por ciento. El dólar a cinco mil pesos en noviembre de 2022 era el resultado de una tendencia estructural de largo plazo acelerada por condiciones externas excepcionales, no el veredicto del mercado sobre un gobierno de izquierda.

¿Por qué cayó a $3.350 en 2026?

La primera causa es la debilidad global del dólar estadounidense. El índice DXY, que mide el valor del dólar frente a una canasta de monedas desarrolladas, cayó cerca del diez por ciento en el primer semestre de 2025, su peor desempeño semestral desde 1973. El motivo principal es la política arancelaria de Donald Trump, que generó desconfianza sobre la solidez fiscal de Estados Unidos, elevó el déficit y redujo el atractivo relativo de los activos estadounidenses. Cuando el dólar se debilita globalmente, las monedas emergentes se aprecian frente a él. El peso colombiano no se fortaleció porque Colombia lo hiciera todo bien. El peso se apreció porque el dólar se debilitó.

La segunda explicación es la decisión del Banco de la República de subir su tasa de interés a doce por ciento en junio de 2026, un ajuste de setenta y cinco puntos básicos que sorprendió al mercado por su magnitud. Cuando un banco central sube sus tasas por encima de lo esperado, los inversores internacionales traen dólares al país para aprovechar la mayor rentabilidad de los activos en pesos. Esa entrada de capitales aprecia la moneda local y presiona hacia abajo el tipo de cambio. El efecto fue inmediato: el dólar cayó a tres mil trescientos cincuenta pesos el 2 de julio de 2026, su nivel más bajo desde la pandemia.

La tercera razón es la reducción de la incertidumbre política. Con las elecciones presidenciales resueltas y el gobierno entrante de Abelardo de la Espriella haciendo anuncios de acomodo fiscal, los mercados percibieron menor riesgo en Colombia. Menor riesgo percibido equivale a mayor entrada de capitales y a un peso más fuerte.

La cuarta razón, que los titulares entusiastas suelen omitir, es que la Reserva Federal mantuvo sin cambios sus tasas en ese mismo período, lo que redujo el diferencial de rentabilidad entre activos en dólares y activos en pesos colombianos. Cuando la Fed no sube, el dólar pierde atractivo.

El tablero de ganadores y perdedores

Crónica de una divisa esquizofrénica
EL DÓLAR NOS TIENE LOCOS Ilustración editorial generada con inteligencia artificial mediante ChatGPT para Proclama del Pacífico.

La economía de tasas de cambio es un juego de suma cero: lo que para uno es una bendición, para el otro es una maldición.

Con el dólar caro ($5.000) ganan los exportadores -reciben muchos más pesos por cada café, flor o barril de petróleo vendido; los receptores de remesas, familias colombianas multiplican el dinero que les envían desde el exterior y los profesionales que facturan servicios al extranjero en dólares. Pero en la misma proporción pierden los importadores y comerciantes porque traer insumos, tecnología o vehículos se vuelve impagable. También pierde el ciudadano común pues sube la inflación, y pierde el Estado, porque la deuda externa del país (que está en dólares) se encarece drásticamente.

Ahora, con el dólar barato ($3.350) ganan los importadores porque comprar mercancía en el exterior es mucho más económico; los viajeros e internautas: los tiquetes internacionales, el turismo y las compras en plataformas (Amazon, AliExpress) bajan de precio, y ganan también las finanzas públicas porque se reduce el costo de pagar los intereses de la deuda externa del país. Simultáneamente, pierden los exportadores (sus márgenes de ganancia se destruyen, poniendo en riesgo el empleo en el campo y la industria), las familias de remesas (los $100 dólares que antes alcanzaban para el mercado del mes, ahora rinden un 30% menos en pesos) y los trabajadores remotos (ven una reducción severa de su poder adquisitivo real en Colombia).

El dólar no es un termómetro moral

El error más persistente en el debate público colombiano sobre el tipo de cambio es su politización simplista. Cuando el dólar sube, los opositores al gobierno de turno lo presentan como prueba de fracaso. Cuando baja, los defensores lo celebran como evidencia de éxito. Ambas lecturas son incorrectas porque ambas ignoran la misma realidad: el tipo de cambio es una variable determinada por decenas de factores, la mayoría de ellos externos al control de cualquier gobierno colombiano.

Lo que sí puede hacer un gobierno es agravar o moderar las condiciones locales que afectan el tipo de cambio. La incertidumbre sobre los contratos de explotación de hidrocarburos en 2022 contribuyó a la depreciación. La comunicación fiscal ordenada del gobierno saliente en 2026 contribuyó a la apreciación. Esos son los márgenes de acción reales de la política económica sobre el dólar.

En resumidas cuentas, el dólar no castiga ni premia presidentes. Los mercados buscan rentabilidad y huyen del riesgo. Colombia importa ese movimiento desde afuera y lo amplifica o lo amortigua desde adentro. Entender esa diferencia es el primer paso para leer el tipo de cambio sin convertirlo en propaganda ni en apocalipsis.


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