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Viernes, 2 de octubre de 2026

CIELO, SUELO Y PAN, EL DE POPAYÁN

Popayán - Cauca

Cuento.

Marco Antonio Valencia Calle
Marco Antonio Valencia Calle

 “CIELO, SUELO Y PAN, EL DE POPAYÁN”.

– Frase atribuida a Lucas Fernández de Piedrahita –

Uno de los panaderos del barrio la Pamba, me narró un cuento casi inverosímil, pero se lo creí. Me contó que cuando el payanés Diego Euclides Angulo Lemos asumió la presidencia por un mes (del 16 de marzo al 16 de abril de 1908), hizo dos cosas simpáticas. La primera fue que durante la ceremonia para asumir el mando exigió música de bambuco para lo cual hizo llevar a Bogotá un grupo de pastusos, que se quedaron a vivir en la capital para darle serenatas bambuqueras día de por medio al nuevo presidente. Y que los músicos para no ser tan repetitivos, como se sabían pocas canciones, unos días interpretaban con bandola, otros con flauta, y algunas veces con piano acompañados de algún cachaco virtuoso. El bambuco, decía el presidente, le recordaba su natal Popayán, su Pasto apreciado, la bella ciudad de Quito donde había residido. Pero que un día, a los músicos pasados de copas, se les ocurrió improvisar metiéndole tamboras a su serenata bambuquera. Con tan mala fortuna, que a los oídos del presidente llegó una melodía inarmónica que lo disgustó al punto que se fue hasta sus aposentos, desenvainó su espada de general, y correteó a los pobres artistas por los jardines de la casa presidencial hasta la media noche, muerto de la ira con los que maltrataban la música de la patria. – ¡Podrán ser muy virtuosos, y muy pastusos- les gritaba-, pero con el bambuco, no se pongan a inventar! -.

El segundo capricho, bastante engorroso por cierto, pero que se cumplió al pie de la letra, fue que durante el mes exacto de su estadía en El Palacio de Nariño, exigió que le llevaran “pan de Popayán” para sus desayunos, las meriendas de la mañana y de la tarde, incluso para atender a sus invitados.

Es difícil imaginar a ese señor de bigotes y largas patillas pintado en el óleo que reposa en el Consejo Municipal, o que camina al lado de Arboleda y Obando en el inmenso cuadro “La apoteosis a Popayán” (pintado por el maestro Efraín Martínez), adicto a los bocados de “aplanchados” que le llevaban de Popayán; y cuando algún ministro le preguntaba por el tema, contestaba con una frase de Oscar Wilde: “la única forma de vencer una tentación es ceder a ella”.

La encargada de atender la inusual petición fue su hermana Sofía de Angulo, mujer de origen payanés, que era la esposa del Presidente Rafael Reyes, el mismo que lo había nombrado en los Ministerios de Gobierno y de Guerra, y finalmente, lo había hecho Designado a la Presidencial, para poder darle así la palomita en la Primera Magistratura.

Doña Sofía, los primeros días hizo que a su hermano el presidente se le llevara el pan desde Silvia, Cauca. Y durante una semana se le envió canastadas de pambazo de sal, acemas de dulce, rosquetas, pero especialmente barras de pan aliñado, un pan delicioso donde la harina es mezclada con leche, huevo y mantequilla, y cuya fórmula de sobado a mano y asado al horno, hoy todavía podemos disfrutar en la tienda “El Pan de Gloria” de éste municipio.

Algunos de esos días, las canastas iban cargadas de pandebono de Piendamó, que el General convirtió en su desayuno obligado para sus colaboradores, incluso, cuando fundó y dirigió por tres años el periódico El Colombiano.

El General Euclides Angulo era amante de la buena mesa,  y tenía como defecto -y virtud al mismo tiempo-, el sentido del olfato muy sensible. Por eso, lo primero que hacía cuando le traían sus alimentos era degustarlos con el olfato, y según él, no había olor más delicado que el del pan artesanal recién horneado, el maíz tostado, el pan de leche. –El olor del pan, decía-, me hace recordar de dónde soy, y que la humildad como el pan, es lo más preciado del hombre.

Entonces, para poder abastecer al presidente de un pan más fresco, doña Sofía envío a Palacio cinco mujeres de Timbío, muy baquianas para batir harina con huevo, panela y cuajada. Y de un momento a otro, los hornos de barro de la Casa de Nariño se volvieron verdaderas fábricas de pan de yuca, pan de maíz, cucas y pambazos, con aromas que inundaban todo el vecindario. Cuando las mujeres regresaron a su tierra, fueron ellas las que iniciaron la tradición de exportar fuera del municipio el pan timbiano, esas bolas pesadas de harina aliñadas con un pedacito de hoja en el centro, que al calor se revientan, y le imprimen un sabor y olor esplendoroso, que son su sello inconfundible.

Euclides De Angulo murió en 1917, en Madrid, Cundinamarca. Y dicen que su último deseo fue que trajeran sus restos para Popayán, donde el cielo a veces es más azul, la tierra más blanda, y el pan sabe y huele más sabroso.

Lo que nunca supo el General, es que el pan que le brindaban, no era propiamente de Popayán, sino de municipios cercanos que traían a vender a Popayán.

*Del libro de ficción:

“Cuentos gastronómicos de Popayán” de Marco Antonio Valencia.

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