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Miércoles, 7 de octubre de 2026
jueves 26 marzo, 2009 a las 10:59 am
CHOCOLAT NO SE DEBE COMER EN CUARESMA

blog.chefuri.com/…/

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
[email protected]

Vi en televisión una de esas películas sin muertes ni ametralladoras que podría ver otras diez veces. Me cautivó el argumento y la cara sonrosada con la sonrisa espectacular de Juliette Binoche en la cinta de Joanne Harris. Es una producción del año 2000 pero su parecido con el panorama en Colombia 2009 es de nueve a diez.

Coincidió en la pantalla chica con un debate – extraño – que se ventilaba un poco en el Senado, sobre un proyecto de ley de lo que se ha denominado el derecho a morir dignamente. Extraño que haya un espacio entre nuestros padrastros de la patria para elucubrar sobre tan espinoso tópico, diferente a las pamplinadas a que nos tienen acostumbrados sobre reelección presidencial y de alcaldes o de reformas a la política.

Chocolat es el pintoresco nombre de la película que describe la situación de una familia de una madre soltera con su hija. Deciden ir a un pueblo, de esos olvidados, de provincia, a luchar por su vida. Abren sin pedir permiso a nadie una tienda de chocolatines y dulces de cacao con yerbitas estimulantes. La sonrisa de la dueña va conquistando clientes entre la población de señoronas, viejos y niños espantados.

El alcalde – que no tenía otra que hacer sino vigilar quien andaba por las calles de su pueblo -, la visitó para hacerle saber que no podía vender chocolates en temporada de cuaresma. Qué casualidad. No fue el cura que vino a reclamar su oficio de predicar los dogmas. También quería este mandamás del pueblo ganar las indulgencias con su intransigencia y se metió a la iglesia a dictar las palabras que debía decir en el sermón el cura. Le interesaba más al alcalde la moralidad que se enseña todavía y sostener a una población aislada en las costumbres del medioevo en los conventos. No le interesaba la cordialidad, el respeto de la actividad ajena ni fomentar la producción casera.

La gente del pueblo, intimidada, obedecía la desfachatez de su predicador civil. Poco a poco, sin embargo, la dulce sonrisa de Vianne y su generosidad van abriendo los ojos de esposas, niños y de incrédulos. Hasta que el famoso alcalde incita a uno de sus incondicionales seguidores a incendiar el barco donde se celebraba el cumpleaños de una ciudadana diabética, liberada. Se enloquece y va personalmente a acabar con la dulcería. Allí es encontrado ebrio de rencor y sin sentido. Pero el pueblo, por fin, se libera de la santidad de su poder y de las alcaldadas del rezandero alcabalero.

Vaya, si encontré similitudes con nuestro modus vivendi en nuestros suelos. El alcalde se preocupa más por si la gente fuma su dosis, si toma una cerveza en la puerta de su casa, si hay jóvenes en la calle a la una de la mañana, si la camiseta de su equipo lleva su imagen sagrada, si rezan en comunidad cuando empieza una reunión. Predican igual que el cura sin necesidad de ayunar.

Pero sí echan a la calle de sus puestos a sus empleados, la plata del fisco y los impuestos nunca alcanza para desayunos de niños ni para las obras de la ciudad. Pero sí van tras el pobre carretillero porque no tiene placa su burro ni “tarjeta de propiedad”, corretean a los vendedores de esquina y a los que ponen a la venta sobre el piso los artículos de China o de Taiwán, o “judicializan” a los bicicarristas por querer ganar el pan. Y después de la fiesta vendrá la fiscalía, guardarán a los alcaldes más “bobos” en la cárcel unos días y luego, su caso prescribirá.

19-03-09 – 9:24 a.m.

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