Chocó y Cauca abren caminos desde el Atrato

Chocó y Cauca abren caminos desde el Atrato
Por David Luna | Proclama del Pacífico.
El Atrato no divide. Une. No separa orillas, teje encuentros. Y fue allí, en su borde más generoso, donde el Chocó nos abrió la puerta no solo de su geografía húmeda y vasta, sino del corazón de un pueblo que no necesita adornos, se basta con su verdad.
A la invitación de la doctora Neyla Yadira Amú Venté, secretaria de Hacienda del Cauca, respondí con el respeto que exige una causa mayor, tender puentes entre dos departamentos que, aunque golpeados por la historia, han decidido no esperar más permisos para abrazarse. Cauca y Chocó se miran hoy sin prejuicio, sin sombra, sin mapa colonial que los limite. Lo hacen con visión de gerencia, con vocación de reencuentro.

Llegamos a Quibdó y nos recibió la gobernadora Nubia Carolina Córdoba Curi, mujer de temple y palabra directa. A su lado, su madre —la gestora social Elizabeth Curi— nos compartió una historia tejida de afectos, liderazgo y memoria familiar.
La conversación giró pronto a lo que realmente interesa cuando se habla de desarrollo: proyectos concretos. La Industria Licorera del Cauca abrió la posibilidad de producir y comercializar el aguardiente Platino del Chocó, proyectando su sabor y su identidad a través de canales regionales, como un acto de integración productiva y cultural. Pero la conversación fue más lejos. Se planteó —y no como una ilusión, sino como una ruta en marcha— la reactivación de la Lotería del Chocó, de la mano de la experiencia y la estructura de la Lotería del Cauca. Retomar ese símbolo dormido, esa casa de sueños que alguna vez fue orgullo regional, es hoy una posibilidad real.
Se exploraron también proyectos de infraestructura, iniciativas en energías renovables, y estrategias deportivas entre los dos departamentos. Pero el acuerdo más inmediato y visible se selló en nuestra casa desde el periodismo. Ahora, Proclama del Pacífico será voz, reflejo y espacio para las noticias del Chocó. Lo que allá se construya, se celebrará aquí. Lo que allá se sueñe, se escuchará en el suroccidente colombiano.
Y si algo aprendimos en ese viaje fue que la unidad no se decreta, se prueba, se saborea, se comparte. El almuerzo fue a orillas del Atrato, ese río que lleva siglos contándolo todo. La cazuela chocoana llegó humeante, cargada de mariscos, leche de coco, plátano verde y promesa. A su lado, el arroz clavado con queso nos recordó que lo sencillo no es simple. Nos sirvieron también sancocho de todas las carnes, una oda al mestizaje del sabor, y un guiso de cangrejo con arroz blanco que aún tengo en la memoria de los labios.
Bebimos jugo de lulo, pero no cualquier lulo: uno nacido del lodo fértil del Pacífico, más ácido, más vital. Nos ofrecieron otras bebidas típicas, como la chicha fermentada de borojó, el jugo de guanábana con panela, y el refresco de naidí, que es al mismo tiempo alimento y herencia.

Hablar del Chocó sin mencionar su gastronomía es negar la mitad de su alma. Y no hay que recorrer todo el departamento para descubrirlo. En Quibdó, con sus calles que respiran selva y su gente que no finge, están las claves. El Malecón Jairo Varela, por ejemplo, no es un paseo cualquiera, es donde el río conversa con la ciudad. Allí se escucha música que no fue compuesta en oficinas, sino en solares, pescando, en bares, en la piel de quienes viven el ritmo antes que escribirlo.
Más allá, el sendero de Tutunendo ofrece dos kilómetros de biodiversidad sin aditivos. La cascada Sal de Frutas cae con la fuerza de quienes han aprendido a habitar la humedad. Y en cada caserío, en cada lancha que corta el Atrato, en cada cancha del Aeroparque donde los niños juegan con disciplina y alegría, se confirma que el Chocó es mucho más que su geografía: es una forma de mirar el mundo sin rendirse.
Desde Proclama del Pacífico, aceptamos no solo la invitación a conocer, sino el compromiso de contar. Las noticias del Chocó ya no serán ecos lejanos ni cifras sueltas. Serán relatos vivos, retratos auténticos de un territorio que ha esperado demasiado para decir lo suyo. A través de nuestra alianza en comunicaciones, sus voces, sus gestos, sus logros grandes o cotidianos llegarán al Cauca, al Valle, a Nariño… y más allá.
Porque el hermanamiento no es solo institucional. Es humano. Y cuando la humanidad se cruza con la verdad, el periodismo tiene el deber de estar presente.
Nos vamos de Quibdó con el paladar lleno, el espíritu despierto y la certeza de que hay un país que empieza a reconocerse en sus márgenes. Y que esos márgenes, cuando se abrazan, dejan de ser frontera y se vuelven centro.



