Céfora, el paro agrario y los ministros


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Esta mañana Céfora, que es mi asistente de Facebook, además de laborar para nosotros como Asesora Gastronómica, me dijo, que en cierto sentido asistimos al fin de la política, que los movimientos sociales se apropiaron del espacio público participativo y dejaron atrás “a ustedes los de la clase media”, que parecen estar atrincherados mirando el discurrir de la historia angelicalmente.
Céfora me dejó estupefacto, pues mientras desayunábamos, precariamente, debido al paro agrario, tuve la impresión que era una infiltrada de la posmodernidad, y que nos estaba anunciando el fin de la política.
Nos dijo que está llegando, poco a poco, el desenlace de las instituciones liberales y que, de cierta manera, está terminando el contrato social moderno, del que hablara Juan Jacobo Rousseau.
En principio pensamos en casa, que teníamos que revisar la manera de pensar y que en verdad se estaban acabando las instituciones liberales, por el repliegue, el desencanto y la apatía que producen, síndrome que parece estar atravesando Céfora.
Pero lo que más nos impresionó de esta campesina que estudia Ciencias Políticas, fue cuando con gran ironía argumentó: “Las cosas en Colombia están como para decir que con las fórmulas de quienes nos gobiernan, el modelo neoliberal, no se salva el paciente y que hemos dado un salto que nos demuestra que las doctrinas políticas propuestas, de reducir el Estado al mínimo, para intervenir en la vida social y económica, no funciona”.
Dejamos que hablara y llegó un momento en que nos dijo con el acento burlón que la caracteriza: “Vea Don Malahora y apreciada familia, si no se cambia la forma de gobernar “no hay tutía” que valga”.
Y como hace tiempo no escuchaba esos términos, “no hay tutía”, me fui discretamente al diccionario a buscarlos y encontré: “Se usa para dar a entender a alguien que no debe tener esperanza de conseguir lo que desea o de evitar lo que teme”.
Recordé, entonces, que en la medicina antigua la “atutía” era un ungüento que se utilizaba para sanar enfermedades de la vista, bálsamo que deberían cargar los ministros cuando salen en grupo a resolver conflictos.
Se dice que era tan grande el poder del ungüento en mención, que se le adjudicaron bondades curativas para todos los males, como la “pomada sana dolor”, que en las campañas políticas regalaba el profesor Marco Molano Mercado, pomada que en el Cauca funcionó por décadas.
Y como el fármaco, supuestamente, era tan poderoso, la gente terminó diciendo “no hay atutía”, incluso cuando una enfermedad no tenía cura.
Transformada por el lenguaje popular la “atutía” terminó en “no hay tutía”, expresión que me llevó a elaborar esta columna, y que se usa para dar a entender que algo, por su corta visión o intransigencia, es dificultoso pero no imposible de resolver.
Dadas así las cosas, los altos personeros del Estado, deben usar un buen colirio político e ideológico para observar que en el Cauca existen, fuera de la clase media, como decía Céfora, varias corrientes y expresiones del pensamiento que taponan las vías y que es necesario conversar con ellas, antes de que al Presidente le tiemble la mano, que terminaría en una masacre como la que habló nuestro Nobel García Márquez en Cien Años de Soledad. Gracias Céfora.
Hasta lueguito.



